Francisco Navarro

Échale la culpa al boogei

Una tarde de domingo, en una de las frecuentes peripecias sociales de este que te escribe, sentido lector, nos encontrábamos de mano armada, tomando combinados en la discoteca que solíamos frecuentar. Con el hijo de un guindilla aparecido en un reciente relato, por cierto. En aquellos juveniles años discotequeros servidor empatizaba con todo quisque, las melopeas eran profundísimas y llenas de amor hacía los semejantes, sin discriminar a nadie por ningún motivo. Todos éramos colegas, unidos férreamente gracias al señor Larios.

Basilisa y el ataúd del tío Escudos

Basilisa Jareño Clamores estaba empeñada en sacar de pila a algún nieto de su hijo mayor, Jesús Tudela Jareño. La única condición que pusiera, fue que a lo que apadrinase le colocasen su gracia. Su nuera, Antonia Rodríguez López, hacía maniobras para no castigar a ninguno de los vástagos con el nombre de la abuela y que la mujer no notase que le hacían un feo

Marcelo Grande, pintor (crónica de un café), por F. Navarro

El pintor me espera sentado en un taburete del Café de la Glorieta. El Café de la Glorieta, como bien sabes avisado lector, existe, los tableros de las mesas no están hechos con lápidas de tumba, tiene un zócalo de arpillera, etcétera

El niño Pedrito, por F. Navarro

Pedrito, de niño, era melancólico, algo grueso, indolente, comprensivo, alabancioso y entornaba los ojos al hablar. Pedrito, de niño, jugaba a elegir, con sus amigos,...

Culpemos al verano, por F. Navarro

La tierra está calcinada, rubia, suelta, polvorienta, desconsoladora y las cigarras cantan inmisericordemente: es el verano. El estío llega a esta tierra del señor inexorablemente....
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