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Tomelloso
viernes, 14 junio

Aquel primer tren que perdimos

Pienso, amigo lector, que conocer la historia de algo es imprescindible para poder nombrarlo siquiera; tanto más, para hablar o debatir sobre ello. Creo firmemente que los principales problemas y tensiones de nuestro maltrecho Estado y Reino de Ejpaña vienen del desconocimiento de su historia. Desconocimiento que hace que algunos que sí la conocen la puedan esconder, retorcer y utilizar ante los ignorantes sin que pase nada. Debería impartirse Historia de España durante toda la etapa escolar, íntegra, cruda como es y por supuesto sin interpretaciones interesadas o parciales. Veríamos cómo cambia el cuento, nunca mejor dicho.

Cuando yo estaba en la mili, hace eones, un sargento instructor me sacó de la formación al oír que me llamaban por mi toponímico (era muy habitual) para preguntarme qué tal iba la cosa por mi pueblo. Él era de un lugar cercano, había ido bastante de joven, no sé muy bien a qué clase de gestiones, y lo recordaba con cariño. Me dijo: “Tomelloso no tiene mucha historia, pero la acabará teniendo”. Todos los lugares tienen una historia, compuesta de muchas historias más pequeñas, que merece ser conocida, transmitida. Yo quiero hoy pasar brevemente por un episodio histórico de Tomelloso que tiene su aquel.

Muchos de los amables lectores conocerán que Tomelloso tuvo una primera estación de tren cerca del cementerio, al final de la actual calle Hernán Cortés, la cual durante mucho tiempo fue conocida como calle de la Estación Vieja. De eso hace ya cerca de doscientos años, y quien esté interesado encontrará en la magnífica crónica del archivero municipal D. Vicente Morales* la historia completa, que relata la primera gran oportunidad perdida con el tren. Yo sólo me detendré brevemente en ella para señalar otros aspectos no tan a la mano.

Ocurrió que, con el edificio de la estación ya construido y la vía terminada sólo a falta de colocar traviesas y raíles, el contrato de la línea Manzanares-Socuéllamos, que suponía el enlace ferroviario desde Levante hacia Andalucía y Portugal, fue anulado en 1855, cinco años antes de abrir la línea Alcázar-Manzanares. Ello supuso que Socuéllamos, que parecía destinada a ser el nudo ferroviario de la meseta sur, se quedó con una estación de paso grande y bonita pero sin apenas uso que dividía su casco urbano en dos hasta hace pocos años. El enlace se instaló, como todos sabemos, en Alcázar, la línea Ciudad Real-Alicante, muy usada por los tomelloseros, hace un extraño siete y los intentos posteriores para reactivar aquella larguísima recta de más de 40 kilómetros entre Socuéllamos y Herrera fueron sistemáticamente rechazados. Hoy en día se puede ver, y también pisar: es la actual carretera.

Antes de seguir, situémonos un poco. En 1857, año censal, las poblaciones respectivas de los municipios eran las siguientes: Socuéllamos, 2919 almas. Tomelloso, 7604 almas cándidas. Alcázar, 7942 habitantes. Cabe decir que para cuando se inauguró la línea de Alicante, un año más tarde, Tomelloso ya había superado a Alcázar en población, y así ha seguido hasta hoy (con lo que nos ha llovido).

En nuestro último lustro mágico, hace 20 años, cuando se reactivó la reivindicación del tren al absurdo grito de “AVE por Tomelloso”, llegaron algunas explicaciones desde Adif en el sentido de que no cabía desviar el actual trazado para acercarlo a Tomelloso-Argamasilla porque se necesitaba la recta de Alcázar a Herrera por motivos técnicos, para que los trenes adquirieran algunas velocidades requeridas y se realizasen ciertas pruebas inexcusables. Jamás se habló de la otra posibilidad, puesto que naturalmente esa es “la bicha”, la que no puede ser nombrada.

Porque eso es lo que de ninguna manera puede permitirse, desde la óptica alcazareña. El by-pass (nombre moderno donde los haya) Manzanares-Socuéllamos no puede existir. Nuestros vecinos de allende el Záncara tienen experiencia y picardía sobradas para saber que la mejor forma de que no ocurra lo peor es no dejar que pase lo menos malo. Solamente por la presión de aquellos años (incluso desde la propia Junta de Comunidades) y la ausencia de otras justificaciones se pudo conseguir in extremis la concesión del “ramal” que fue tan mal recibida y peor gestionada. La cosa no fue fácil en nuestro agreste noroeste, pero ellos, siempre prácticos, ya consideraron que ese ramal de cercanías a su propia estación les daba algo de respiro, atraía posibles clientes a una estación en decadencia y finalmente convertía la posibilidad del by-pass (la bicha, la innombrable, la que no puede existir) en algo más remoto, por la acumulación de líneas en un segmento hipereconomicista como el ferroviario. Luego, aquello se malogró: tanto mejor, dirían.

Y así estamos, con el tren (siquiera regional, ni ramalero ya) convertido en entelequia como lo fue el hospital, dormitando nuestra ausencia de servicios pero viendo cada vez más grandes, casi atómicos, nuestros tractores.

Tiendo a pensar que la decisión de anular aquel contrato y determinar que fuese Alcázar el nudo ferroviario no tuvo nada que ver con nosotros. Fue Socuéllamos la sacrificada, aunque nos afectase de paso. Era demasiado pequeña la población, y no disponía de mucho espacio para las vías. Es una suposición, así que no es Historia. Pero lo cierto es que Alcázar se quedó con el tren y los servicios, y Tomelloso con la tierra para cultivar.

Aquel lustro, de 1855 a 1860, supuso la separación socioeconómica de las dos poblaciones, al tiempo que crecían: la una, ayudada por el desarrollo creciente de la red ferroviaria y la creación de dependencias administrativas de todo pelaje; la otra, beneficiada de la viña y el sudor. Hoy tenemos dos realidades sociales muy diferenciadas, pero creo que no se entienden bien la una sin la otra. Espero que antes de que se cumplan 200 años de aquellos tiempos, en Tomelloso dispongamos de otro lustro mágico. Y que, por una vez, lo sepamos aprovechar.

* Puede consultarse en el Archivo Histórico Municipal de la web del Ayuntamiento.

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