Salones Epilogo

Dionisio

Primera parte


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“Nos hemos vuelto pobres para llegar a ser ricos”, estas palabras se las podría haber dicho el caballero andante don Quijote a su escudero Sancho Panza, pero en realidad es parte de una frase del poeta alemán Friedrich Hölderlin analizada por el filósofo Martin Heidegger en una conferencia cuyo título es “La pobreza”. En ésta, Heidegger se pregunta: “¿Qué quiere decir ´pobre´? ¿En qué consiste la esencia de la pobreza? ¿Qué quiere decir ´rico´, si solo llegamos a ser ricos en la pobreza y por ella?”

A pesar de lo confuso que pueda parecer todo este cuestionamiento, Heidegger se responde a sí mismo: “La pobreza es un no-tener y, a decir verdad, un carecer de lo necesario. La riqueza es un no-carecer de lo necesario, un tener más allá de lo necesario”. Pero ¿qué es lo necesario? En nuestra sociedad del siglo veintiuno lo necesario, para que una persona no se sienta pobre, consiste en una tal acumulación de cosas que difícilmente podemos adquirirlas y tenerlas todas; o sea, que hasta los más ricos (salvo unos cuantos escogidos) se sienten pobres porque siempre parece haber alguien más rico que ellos y ellas.


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La riqueza de la que hablan el poeta y el filósofo alemanes  es la riqueza espiritual, una riqueza que en casi todas las religiones que conocemos, en su estado más puro, se reduce a vivir humildemente solo con lo que en verdad es necesario,  aunque esperando alcanzar muy altos niveles espirituales. Si bien don Quijote, siguiendo las reglas de la caballería andante, se conforma con lo básico para emprender sus fantásticas aventuras, Sancho Panza, por lo contrario, aspira a ser el rico gobernador de una ínsula para sacar de la pobreza a su familia. Ambos, don Quijote y Sancho, al final de sus aventuras, volverán a la cruda realidad que les impone la sensatez: el primero renegando de las novelas de caballerías y de sus fantasías, y el segundo volviendo con su familia y renegando,  él también,  de sus aspiraciones a ser el rico gobernador de una ínsula. Pero si hay un aspecto en el que se concentra buena parte de la filosofía de la vida tan dispar entre nuestros dos personajes este es el relacionado con la comida, con los alimentos y con la forma de alimentarse.

Don Quijote el austero, Sancho Panza el glotón*


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A través de la novela de Cervantes podemos constatar cómo don Quijote pretende alimentarse con aquellos productos básicos que se encuentran en el campo: bellotas, hierbas comestibles y, como mucho, llevar algunos frutos secos, pan y queso. En la primera parte de la novela, en el capítulo X, ya encontramos un diálogo entre los dos personajes principales en el que se define con claridad la actitud de cada uno respecto al asunto de la comida, dice don Quijote: “mira si traes algo en esas alforjas que comamos”. Y Sancho le responde: “Aquí traigo una cebolla, y un poco de queso, y no sé cuántos mendrugos de pan. Pero no son manjares que pertenecen a tan valiente caballero como vuestra merced”. Y don Quijote le responde: “–¡Qué mal lo entiendes!; te hago saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y ya que coman, sea de aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo; que, aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban sin comer casi nada. Y aunque se deja entender que no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales, porque, en efecto, eran hombres como nosotros, se ha de entender también que andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como las que tú ahora me ofreces”.  Sancho, excusándose por no haber leído esas novelas de caballerías, ya que es analfabeto, le dice a don Quijote: “de aquí en adelante yo proveeré las alforjas de todo género de fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para mí las proveeré, pues no lo soy, de otras cosas volátiles y de más sustancia”.  Y replica don Quijote: “No digo yo, Sancho, que sea forzoso a los caballeros andantes no comer otra cosa sino esas frutas que dices; sino que su más ordinario sustento debía ser de ellas, y de algunas yerbas que hallaban por los campos, que ellos conocían, y yo también conozco” (pp.77-78).

En el capítulo siguiente, el XI, nos encontramos con unos cabreros que les ofrecen comida y bebida a don Quijote y Sancho, específicamente pedazos de carne seca y salada, lo que ellos llaman “tasajos de cabra” que estaban cociendo en un caldero. Una vez terminada de comer la carne cocida, los cabreros echan sobre las pieles que habían puesto a manera de mantel encima de la hierba, “gran cantidad de bellotas avellanadas” y “medio queso, más duro que si fuera hecho de argamasa” (pp.79-80). A don Quijote la vista de las bellotas le trae a la mente “La Edad de Oro” que era “una de las cuatro edades de la humanidad. Época fingida por los poetas, en la cual los hombres vivían como dioses, sin envejecer; la tierra brindaba sus frutos espontáneamente y reinaba la felicidad y la inocencia” (p.80, nota 14 de la edición Celina Sabor de Cortazar e Isaías Lerner, 1983).


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Los cabreros, absortos ante el discurso retórico de don Quijote, y la mirada pragmática de Sancho, solo ven allí un montón de bellotas, pero para el culto hidalgo de La Mancha algo tan rústico como unas bellotas es un disparadero de su nostalgia por una edad de ficción en la que hombres y mujeres compartían todo y eran felices, una utopía que expresa bien esa espiritualidad y esa forma de vida ideal que añora don Quijote y que le hace retratar la época que les ha tocado vivir, es decir finales del siglo XVI y primera década del XVII, como “estos nuestros detestables siglos” (p.81).

Los alimentos son también para Cervantes en su novela una manera de distinguir las diferentes clases sociales. Cuando ya don Quijote y Sancho están en una venta (para la imaginación del hidalgo de La Mancha todas las ventas serían castillos y personajes encantados), estando a punto de dormirse éste,  se imaginó que la hija del ventero (para él una joven y hermosa doncella del castillo) se había enamorado de él, como suele ocurrir en las aventuras de los caballeros andantes. En realidad la que entra en sus aposentos buscando a un arriero es una moza asturiana bastante bruta, Maritornes, y cuando se acerca a él por error, dice Cervantes de la sirvienta: “Y el aliento que, sin duda alguna, olía a ensalada fiambre y trasnochada”, es decir, una mezcla de alimentos rústicos que sobraron del día anterior, “a él le pareció que arrojaba de su boca olor suave y aromático […] Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo –escribe Cervantes–, que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía la buena doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera harriero” (p.115). Está claro que en este pasaje Cervantes retrata una clase social, la de los pobres, no solo por su apariencia, sino también por sus olores.



En la novela vemos cómo don Quijote confunde a un nivel visual todo lo que se encuentra: los molinos son monstruos, las ventas castillos, la campesina del Toboso una dama bellísima, pero por encantamiento del mago que lo persigue  convertida en una mujer vulgar, etc. Lo más sorprendente es que en este fragmento don Quijote tiene una tal capacidad imaginativa que ni siquiera es capaz de distinguir entre un mal aliento y un aliento perfumado. Esto nos lleva de nuevo al inicio de la idea principal de mi trabajo: que la idealización de la realidad elevada casi a lo divino, en términos que no son religiosos sino de las novelas de caballerías, hace que al ver, sentir, oler y palpar la realidad don Quijote le confiere un grado de espiritualidad tal que nada tiene que ver con la supuesta locura del personaje, sino que más bien indican una huida hacia lo sublime porque el mundo en el que vive, ya lo hemos citado, es el de “nuestros detestables siglos”, es decir, el famoso Siglo de Oro de la literatura española.

Es una constante el tema de la carencia de comida a través de las dos partes de la novela. Para Sancho esto es algo que siempre tendrá en cuenta, pero don Quijote se conforma con cualquier alimento que haya disponible. Cuando después de haber sido manteado Sancho,  por fin salen de la venta donde han padecidos todo tipo de escarnios y de burlas, éste le dice a don Quijote que le faltan las alforjas de su burro y que, por lo tanto, no tienen nada para comer. Sancho, de una forma irónica, le dice a su dueño cuando este constata que, pues, no tienen nada de comer: “Eso fuera cuando faltaran por estos prados las yerbas que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan malaventurados  andantes caballeros como vuestra mereced es”. Y le responde don Quijote: “Con todo eso tomara yo ahora con más gusto, la cuarta parte de un pan, y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Dioscórides [autor de una famosa obra sobre el poder medicinal y mortífero de las plantas, 1555]” (pp.131-132).


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Como se puede ver, don Quijote tiene hambre, pero con lo que se conformaría es con un poco de pan y dos cabezas de sardinas secas. Y esto es así porque parte del juramento de la caballería es “no comer pan a manteles” (p.134), es decir, comer con moderación, como constatamos en el capítulo siguiente donde  en plena noche van por los caminos “el escudero hambriento y el amo con ganas de comer” (p.135). Hasta para hablar del hambre de sus personajes Cervantes escoge bien las palabras para diferenciarlos: Sancho, como glotón que es, no puede “espiritualizar” su hambre y, por lo tanto, va “hambriento”, pero don Quijote, ya sea por ser hidalgo o porque es un idealista y hasta el hambre le parece que lo debe padecer con resignación estoica, solo tiene “ganas de comer”, pero en absoluto se puede imaginar  Cervantes a un caballero andante como “hambriento”.

En el capítulo XIX (seguimos en la primera parte del libro) Sancho Panza, siempre preocupado por tener bien abastecidas sus alforjas, no tiene ningún reparo en quitarle a unos monjes la comida que llevaban. Estos trasladaban a un muerto (según los eruditos, posiblemente se trataba de una alusión del traslado del místico español San Juan de la Cruz desde Úbeda a Segovia en el año 1593). Don quijote llama a Sancho para que sigan su camino y éste no le hace caso “porque andaba ocupado desvalijando una mula de repuesto que traían aquellos buenos señores, bien bastecida de cosas de comer. Hizo Sancho costal de su gabán y, recogiendo todo lo que pudo y cupo en el talego, cargó su jumento” (p.138).  Y soltando uno de esos refranes que caracterizan a Sancho Panza, sin miramiento que los alimentos robados hayan sido a los monjes que iban en el cortejo del místico muerto, dice: “váyase el muerto a la sepultura y el vivo a lo hogaza” (p.139). Y, finalmente, un poco después, en una escena de un bucolismo algo macabro (sabiendo que lo que comían había sido robado a los monjes que acompañaban al muerto), “tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron [es decir, desayunaron], comieron, merendaron y cenaron a un mismo punto, satisfaciendo sus estómagos con más de una fiambre que los señores clérigos del difunto (que pocas veces se dejan mal pasar) en la  mula de su repuesto traían” (pp.139-140).



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El retiro espiritual de don Quijote en Sierra Morena

En un momento clave de la novela (que se extiende desde el capítulo 22 al 30 de esta primera parte) don Quijote se retira en Sierra Morena imitando al caballero andante que más admira, Amadís de de Gaula, “a quién debemos de imitar todos aquellos  que debajo de la bandera de amor y de la caballería militamos –dice don Quijote–. Siendo, pues, esto ansí, como lo es, hallo yo, Sancho amigo, que el caballero andante que más le imitare estará más cerca de alcanzar la perfección de la caballería. Y una de las cosas en que más este caballero mostró su prudencia, valor, valentía, sufrimiento, firmeza y amor, fue cuando se retiró, desdeñado de la señora Oriana, a hacer penitencia en la Peña Pobre” (p.187).

Aquí entramos de pleno en la fusión entre misticismo y amor platónico, es decir, un universo de espiritualidad absoluta. Cuando al final Sancho Panza tiene que dejar solo a su dueño, la preocupación es “¿qué es lo que ha de comer vuestra merced en tanto que yo vuelvo?”, la respuesta de don Quijote no puede ser más contundente: “No te dé pena ese cuidado, porque, aunque tuviera, no comiera otra cosa que las yerbas y frutos que este prado y estos árboles me dieren, que la fineza de mi negocio está en no comer” (p.196). La penitencia, pues, consiste, además del retiro en solitario en el áspero paraje de Sierra Morena, en el no comer.

Muy otra es la actitud de Sancho Panza quien, una vez que ya ha dejado a don Quijote solo en Sierra Morena, frente a la primera venta que se encuentra lo que dice el narrador es que de mala gana entró en la venta porque fue allí donde antes lo habían manteado pero “llegó a hora que lo pudiera y debiera hacer, por ser la del comer y llevar en deseo de gustar algo caliente; que había muchos días que todo era fiambre” (p.200). Mientras don Quijote está en plena penitencia y dejándose casi morir de hambre en Sierra Morena, su escudero lo que está deseando es de comer una comida caliente. Esta dualidad, la del dueño que controla sus apetitos y el criado que nunca le parece bastante lo que come, se da en toda la novela.

Don Quijote no solo controla sus apetitos físicos y carnales, sino que también parece vivir en un mundo de absoluta espiritualidad respecto a su enamoramiento con Dulcinea. En términos casi de la más pura mística dice: “Ella pelea en mí, y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser” (p.242); entre esto y el “vivo sin vivir en mí” de Santa Teresa de Jesús hay muy poca diferencia.

Antes de empezar don Quijote el famoso discurso de las armas y de las letras (capítulo XXXVIII), al describir la vida del letrado dice: “Digo, pues, que los trabajos del estudiante son éstos: principalmente pobreza (no porque todos sean pobres, sino por poner este caso en todo extremo que pueda ser), y en haber dicho que padece pobreza me parece que no había que decir más de su mala ventura, porque quien es pobre no tiene cosa buena. Esta pobreza la padece por sus partes, ya en hambre, ya en frío, ya en desnudez, ya en todo junto; pero, con todo eso, no es tanta, que no coma, aunque sea un poco más tarde de lo que se usa, aunque sea de las sobras de los ricos” (p.307).

En su discurso sobre las armas y las letras, don Quijote defiende una espiritualidad semejante, si no mayor, de aquellos que escogen las armas como forma de vida. No obstante, el mismo hidalgo de La Mancha, reconoce que tanto ser poeta en tiempos miserables como tomar la armas para defender a los oprimidos es una tarea pesada y casi inútil, y subraya: “el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como esta que ahora vivimos”.  Pero el narrador ponen énfasis  en que su personaje vive más en el mundo de la espiritualidad y de la irrealidad que preocupado de sí mismo: “Todo este largo preámbulo dijo don Quijote en tanto que los demás cenaban, olvidándose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le había dicho Sancho Panza que cenase, que después habría lugar para decir todo lo que quisiese” (p.310).

Casi al final ya de esta primera parte de la novela, don Quijote sigue hablando, ahora con un canónigo,  de los caballeros andantes y ahora sí, también de esos momentos de placer que esto puede conllevar como “el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamente guisados, que no sabe el apetito a cuál deba alargar la mano (p.397, capítulo L). En una escena un tanto bucólica donde también hay un cabrero que dice: “Rústico soy, pero no tanto que no entienda cómo se ha de tratar con los hombres y con las bestias”. Y dice el cura: “Eso creo yo muy bien; que ya yo sé por experiencia que los montes crían letrados, y las cabañas de los pastores filósofos” (p. 399). Pero Sancho Panza, ante todos estos coloquios muy sabios dice: “Me retiro; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada, donde pienso hartarme por tres días; porque he oído decir a mi señor don Quijote que el escudero de caballero ha de comer cuando se le ofreciere; hasta no poder más, a causa que se les suele ofrecer entrar acaso por una selva tan intrincada, que no acierte a salir de ella en seis días; y si el hombre no va harto, o bien proveídas las alforjas, allí se podrá quedar, como muchas veces se queda, hecho carne de momia “(p.400).

Segunda parte

El retorno a casa: don Quijote mimado y alimentado

Desde el primer capítulo de la segunda parte de la novela nos encontramos con que en su casa se ocupan de que don Quijote se alimente bien “dándole a comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el cerebro, de donde procedía, según buen discurso, toda su mala ventura”, porque “estaba tan seco y amojamado, que no parecía sino hecho de carne momia” (p.441). Por “mala ventura” hay que entender la supuesta locura de don Quijote.

Ya en un manicomio, el licenciado amigo de don Quijote, le dice a otro loco: “todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos vacíos y los cerebros llenos de aire”. En relación con estas reflexiones del licenciado sobre la locura, más adelante, responde don Quijote a su amigo el barbero: “sólo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que está en no renovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la orden de la andante caballería. Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto bien” (p.445). O sea, que don Quijote no está loco porque no se alimenta como es debido sino porque, además de haber leído todas esas novelas de caballerías, se siente incómodo en lo que él llama “la depravada edad” en la que vive.

Si bien don Quijote, como hemos visto, ha vuelto a su aldea más seco que una momia, a Sancho Panza no parece haberle afectado el haber acompañado a su señor caballero en esas aventuras que se describen en la primera parte de la novela. Tan es así, que la sobrina de don Quijote, preguntándole sobre lo que pueda ser una ínsula,  le dice ésta a Sancho: “¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón que tú eres?” Y el ama de don Quijote tampoco se queda corta en la manera en la que describe a Sancho, pero ya a un nivel más moral y ético; dice que Sancho es “un saco de maldades y costal de malicias” (p.450).

Pero don Quijote en su casa ni parece estar tan loco como piensan en su entorno ni se priva de nada a la hora de comer: “Don Quijote pidió y rogó al bachiller se quedara a hacer penitencia con él. Aceptó el bachiller [Sansón Carrasco] la invitación, se quedó, se añadió a la comida habitual de la casa un par de pichones, se trató en la mesa de caballerías, le siguió el humor el bachiller Carrasco, se acabó el banquete, durmieron la siesta, volvió Sancho [que se había ido a su casa a comer], y se renovó la conversación pasada” (p.460).  Es obvio que aquí cuando se menciona “la penitencia” ya no se trata de una penitencia parecida a la que hizo don Quijote en Sierra Morena en la primera parte de la novela.

Teresa, la mujer de Sancho Panza, en una conversación con su marido sobre la posibilidad de que éste se convierta en gobernador de una ínsula (capítulo V), desde su sabiduría popular le dice a Sancho: “Sin gobierno saliste del vientre de tu madre, sin gobierno has vivido hasta ahora, y sin gobierno te irás, o te llevarán, a la sepultura […]. Como ésos hay en el mundo que viven sin gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el número de las gentes. La mejor  salsa del mundo es el hambre, y como ésta no falta a los pobres, siempre comen con gusto” (p.467).

Si bien para la mujer de Sancho Panza “la mejor salsa del mundo es el hambre”, no es así como piensa el ama de don Quijote, que en una conversación con el bachiller Sansón Carrasco, explicándole el desastroso estado en el que volvió su dueño después de las dos primeras salidas, le dice que de la segunda volvió “flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos camaranchones del cerebro; que para haberle de volver algún tanto en sí, gasté más de seiscientos huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y mis gallinas, que no me dejarán mentir”. La respuesta del bachiller es tan cómica y surrealista como la del ama de don Quijote, pero este no se olvida de pedirle al ama que vuelva a su casa y que le tenga “aderezado de almorzar alguna cosa caliente” (p.475).

Don Quijote y Sancho vuelven a las andadas

A partir de estos primeros capítulos se inicia la segunda y última salida de don Quijote y Sancho Panza; en la primera salida don Quijote fue sin su escudero.  Durante este nuevo viaje no faltarán ocasiones en los que se hable de la comida y en la que los dos personajes participen en suntuosos banquetes.  En el camino hacia el Toboso para conocer a su amor platónico, Dulcinea, don Quijote y Sancho van hablando amenamente sobre una variedad de temas morales y normas de vida que se deben hacer para alcanzar la buena fama de un hombre. Dice don Quijote: “Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos…” (p.484). Viendo el carácter casi religioso de los consejos de don Quijote, Sancho llega a la conclusión de que debemos “ser santos, y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos […] Así que, señor mío, más vale se humilde frailecito de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero” (p.485). Don Quijote le responde a esto que “no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo; religión es la caballería, caballeros santos hay en la gloria” (p.486).

Entre los muchos encuentros que tendrán nuestros dos héroes, uno es con el Caballero del Bosque. Mientras que los dos caballeros, el del Bosque y el de La Mancha, se alejan para hablar de sus amores platónicos, los dos escuderos, por separado, mantienen una conversación durante la cual comparten todas sus penurias; entre ellas, claro está, la del régimen frugal de sus comidas. Dice Sancho: “Y aun menos mal si comiéramos, pues los duelos, con pan son menos; pero tal vez hay que se nos pasa un día y dos sin desayunarnos, si no es el del viento que sopla” (p.509).

Los dos escuderos siguen hablando pero pronto llega el momento de la verdad, el de comer y beber. El diálogo entre los dos es un buen retrato de la diferencia que hay entre ellos y merece la pena reproducirlo por completo:

—Paréceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas; pero yo traigo un despegador pendiente del arzón de mi caballo, que es tal como bueno.

Y levantándose, volvió desde allí a un poco con una gran bota de vino y una empanada de media vara, y no es encarecimiento; porque era de un conejo albar, tan grande, que Sancho, al tocarla, entendió ser de algún cabrón, no que de cabrito; lo cual visto por Sancho dijo:

—Y  ¿esto trae v. m. consigo, señor?

—Pues ¿qué se pensaba? –respondió el otro–. ¿Soy yo por ventura algún escudero de agua y lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas de mi caballo que lleva consigo cuando va de camino un general.

Comió Sancho sin hacerse de rogar, y tragaba a escuras bocados de nudos de suelta. Y dijo:

—V. m. sí que es escudero fiel y legal, moliente y corriente, magnífico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha venido aquí por arte de encantamiento, parécelo, a lo menos; y no como yo, mezquino y malaventurado que sólo traigo en mis alforjas un poco de queso, tan duro, que pueden descalabrar con ello a un gigante; a quien hacen compañía cuatro docenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y nueces, mercedes a la estrecheza de mi dueño, y a la opinión que tiene y orden que guarda de que los caballeros andantes no se han de mantener y sustentar sino con frutas secas y con las yerbas del campo (p.512).

Y en esta amena conversación estaban los dos escuderos mientras comían y a la vez bebían vino de Ciudad Real en una bota: “Y en diciendo esto, se la puso [la bota del vino] en las manos a Sancho; el cual, empinándola, puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora” (p.512). Como se puede constatar en esta exagerada imagen de Sancho bebiendo vino, éste no se parece en nada a su señor, quien si mira las estrellas es para pensar en su amada, y siempre ausente, Dulcinea del Toboso.

En una conversación con el hijo del Caballero del Verde Gabán (capítulo XVIII de la segunda parte), un aspirante a ser poeta, don Quijote describe “la ciencia de la caballería” y, por consiguiente, al caballero andante: esta ciencia “encierra en sí todas o las más ciencias del mundo” porque el caballero andante es un jurisperito, un teólogo, un médico, un herbolario “para conocer en mitad de los despoblados y desiertos las yerbas que tienen virtud de sanar la heridas”, tiene que ser también un “astrólogo”, “saber las matemáticas”, “ha de saber nadar”, “herrar un caballo”, “aderezar la silla”; tiene que ser “casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la verdad aunque le cueste la vida el defenderla” (p.542).

Cervantes, al describir al caballero andante, hace un retrato de lo que tendría que ser el hombre ideal tanto desde el punto de vista moral y ético como desde el punto de vista práctico; entre sus cualidades se encuentra el conocimiento de la yerbas del campo, un conocimiento que estaba relegado a la clase rural más pobre o a los médicos, pero que sin duda era una cualidad impensable entre la clase rica, los hidalgos y la aristocracia. Los valores que defiende don Quijote, los de los caballeros andantes, según él serían muy útiles para mejorar al ser humano de su época porque  “triunfa ahora, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo” (p.543).

El Caballero del Verde Gabán (don Diego), “un caballero labrador y rico”,  acoge a don Quijote y a Sancho en su casa. En ella gozan de todas las ventajas de vivir como ricos durante cuatro días; algo que agrada tanto a Sancho Panza que cuando finalmente, por decisión de don Quijote, se tienen que marchar el escudero se queja amargamente: “Sancho Panza, que se hallaba muy bien con la abundancia de la casa de don Diego, y rehusaba de volver a el hambre que se usa en las florestas, despoblados y a la estrechez de sus mal proveídas alforjas” (p.546).  Pero Sancho pronto volverá a encontrará de nuevo esa abundancia que deja atrás con pena porque en los capítulos siguientes les espera a nuestros dos personajes un gran banquete, el de las bodas de Camacho.

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El banquete de las bodas de Camacho

Desde el capítulo diecinueve al veintidós se narra todo lo referente a las bodas de Camacho el rico. De nuevo una historia de amor en la que se compara la riqueza de un campesino con la pobreza del otro. Basilio, el labrador joven pero pobre, está tan enamorado de la hermosa Quiteria que cuando se entera que ésta se va a casar con el rico Camacho “come poco y duerme poco, y lo que come son frutas, y en lo que duerme, si duerme, es en el campo, sobre la dura tierra, como animal bruto” (p.549). Esta descripción no puede sino despertar el interés y la admiración por parte de don Quijote.

Cuando ya se están acercando a lugar donde se va realizar el casamiento, Sancho, como siempre, lo que intuye es que se va a poder hartar de comer. Por lo contrario, don Quijote piensa en el drama de los enamorados jóvenes. Dice Sancho: “De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más de torreznos asados que de juncos y tomillos; bodas que por tales olores comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas”. Y le dice don Quijote: “Acaba, glotón; ven, iremos a ver estos desposorios, por ver lo que hace el desdeñado Basilio” (p.553).

Sancho, que a través del tiempo se va volviendo más filósofo y más práctico, dice que “el pobre debe de contentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo”. O sea, que con su refrán, Sancho, quiere decir que no hay que exigir lo que es imposible, como que crezca el tubérculo de la chufa en el mar, y como el matrimonio de Basilio el pobre con la joven Quiteria ya que Camacho el rico, quien es el mejor candidato para los intereses de la familia de la joven y para ella. Y sigue diciendo Sancho el sabio: “Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero” (p.554).

Pero más allá de filosofar, Sancho lo que tiene es hambre y, repentinamente, éste se encuentra ante una tal cantidad de comida disponible que su estómago se pone en marcha para digerir todo lo que pueda y sus ojos se agrandan ante tal abundancia de alimentos que casi le da vértigo mirarlos: “Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se había de asar ardía un mediano monte de leña; y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas, porque eran seis medias tinajas, que [en] cada una cabía un matadero de carne; así embebían y encerraban en sí carneros enteros sin echarse de ver, como si fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin plumas que estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para que el aire los enfriase. Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos arrobas cada uno, y todos llenos, según después pareció, de generosos vinos; así había rimeros de pan blanquísimo como los suele haber de montones de trigo en las eras; los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y dos calderas de aceite mayores de las de un tinte servían de freír cosas de masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zambullían en otra caldera de preparada miel que allí junto estaba. Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta, todos limpios, todos diligentes y todos contentos. En dilatado vientre de novillo estaban doce tiernos y pequeños lechones que, cosidos por encima, servían de darle sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía haberlas comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústicos, pero tan abundante que podía sustentar a un ejército.

Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se aficionaba. Primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quien él tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la voluntad los zaques y, últimamente, las frutas de sartén [ masa frita azucarada], si es que se podían llamar sartenes las tan orondas calderas; y así, sin poderlo sufrir ni ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno de los solícitos cocineros, y con corteses y hambrientas razones le rogó le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas” (pp.554-555).

El cocinero será muy generoso y le dará para él solo tres gallinas y dos gansos ya preparados para ser comidos que sacó de uno de los calderos. Mientras tanto, don Quijote está más interesado en el espectáculo que va a empezar previo a la boda y esperando el desenlace de la pasión amorosa del joven campesino pobre.

A Sancho no le importa mucho el destino de Basilio el pobre, lo que le importa es no comer bien, y ante esta indiferencia le dice don Quijote a Sancho: “En fin, bien se parece, Sancho, que eres villano y de aquellos que dicen. ´¡Viva quien vence!”. A lo que responde Sancho Panza: “No sé de los que soy, pero bien sé que nunca de ollas de Basilio sacaré yo tan elegante espuma como es ésta que he sacado de las de Camacho.

Y enseñando el caldero lleno de gansos y de gallinas, y asiendo de una comenzó a comer con mucho donaire y gana, y dijo:

—¡A la barba de las habilidades de Basilio!; que tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener…” (p.559). Y repentinamente, el caballero y el escudero, empiezan a hablar de la muerte, la cual Sancho la describe como una devoradora de vidas, aunque a él el tema no le quita el apetito: “con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más de poder que de melindre; no hace asco a nada; de todo come y a todo hace, y de toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es segador que duerma las siestas, que a todas horas siega, y corta así la seca como la verde yerba; y no parece que masca sino engulle y traga cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina que nunca se harta; y aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta de beber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua fría […] Y diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero con tan buenos alientos que despertó los de don Quijote…” (p.560).

Sin comer en la cueva de Montesinos

Pasado el gran banquete de las bodas de Camacho acontece la fundamental aventura de la cueva de Montesinos. Aquí, de nuevo, a don Quijote lo que le importa es el mundo fantástico en el que se ha sumergido, pero el acompañante que los ha llevado hasta la cueva le pregunta: “Y ¿ha comido v. m. en todo ese tiempo, señor mío?” Y le responde don Quijote: “No me he desayunado de bocado, ni aun he tenido hambre, ni por pensamiento”. Además, los personajes encantados que ha visto en la cueva “no comen, ni tienen excrementos mayores” y tampoco duermen. Escuchando todo esto, Sancho aprovecha para soltar uno de sus refranes y socarronamente le dice a don Quijote: “Aquí encaja bien el refrán de dime con quién andas, decirte he quién eres: ándase v. m. con encantados ayunos y vigilantes, mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere” (p.577).

Finalmente don Quijote, Sancho y el guía se ponen en camino de nuevo y cerca ya del anochecer piensa en buscar un lugar donde recogerse y el joven que los acompaña dice: “No lejos de aquí está una ermita, donde hace su habitación un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y está en opinión de ser un buen cristiano, y muy discreto, y caritativo además. Junto con la ermita tiene una pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo, aunque chica, es capaz de recibir huéspedes”. Inmediatamente lo que le viene a la cabeza Sancho es la comida y pregunta: “¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño?” Y en la respuesta de don Quijote aprovecha Cervantes para criticar la vida religiosa de su época: “Pocos ermitaños están sin ellas, porque no son los que agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestían de hojas de palma y comían raíces de la tierra […] al rigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora” (p.581).

recio

El hambre como burla

Poco a poco don Quijote y Sancho se van adentrando en las tierras del Ebro. A don Quijote antes, en una venta, le hemos escuchado decir “se hace hora de cenar y yo tengo ciertos barruntos de hambre” (p.597), es decir, ciertos indicios de que debería comer. Pero la actitud de don Quijote sigue siendo comedida respecto a sus relaciones con los alimentos, no solo en la moderación a la hora de comer sino también en cuanto al lenguaje porque nunca dice directamente que tiene hambre sino, como en este caso “barruntos de hambre”. Pronto serán acogidos en un castillo verdadero por un duque y una duquesa que aprovecharán por burlarse sin piedad de don Quijote y Sancho, pero que también permitirán que tanto el hidalgo de La Mancha como su escudero coman y beban todo lo que quieran.

Antes de encontrarse con el duque y la duquesa, don Quijote y Sancho van hablando tranquilamente mientras avanzan en su ruta hacia Zaragoza y Barcelona. Sancho le dice a su señor que “los que servimos a labradores, por mucho que trabajemos de día, por mal que suceda, a la noche cenamos olla, y dormimos en cama”. Y echando de menos los días en los que fueron acogidos por el Caballero del Verde Gabán y el banquete de las bodas de Camacho, sigue diciendo Sancho: “todo el otro tiempo he dormido en la dura tierra, al cielo abierto, sujeto a lo que dicen inclemencias del cielo, sustentándome con rajas de queso y mendrugos de pan, y bebiendo aguas, ya de arroyos, ya de fuentes, de las que encontramos por esos andurriales donde andamos” (p.606). Don Quijote, harto ya de las quejas de su escudero, le responderá brutalmente usando, él también, un refrán que dice: “no es la miel [para la boca del asno] etcétera. Asno eres, y asno has de ser, y en asno as de parar cuando se te acabe el curso de la vida; que para mí tengo que antes llegará ella a su último término que tú caigas y des en la cuenta de que eres bestia” (p.607).

Desde el capítulo treinta hasta el cincuenta y siete las burlas ideadas por los duques que han acogido a don Quijote y Sancho son constantes. Entre las más crueles está la de hacerle creer a Sancho Panza que es gobernador de una ínsula. Antes de partir para ese puesto que le ha concedido el duque, don Quijote le da consejos a Sancho de cómo debe comportarse una vez que llegue al poder. Uno de estos consejos es: “No comas ajos ni cebollas porque no saquen por el olor tu villanería […] Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago” (p.686). También le dice que sea “templado en el beber”, que no masque “a dos carrillos” y que no eructe, un vocablo que no entiende porque él siempre ha dicho “regoldar” y “regüeldo”, un término que fue usado en La Mancha hasta hace muy poco.

Cuando ya Sancho ha ocupado su puesto de gobernador de la ínsula Barataria, pensando que por fin va a poder comer todo lo que quiera en abundancia, los duques le han preparado una burla acorde a su fama de glotón: le han asignado un médico que le impedirá comer todo lo que él quiere. Sentado en una mesa llena de manjares, perdices asadas, conejos guisados, una “olla podrida” (guiso con carnes y verduras), el médico ordena que le quiten todos esos manjares y le dice que solo puede comer unos barquillos y unas “tajadicas subtiles de carne de membrillo”. Furioso, Sancho, le dice “denme de comer, o si no, tómense su gobierno, que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas” (p.711).  Finalmente, Sancho, desesperado porque ahora le dicen que además de no poder comer lo que quiere hay enemigos suyos que posiblemente quieran envenenarlo con la comida, pide que le den lo que sea, pan y uvas o pan y una cebolla.

El doctor Pedro Recio Tirteafuera decide dejar que Sancho Panza cene y le preparan “un salpicón de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de ternera algo entrada en días. Entregóse en todo, con más gusto que si le hubieran dado francolines de Milán [ave parecida a la perdiz], faisanes de Roma, ternera de Sorrento, perdices de Morón, o gansos de Lavajos, y entre la cena, volviéndose al doctor le dijo:

—Mirad, señor doctor; de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas regaladas ni manjares esquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus quicios, el cual está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a nabos y a cebollas, y si acaso le dan otros manjares de palacio, los recibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún día; y no se burle nadie conmigo, porque o somos, o no somos” (pp.722-723). 

Esta puntualización final de Sancho Panza es sumamente importante porque él mismo descubre que parte de su identidad consiste en sus gustos relacionados con la comida. Rizando el rizo, podríamos decir que el famoso “ser o no ser” de Shakespeare, sería para Cervantes este “o somos, o no somos”, no como una duda existencial sino como una afirmación de forma de vida: la del humilde campesino que parece tener bien definidos sus preferencias culinarias y, para quien, la frase sería “comer o no comer, esa es la cuestión”.

A pesar de todo Sancho Panza claudica ante el doctor y cuando se despierta le éste le tenía preparado para desayunar “un poco de conserva [dulce, jalea] y cuatro tragos de agua fría”, cuando en verdad, Sancho, se hubiera comido “un pedazo de pan y un racimo de uvas”, pero el doctor Pedro Recio le hace creer a Sancho “que los manjares pocos y delicados avivaban el ingenio, que era lo que más convenía a las personas constituidas en mandos y en oficios graves, donde se han de aprovechar no tanto de las fuerzas corporales como de las del entendimiento” (p.738).

Carta de don Quijote a Sancho

Pocos textos son tan conmovedores como la carta que le escribe don Quijote a Sancho (capítulo LI de la segunda parte) dándole consejos de nuevo. En realidad es un alegato contra aquellos que piensan que un pobre no puede llegar a ser gobernador por sus propios méritos. La carta empieza diciéndole a Sancho: “Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo, las oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al cielo, el cual del estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos hacer discretos” (p.740). El tono bíblico y la idea de que Sancho ha superado su ignorancia por voluntad divina, no por sus propios esfuerzos, podría parecer casi insultante pero no es así porque nunca en la novela antes don Quijote ha tratado a Sancho como “amigo”.

En esta carta don Quijote le recomienda a Sancho que para ganarse la voluntad del pueblo debe “procurar la abundancia de los mantenimientos, que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que el hambre y la carestía” (p.740). Y don Quijote va más allá en sus recomendaciones a Sancho y le escribe: “Visita las cárceles, las carnicerías y las plazas; que la presencia del gobernador en lugares tales es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan la brevedad de su despacho; es coco a los carniceros que por entonces igualan los pesos, y es espantajo a las placeras por la misma razón” (p.741). O sea, que por un lado le recomienda algo tan revolucionario como que visite las cárceles y, por el otro, a pesar de un aparente populismo visitando carnicerías y mercados, el efecto es también que tanto carniceros como vendedoras en el mercado no engañen a sus clientes por temor de que sea el mismo gobernador el que va a visitarlos.

Al final de la carta don Quijote dice algo respecto a sí mismo que es muy revelador del estado de ánimo de éste y de su voluntad de seguir viviendo como un caballero andante: “yo pienso dejar presto esta vida ociosa en que estoy, pues no nací para ella” (p.741). O sea, que don Quijote quiere dejar el palacio o castillo de los duques para seguir viviendo como un nómada porque, según él, su destino no es el de vivir cómodamente mantenido y entretenido por la nobleza. No obstante, no le pide a Sancho que se vaya con él sino que se alegra de saber que por fin su escudero ha pasado a hacer parte de la clase pudiente y rica como gobernador. Al final de la carta se despide como “tu amigo, Don Quijote de La Mancha”.

Sancho, inmediatamente después de haber escuchado la carta de don Quijote, le pide al secretario que se prepare para dictarle su respuesta. Dentro de la larga carta que dicta Sancho dice que “este gobierno, en el cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por las selvas y por los despoblados”. Sancho se queja que hay un doctor que lo tiene así, muerto de hambre, porque “ las medecinas que usa son dieta y más dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuese mayor mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, él me va matando de hambre, y yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pensé venir a este gobierno a comer caliente y a beber frío, y a recrear el cuerpo entre sábanas de holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer penitencia, como si fuera ermitaño” (p.742).

Muy diferente es la despedida de la carta de Sancho a don Quijote porque él no se permite de tratarlo como amigo sino que se despide como “Criado de v. m. Sancho Panza el gobernador”.

Finalmente los duques encontrarán la forma de deshacerse de Sancho Panza también para lo cual le hicieron crear ordenanzas que pusieran al pueblo contra él; una de ellas sería particularmente nefasta, la creación de “un alguacil de pobres”.

El capítulo cincuenta y tres trata de la despedida de Sancho que deja su puesto de gobernador de la ínsula Barataria. Cuando ya se va a marchar lo primero que hace es acercarse a su burro, abrazarlo, darle un beso y con lágrimas en los ojos le dice “compañero mío, y amigo mío”. Al despedirse de sus antiguos súbditos, en un monólogo lleno de sabiduría, dice:

—Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieran acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador; más quiero hartarme de gazpacho que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre; y más quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano, y arroparme con un zamarro de dos pelos en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vs. ms. se queden con Dios, y digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano: quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas (p.753). 

A pesar de que el doctor Recio le insiste en que se quede, Sancho dice que por nada del mundo se quedará, que su experiencia de gobernador fue “como volar al cielo sin alas […] Quédense en esta caballeriza las alas de la hormiga que me levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y volvamos a andar por el suelo con pie llano […] saliendo yo desnudo como salgo, no es menester otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel” (p.753). Diciendo esto, Sancho sale de su fingida ínsula pero toda la población vino a despedirlo y ofrecerle todo lo que él quisiera para su viaje, y “Sancho dijo que no quería más de un poco de cebada para el rucio y medio queso y medio pan para él” (p.754).

De nuevo en el camino

Sancho, pues, decide dejar su gobierno de la isla Barataria, donde lo mataban de hambre, y va a reunirse con don Quijote. En el camino se encuentra con un grupo de peregrinos extranjeros que iban pidiendo limosna. Entre los peregrinos, que eran alemanes, resulta que se encuentra un morisco llamado Ricote que fue vecino de Sancho (capítulo LIV, segunda parte). La importancia de este capítulo consiste en el trato que Cervantes da al tema de la expulsión de los moriscos de España en 1609, pero nosotros nos vamos a detener solo en la escena campestre de un almuerzo sobre la hierba que bien podía haber sido pintada por Édouard Manet, su famoso “Le Déjeuner sur l’Herbe” (1863), pero sin mujeres.

Después de un abrazo fraternal entre Sancho y Ricote, el morisco disfrazado de peregrino, invita a su amigo Sancho, cristiano viejo, a que se una con él y los otros frailes alemanes para compartir la comida que llevan: “apartémonos del camino a aquella alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar mis compañeros, y allí comerás con ellos, que son muy apacible gente” (p.756).

“Hízolo así Sancho, y hablando Ricote a los demás peregrinos, se apartaron a la alameda que se parecía, bien desviados del camino real. Arrojaron los bordones, quitáronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todos ellos eran mozos y muy getileshombres, excepto Ricote, que ya era hombre entrado en años. Todos traían alforjas, y todas, según pareció, venían bien proveídas, a lo menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dos leguas. Tendiéronse en el suelo, y haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón, que si no se dejaban mascar, no impedían el ser chupados. Pusieron asimismo un manjar negro que dicen que se llama caviar, y es hecho de huevos de pescados, gran despertador de sed de vino. No faltaron aceitunas, aunque secas y sin adobo alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo que más campeó en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino, que cada uno sacó la suya de su alforja; hasta el buen Ricote, que se había transformado de morisco en alemán o en tudesco, sacó la suya, que en grandeza podía competir con las cinco […] Comenzaron a comer con grandísimo gusto y muy de espacio, saboreándose con cada bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de cada cosa” (p.757). Entre bromas y risas, se despreocupan de todo lo que concernía a la tragedia de los moriscos y el fallido gobierno de Sancho,  y  se beben las seis botas de vino “porque sobre el rato y tiempo cuando se come y bebe, poca jurisdición suelen tener los cuidados” (p.757).

Finalmente Sancho y don Quijote se reúnen en el castillo de los duques que tantas burlas habían tramado para los dos. Juntos ya señor y escudero, abandonan la comodidad palaciega y se ponen en ruta en búsqueda de nuevas aventuras, “enderezando su camino a Zaragoza” (p.774). Así, al inicio del capítulo cincuenta y ocho de esta segunda parte, cuando don Quijote “se vio en la campaña rasa […] le pareció que estaba en su centro”, es decir, en su lugar en el mundo, y hablando con Sancho dice:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrecheces del hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo” (p.775).

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La mística del camino y de la libertad

Conforme nos vamos acercando al final de la novela, don Quijote se expresa en términos que bien pudieran parecerse al lenguaje de los místicos. Cuando en un momento dado Sancho le dice a don Quijote que no entiende cómo una hermosa doncellas puede enamorarse de él que es tan feo, en el que ve “más cosas para espantar que para enamorar”, don Quijote le dice: “Advierte, Sancho, que hay dos maneras de hermosura: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza, y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo” (p.779).

En un alto que hacen en el camino para comer, Sancho ya ha sacado lo poco que lleva en sus alforjas, y esperando que don Quijote empiece el primero, por educación y respeto con su señor, termina por empezar él a comer porque don Quijote, “llevado de sus imaginaciones, no se acordaba de llevar el pan a la boca”, y finalmente dice don Quijote: “Come, Sancho amigo; sustenta la vida, que más que a mí te importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo […] de manera que pienso dejarme morir de hambre, muerte la más cruel de las muertes” (p.784).

No será así, porque al final don Quijote “comió algo, y Sancho mucho”, y los dos amigos se echaron una siesta en buena armonía. Más adelante, llegarán a una venta que don Quijote ya no confundirá con un castillo e instalados en ella llega la hora de cenar y ventero le dice que tiene de todo, “que pidiese lo que quisiese, que de las pajaricas del aire, de las aves de la tierra y de los pescados del mar estaba proveída aquella venta”. A los cual responde Sancho: “No es menester tanto, que con un par de pollos que nos asen tendremos los suficiente, porque mi señor es delicado y come poco, y yo no soy tragantón en demasía” (p.785).

Don Quijote y Sancho son como dos líneas paralelas que a través de toda la novela parecen incompatibles y destinadas a no juntarse nunca sino en la ilusión del horizonte. El hidalgo es delgado y, aunque desvaría persiguiendo los ideales del caballero andante, es sabio en sus discursos y moderado a la hora de comer. El escudero es gordo y, aunque irrita a su señor por su imparable forma de hablar y de comer, posee también una sabiduría popular que con frecuencia sorprende a don Quijote. Pero don Quijote como Sancho se van transformando lentamente y confundiendo y fundiendo el uno en el otro, tanto en su leguaje como en su forma de comportarse. No obstante, acercándose ya el final de sus aventuras, don Quijote le dice a Sancho: “Yo velo cuando tú duermes; yo lloro cuando cantas, yo me desmayo de ayuno cuando tú estás perezoso y desalentado de puro harto” (capítulo LXVIII de la segunda parte, p.837).

Después de la última aventura en la playa de Barcelona, que será solo una estrategia por parte de los amigos del hidalgo para llevarlo de nuevo a su casa y curarlo de su locura, don Quijote y Sancho vuelven a su aldea. Cuando ya la ven a lo lejos, Sancho se hinca de rodillas y dice: “Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos, y recibe también tu hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo, que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede”. Y don Quijote le replica con más cordura que el propio Sancho en su discurso retórico: “Déjate desas sandeces, y vamos con pie derecho a entrar en nuestro lugar” (capítulo LXXIII, p.858).

En realidad aquí podría haber terminado la novela, porque don Quijote parece haber recuperado la sensatez y la cordura. Volver a su lugar, no solo significa que de nuevo están los dos personajes en su pueblo y en su casa, sino que vuelven a ser quienes eran antes de partir, que vuelven a ocupar su lugar en el mundo que el destino les había deparado. El centro, pues, ya no está en el camino como dijo don Quijote en capítulos anteriores, ahora el centro será de nuevo su lugar, su aldea, su casa, su vida rutinaria en un lugar de La Mancha.

Cervantes, para evitar que a alguien se le ocurriera escribir una tercera parte del Quijote, hace que al final muera su héroe, pero esas son estrategias del mundo literario de la época que fuerzan al autor a terminar con una obviedad: la supuesta cordura de don Quijote en el lecho donde morirá. Para nosotros ese final forzado resulta innecesario, en realidad, y volviendo a glosar la conferencia de Heidegger, lo que ha ocurrido en el retorno a su lugar originario, es que don Quijote ha comprendido que el espíritu consiste en tomar conciencia de sí mismo, como sujeto y como intelecto, como razón de ser y entendimiento del mundo que nos rodea, viviendo solo con lo necesario porque “entre nosotros, todo se concentra sobre lo espiritual, nos hemos vuelto pobres para llegar a ser ricos”.


*Para elaborar este artículo he utilizado la edición del Quijote de Celina Sabor de Cortazar e Isaías Lerner, con prólogo de Marcos A. Morínigo, 2ª Edición corregida y actualizada, Editorial Huemul, Buenos Aires, 1983. Durante la composición de mi texto, en algunos casos, basándome en las notas de esta edición, he optado por usar el vocabulario contemporáneo cuando me parecía que podía ser entendido mejor el texto cervantino. En los casos que he optado por el vocabulario moderno las palabras aparecen en cursiva. 

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