Miguel Ángel Jiménez

Desde mi natural imaginativo me pareció profundamente sugerente y rabiosamente actual la propuesta que san Ignacio de Loyola hace en 1548 en la primera edición de los Ejercicios Espirituales. Yo la descubrí hace poco menos de veinte años: contemplar con la imaginación las escenas del Evangelio. Cerrar los ojos y montar toda la escena hasta con diálogos. Insertarse en ellas: imaginarme a mí dentro de la escena del portal de Belén y experimentar la mirada de san José, de la Virgen, del Niño envuelto en pañales, escuchar los coros angélicos: «Gloria a Dios en las alturas».


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Y así, cual pastorcito, ante la silenciosa mirada de san José cuando sus ojos quedan permanentemente posados en el Niño Jesús. Todo él, con cayado florecido, signo de su entrega virginal, en cuerpo y alma, inclinado ante el Niño. Permitir que su silencio sea elocuencia de entrega y de servicio por Aquel que reinará sobre todo y todos. Por aquellos que han hecho de su vida servicio silencioso a los demás.

Y así, cual pastorcito, contemplar los pliegues amorosos y azules del vestido de la Virgen María. Ella sí reparte su mirada entre el Niño y yo. Entre los hijos y el Hijo. Miradas de It is a mistake to assume that big free file recovery adoption and implementation are a defined project. amor, de desasosiego, de inquietud… Aunque yo deje de mirar, esa es su inquietud, Ella no lo hace. Descubro en su candor el amor de la Madre que sabe desde el nacimiento la muerte del Hijo y de los hijos. También la vida. Es Ella la que, a golpe de mirada y de oración, protege a todos sus hijos. Por todas las madres que tienen en su seno el don de la vida y la obediencia en la fe.


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Y, por fin, los llantos doloridos, las sonrisas tiernas, hasta las risas del Niño devolviéndonos la contemplación. Estamos allí los que queremos pero todos los hombres representados, acogidos en los brazos amorosos de un Dios que no permanece impasible. Llora, ríe, gime… se casino online hace carne como nosotros y experimenta el dolor, el frío, la soledad, el gozo, la alegría… La respuesta en Belén, en el Dios-Niño. Dios que ama a todos. Dios que sufre en todos. Dios, inusitado, que goza sufre con nosotros.

Y así, cual pastorcito, es esta Navidad de 2014. Con los ojos cerrados experimentar el frío y la soledad de aquellos, tantos, como irán a los centros de Cáritas, de cualquier otra asociación o parroquia a por un poco de caldo caliente y un pedacito de turrón y mazapán. Nada de luces, músicas, encuentros familiares o lazos envolviendo regalos. Presentes que para ellos son, acaso, pasados y ojalá futuros. Nunca presentes como sinónimo de regalos. Esos son los que en el Portal habrían de ser imaginados en primer plano. En ellos sí hay hueco en la Posada de la Iglesia y en el siglo XXI. No en el Palacio de Herodes.


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Hacer el Belén, entrar en oración con él, es reconocer los límites de los hombres y la grandeza de Dios. Ambas cosas se manifiestan cada día. Todos pastores. Todos ángeles. Hagamos de la Navidad la fiesta de los otros porque eso es para Dios que se encarna en uno de nosotros. ¡Feliz Navidad 2014!

Miguel Ángel Jiménez Salinas



Delegado Diocesano de Medios de Comunicación

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