El método científico abarca las prácticas aceptadas por la comunidad científica como válidas a la hora de exponer y confirmar sus teorías. Las reglas y principios del método científico buscan minimizar la influencia de la subjetividad del científico en su trabajo, reforzando así la validez de los resultados, y por ende, del conocimiento obtenido. Las fases del método científico son:

Observación – Formulación de hipótesis – Experimentación – Emisión de conclusiones – Publicación y comparación

No todas las ciencias tienen los mismos requisitos. La experimentación, por ejemplo, no es posible en ciencias como la física teórica. El requisito de reproducibilidad y repetibilidad, fundamental en muchas ciencias, no se aplica a otras, como las ciencias humanas y sociales, donde los fenómenos no solo no se pueden repetir controlada y artificialmente (que es en lo que consiste un experimento), sino que son, por su esencia, irrepetibles, por ejemplo, la historia.

Así mismo, no existe un único modelo de método científico, referirse al método científico, es referirse a un conjunto de tácticas empleadas para construir conocimiento de forma válida. Estas tácticas pueden ser mejoradas, o reemplazadas por otras, en el futuro. Cada ciencia, y aun cada investigación concreta, puede requerir un modelo propio de método científico, pero eso cualquier persona que haya estudiado alguna de las muchas ciencias lo sabe de sobra.

Durante toda la historia de la humanidad, la ciencia ha tenido muchos enemigos, enemigos que temían por su poder y sus privilegios al descubrirse sus intereses. Por eso contraatacaban con argumentos bastante bastardos, pero que con un pueblo adoctrinado, esos argumentos se difundían de forma que parecían ciertos.

La aparición del Covid ha sido un capítulo más en la larga historia de las plagas y epidemias que han asolado a la humanidad. Cualquier persona con conocimientos científicos sabrá que los virus son una forma natural (y cruel) de regular el equilibrio ecológico y la demografía de todas las especies. Tendremos que recordar que todas las especies tienen sus virus y sus epidemias, y que los humanos somos igual de permeables a sufrirlos.

Inma Delgado Fotografía New Born

Independientemente de todas las teorías paranoicas (o fundamentadas) sobre el origen del virus, el cual es posible que se haya escapado de un laboratorio, o que quizá sea simplemente una mutación, lo cierto es que ha pillado a la comunidad científica a contrapié. Todos los científicos se han puesto a trabajar sobre las bases de la información y experiencia acumulada desde el estudio de otros virus. Cuando aparece una nueva enfermedad (el 95% de las enfermedades nuevas son víricas) la comunidad científica se pone a estudiarla partiendo de lo que conoce hasta ese momento; se estudian primero los síntomas, y se empieza a trabajar sobre alguna enfermedad con síntomas parecidos, porque en la mayoría de los casos suelen ser mutaciones de esa misma enfermedad.

El término Vacuna proviene de la palabra Vaca: En 1796, cuando el virus de la viruela se cobraba cientos de millones de vidas en todo el mundo, el médico rural británico Edward Jenner observó que las campesinas y pastoras que ordeñaban las vacas no desarrollaban la enfermedad. Tras varios días de indagación metódica, el doctor llegó a la conclusión de que inocular el fluido de la viruela de las vacas en las personas era un método eficaz de prevención contra la enfermedad, y comprobó su teoría inoculando pus de una lesión de viruela bovina de una ordeñadora a un niño sano de ocho años, que se llamaba James Phipps. Tras la prueba, el pequeño desarrolló la enfermedad de forma leve y, a los pocos días, estaba totalmente recuperado. Después, al ser infectado por la viruela humana, el niño no desarrolló ningún síntoma; se había logrado la inmunización.

Sabores del Quijote

Tras este gran descubrimiento, el rey español Carlos IV fue el que hizo posible que la vacunación contra la viruela pudiera extenderse por diferentes lugares del mundo. El médico personal del rey, Francisco Javier Balmis, convenció a éste para que sufragara una expedición sanitaria internacional para que llevara la vacuna de la viruela a los territorios de ultramar. Fue entonces cuando el esposo de María Luisa de Parma puso todos los recursos necesarios a disposición de la expedición con el ojetivo de vacunar al mayor número de personas posible. Ese espíritu de llevar la vacuna a todos los lugares del imperio podía tener un punto más o menos altruista, pero ya entonces quedó evidente que la única forma de poder proteger a toda la población de un virus muy letal era la vacunación masiva.

El movimiento antivacunas esgrime unos argumentos muy bastardos, ya que no utilizan el método científico, sino parte de él. Dicen que las personas vacunadas también se contagian, pero no dicen que las personas vacunadas que se contagian no sufren los efectos letales del virus, sino que sus efectos son similares a los efectos secundarios de la vacuna. También dicen que cada vez hay más contagios, pero es que ninguna vacuna te crea una muralla defensiva impenetrable, lo único que ocurre es que refuerza nuestras defensas naturales contra el ataque del virus. Pero si absolutamente toda la humanidad estuviese vacunada, terminaríamos acabando con el virus, ya que el mismo sólo se refuerza en los cuerpos con menos defensas, es decir; si los virus no encuentran un hábitat receptivo en el que hacerse más fuertes, ellos solos se irán debilitando. Eso es lo que ha ocurrido con todos los virus hasta ahora. La viruela, que fue el virus que originó la ciencia de la virología y la aparición de las vacunas, se declaró totalmente extinguida hace dos décadas.

Otro argumento que esgrimen los militantes anti-vacunas es que en el Continente Africano, dónde menos población vacunada hay, es donde menos contagios de Covid hay. Ante esto hay que hacer varias aclaraciones. Es posible que en África haya más número de contagiados que en ningún otro continente, porque apenas tienen tests de antígenos, con lo cual es faltar a la verdad, ya que sólo a un 7% de la población africana se han podido hacer las pruebas. Pero si tenemos en cuenta que en el Continente Africano existen otras enfermedades víricas más letales cómo el Ébola, la tuberculosis, el SIDA, etc. la aparición del Covid es una simple anécdota. Por otro lado en países donde conviven a diario con tantos virus mortales, la población que sobrevive por lógica está mucho más inmunizada contra todo.

No me quiero extender más, pues el tema daría para cientos de artículos de opinión, pero me gustaría acabar con un chiste sobre la pseudo-ciencia y la mala aplicación del método científico:

Vinícola de Tomelloso

Había un científico que tenía arañas amaestradas, a las que colocaba en una punta de la mesa, y cuando le decía: “Araña, ven!” la araña caminaba hacia donde él estaba. Quiso experimentar, y le arrancó una pata, la colocó en el borde y dijo: “Araña, ven!”, y la araña cojeando llegó hasta su lugar. Así fue haciendo el científico, arrancándole cada vez una pata, y cada vez a la araña le costaba más trabajo llegar a su destino. Cuando el científico le arrancó la última pata a la araña, le volvió a ordenar: “Araña, ven!”, pero la araña (lógicamente) no se movió, así siguió durante un rato ordenando a la araña que se acercase, pero nada consiguió. Después de un rato meditando, el científico cogió su cuaderno de notas y apuntó: “Está comprobado científicamente que las arañas al perder todas sus patas, se vuelven sordas”.




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