café

El Café de la Glorieta cumplió ya los treinta y dos años. Tiene el zócalo de arpillera. La arpillera es estopa tejida. La estopa es la parte basta del lino, lo que queda en el peine al cardarla. A la estopa hay que remojarla con queroseno para eliminarle los gusanos y larvas. Con la arpillera se hacían sacos —aún se harán—: es un genero menestral, humilde, proletario y en pie famélica legión. Los carboneros se cubrían durante la faena con una suerte de hábito, pardo, franciscano y áspero. Lo hacían descosiendo uno de los lados de un saco y colocándolo humildemente en la cabeza como un capuz. Delante se ponían otro de mandil.



La arpillera decora la paredes del café; más de treinta años. Cubierta con insistentes manos de pintura verde carruaje, comprada como si fuese impermeabilizante, pero que deja fluir anhelos y vidas. Recuerdos.

El Café de la Glorieta tiene los tableros de las mesas de mármol. No son de lápidas de muerto como las del café de doña Rosa. En ese establecimiento trabajó Consorcio López de encargado. Era del pueblo; le hizo gemelos a la novia y hubo de salir por piernas, o en autobús, porque un hermano de ella amenazó con cortarle el colgajo. Acabó bien colocado en Madrid y saliendo en la novela más famosa de un premio nobel, con razón dicen que hasta el rabo todo es toro. Las mesas del café, del nuestro, ni son veladores, ni están hechas con trozos de sepultura.


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—Estas mesas no son de tumba.

Sobre la fría superficie del mármol de las mesas del Café de la Glorieta, trasegando infinitos cócteles gimlet, la mayoría invitados, buscábamos con vehemencia nuestra Jerusalén en las arenas de Bondi Beach.

—El próximo año en Sídney

Tienen las bebidas colocadas por orden. Primero el vodka, comienza Absolut; ginebra, güisqui, ron, etcétera. Ninguna de Black & White. Para todas y cada una de las marcas de licores tengo al menos una historia y más de una borrachera. Menos del Vat 69.

Una vez, al poco de abrir, hicieron un concurso literario. Con las propinas de los clientes y el dinero que pusieron los socios se creó la bolsa para el premio, no recuerdo cuanto. El jurado lo formaron varios escritores de renombre, entre ellos nuestro Eladio Cabañero; también estaba un profesor de literatura muy nombrado en este rincón. El dueño de un taller de motos y bicicletas que había enfrente siempre dejaba propina:

—Tomad, para el libro.



En el acto de entrega de los premios el local olía a acogedora picadura holandesa. Antes tuvieron que llevar a un famoso y televisivo literato miembro del jurado a las casas más celebres de la localidad, para que comprobase de primera mano la certeza del renombre de los prostíbulos autóctonos. El profesor, secretario a la sazón de jurado, se limitó a leer condescendientemente el acta, como en Madrid, dijo.

—Estos paletos se creían que iba a leer las obras ganadoras como en unos juegos florales de tres al cuarto. He leído el acta solamente, como hacen en el Gijón.



A los de pueblo, ya se sabe, cada tanto nos tienen que pasar la garlopa y reconvenirnos. Eso sí, con condescendencia y por nuestro bien.

Recuerdo a Eladio Cabañero, alto, con gafas de culo de sifón, voz profunda, manos como palas y los pies como dos curas acostados, sonriendo humildemente a todo el mundo y sorprendiéndose por cualquier cosa, con esa modestia que solo alcanzan los grandes.

El acto acabó con servidor en un estado rutinariamente lastimoso, agarrado a las mesas para no caerme y llamando carcamal a Drago. Él, por el contrarío, me llamaba cabrón en español neutro y académico.

Parece mentira que ya hayan pasado más de treinta años.

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