No creo en Dios, por Joaquín Patón Pardina

“El Sacrificio de Isaac” de Caravagio

“No creo en Dios” es la afirmación de muchas personas cuando salen a colación temas religiosos.  “Ni yo tampoco” podría ser la segunda línea del diálogo. Sucede que en la mayoría de las ocasiones cuando una persona habla de no creer en Dios, lo que en realidad no admite es la idea, que le han transmitido o ella  misma se ha forjado de Dios.

Es interesante observar las definiciones dadas sobre Dios tanto por muchos creyentes como por infinidad de ateos.  Nos inventamos un dios al que  aplicamos en positivo o en negativo  las características que valoramos: la sabiduría, el poder, el conocimiento, la belleza,…   En el fondo no es tanto el no creer en Dios cuanto no aceptar  el retrato construido, siempre a imagen y semejanza humanas, por nosotros y por las enseñanzas recibidas.

Por eso el papel de los catequistas y de los formadores cristianos es muy delicado, comprometido y de mucha responsabilidad. Deberían adaptar siempre con una pedagogía exigente los conceptos a las personas, que escuchan la clase de religión o la catequesis. Por ejemplo, si yo digo “Dios es Trino” refiriéndome al Misterio de la Santísima Trinidad sin tener en cuenta el publico que me escucha,  lo más normal es que ni me hagan caso, porque no entienden la afirmación. Me temo que no siempre se tiene esto en cuenta. Todos coincidimos en que la imagen de Dios testimoniada por los creyentes debe ser la dada por Jesucristo, pero lo olvidamos muy pronto.

Refiero esto porque en el evangelio de este domingo textualmente dice: “Tanto amo Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. (Jn. 3, 16-18) Quiero resaltar la frase “Tanto amó Dios al mundo”. Evidente que por “mundo” entendemos el conjunto de personas que habitamos en la tierra. No el “mundo” como citaba el Catecismo de Ripalda cuando enseñaba: -Los enemigos del alma son tres: mundo, demonio y carne.

Ajustándonos más, para todas las personas de fe en Jesús es evidente que el Dios en el que creemos es el revelado por Jesucristo el Señor, afirmando su parecido a un padre, amante de sus hijos hasta lo indecible;  Él lo llamaba Abba (Papá), todos lo sabemos.

Por el contrario  la primera lectura del jueves día ocho de junio, festividad de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote era del Génesis  (Gn. 22, 9-18). Este texto relata “El sacrificio de Isaac”. Por lo visto Dios había pedido a Abrahán, para ponerlo a prueba, que sacrificara a su hijo.

¡No parece que estén hablando del mismo Dios!

Antecedentes a tener en cuenta: Abrahán tenía un solo hijo legítimo –Isaac-. Su mujer lo había concebido cuando los dos eran muy mayores. Era el continuador de la genealogía de la familia (algo esencial en aquella cultura). Debía sacrificarlo en un monte (Moriah) según la normativa de los holocaustos (derramar la sangre de la víctima y después quemar el cadáver).

Cualquiera que lea el texto y no tenga mínimos conocimientos de exegética o se haya iniciado algo en conocimientos bíblicos piensa en la angustia de ese padre forzado por sus creencias a convertirse en sacrificador de su hijo Pero además volviendo la mirada y observando al Dios que pide el sacrificio, no apreciamos  diferencias respecto de muchos dioses de Egipto, Caldea o Babilonia. Éstos tenían las virtudes y defectos de los humanos pero con más poder sobrenatural que éllos. Al fin y al cabo estaban inventados a imagen y semejanza de los hombres.

Ese Dios no “conoce” la fortaleza de la fe de Abrahán, necesita “ponerla a prueba”. ¿Qué Dios es éste desconocedor del interior de sus fieles? Parece un juego macabro; en un tiempo Dios le promete un hijo a la pareja Abraham y Sara que eran estériles, (Gn. 18, 10) y al momento de tener la gran alegría de la descendencia le pide la ofrenda de su hijo. Demasiado increíble. Ese Dios no tiene entrañas –diríamos en román paladino-. ¿Cómo se atreve a pedir eso a un padre?

Abusando de moralina –falsa ética y menos estética- habría quien diría que es una petición para probar la excelencia de la fe de Abrahán en Dios. Elevaría a la enésima potencia las explicaciones pseudoteológicas junto con  el bien hacer de este hombre y lo subiría al pedestal para ejemplo de cuantos a lo largo de la historia pudiéramos leer este relato.

Dos conclusiones: Por una parte es imprescindible reconocer el texto como un relato mítico, que solo tiene de histórico los personajes y el tiempo en que se escribió, por lo tanto error grave tomarlo al pié de la letra. La enseñanza podría ser: Tanta fe ha llegado a tener Abrahán (antes adoraba a dioses  extranjeros) en Yahveh, que sería capaz de un disparate tan grande como el de sacrificar a su hijo, si se lo pidieran.

Por otra parte si ese Dios exigiera la muerte de alguien, yo tampoco creería en Él. La razón fundamental es que el Dios que trata de ese modo, no cuadra en absoluto con el Dios que nos predicó Jesús.

Tambien está suficientemente contrastada la importancia de la persona de Abrahán y su vida para las tres grandes religiones (Judaismo, Cristianismo e Islamismo). Por ello es reconocido en las tres como el Padre en la fe. Y desde luego persona fundamental en la Historia de la Salvación.

Siempre es necesario mantener la cabeza lúcida y los razonamientos lo más claros posibles, junto a conocimientos bien fundamentados. Esto es imprescindible en cualquier momento de la vida y por lo tanto en asuntos religiosos.

Por eso como en otras ocasiones me despido con unas preguntas:

  • ¿Cómo es el Dios de tu fe? ¿Podrías definirlo?
  • ¿Te vigila o sientes que está pendiente de ti?
  • ¿Coincide con el Papá-Dios de Jesús el Señor?
  • ¿Será Él el origen del bien y del mal?
  • ¿Cómo permite el sufrimiento de los inocentes?
  • ¿Estará de acuerdo con la muerte de “los infieles”?
  • ¿Será cierto lo que dice el refrán: ”Dios castiga y no da voces”?
  • ¡A que te alegra saber que estás en sus manos y te mira con total complacencia!
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