Hay cosas que una familia hereda sin darse cuenta.
Una manera de hablar. Una receta. Una fotografía que pasa de un cajón a otro. Un gesto que alguien repite muchos años después sin saber muy bien de quién lo aprendió.
En la familia Benito quedaron una máquina, unos moldes y una libreta.
Y quedaron también las conversaciones.
Antonio Benito había crecido escuchándolas alrededor de la mesa. Se hablaba de baldosas que se pegaban, de colores que no terminaban de salir, de los pequeños problemas de un oficio que él nunca había practicado. Mientras tanto, las antiguas máquinas habían sido apartadas y los moldes seguían dando vueltas por la fábrica.
El mosaico hidráulico pertenecía al pasado.
O eso parecía.
«Nunca se me había ido de la cabeza», reconoce Antonio.
Quizá toda esta historia empiece precisamente ahí: en algo que no consiguió irse de la cabeza.
Lo que el abuelo trajo de Francia
Hay que retroceder hasta finales de los años 50.
El abuelo de Antonio se marchó a Francia a trabajar y allí conoció una técnica y un material que terminarían acompañándolo de regreso a Tomelloso. Aprendió a fabricar mosaico hidráulico y, a principios de los años 60, puso en marcha la empresa familiar.
Entonces el oficio viajaba.
La máquina se cargaba y se llevaba hasta la obra. Los trabajadores se desplazaban con ella y las baldosas se fabricaban allí mismo, una a una, en el lugar en el que después iban a ser colocadas.
Más de sesenta años después, una de aquellas máquinas continúa trabajando.
Ha sido restaurada, pero es la misma que utilizaba su abuelo.
Y el procedimiento, en lo esencial, tampoco ha cambiado.
«La misma máquina, los mismos materiales y las mismas técnicas. Se utiliza exactamente lo mismo», explica Antonio Benito hijo.
Hay algo difícil de ignorar al verla funcionar. Donde hoy coloca las manos una generación, antes las puso otra.
Aprender de los recuerdos
Con los años llegaron otras máquinas, otros sistemas de producción y otros ritmos. Las antiguas prensas fueron retiradas y la fábrica se orientó hacia una producción industrial.
Pero Antonio seguía viendo aquellos moldes.
Y seguía recordando aquellas conversaciones.
«Yo no había visto hacer ni había hecho nunca», cuenta.
Eso es importante.
Antonio no recuperó el mosaico hidráulico porque alguien se sentara frente a él para enseñárselo. Empezó porque necesitaba descubrir cómo se hacía.
«En casa, en las comidas, siempre estaban los problemillas que tenemos ahora: que se me pegan un poquito las baldosas, que no me ha salido el color igual… Todo eso lo tenía yo en el recuerdo».
El oficio había desaparecido de sus manos antes incluso de llegar a ellas, pero permanecía en su memoria.
Y comenzó a probar.
Primero por curiosidad. Después porque comprobó que todavía había personas buscando aquellas baldosas. Poco a poco, lo que había empezado como una forma de recuperar algo de la familia terminó convirtiéndose de nuevo en un trabajo.
«Cada vez me metía un poquito más, hasta que decidí dejar lo otro a un lado y continuar con esto».
No sabía qué ocurriría.
«Al principio, si no eres muy conocido, es difícil. Es un poquito de riesgo porque no sabes qué va a pasar. Te metes en ese mundo a esperar a ver qué sucede».
Hace una pausa en el relato de aquellos comienzos y resume el presente de una manera mucho más sencilla:
«Pero, por lo que parece, está yendo bastante bien».
Una libreta
Para recuperar un oficio antiguo hacen falta manos. Pero a veces también hace falta que alguien, muchos años antes, decidiera apuntar las cosas.
El padre de Antonio Benito padre ya había fallecido cuando la familia comenzó a reconstruir las fórmulas utilizadas para fabricar los colores.
Había dejado algo.
Una libreta.
En sus páginas estaban anotadas las formulaciones y los porcentajes de las mezclas que utilizaba.
Soledad Quiralte recuerda aquel proceso y el empeño de su marido por reconstruir lo que había aprendido su padre.
«La averiguación de todo fue cosa de Antonio, de mi marido. Mi suegro ya había fallecido, pero sí tenía una libreta donde anotaba todas las formulaciones y los porcentajes».
No solucionó todo.
«Le resultó un poco más fácil, aunque le llevó su tiempo».
Porque una fórmula puede escribirse.
La experiencia, no tanto.
Hoy Soledad trabaja con polvo de mármol, cemento blanco y pigmentos. Utiliza una báscula de precisión para reproducir las proporciones de cada tonalidad y guarda anotadas las mezclas que van consiguiendo.
Pero después de tantos colores preparados hay una parte que ya no necesita números.
«El tiempo te da la experiencia. Cuando ves uno o ves otro, más o menos sabes qué lleva».
Amarillo. Rojo. Verde. Un poco más de uno. Un poco menos de otro.
La libreta conserva las proporciones.
Los ojos hacen el resto.
Las manos de una familia
En el taller, cada uno tiene su lugar.
Soledad lleva el diseño al ordenador para conseguir la máxima exactitud. Antonio Benito padre toma después unas pletinas de aluminio y empieza a convertir aquellas líneas en un molde.
Corta.
Dobla.
Moldea.
Une.
«Las voy moldeando, cortando y doblando según la necesidad y según el diseño que me prepara Soledad», explica.
Cuando termina, aquello que estaba en una pantalla ya puede tocarse.
Después llegará el color. El polvo de mármol. El cemento. El agua. La arena. La prensa.
Y las manos de Antonio hijo.
El proceso requiere una precisión extrema. Los colores se vierten uno a uno en las pequeñas celdas de la trepa. Un movimiento de más puede alterar el dibujo. Una proporción incorrecta cambia una tonalidad. Una pequeña desviación acompaña a la pieza hasta el final.
«Es un trabajo milimétrico. Con nada que se desvíe un poco, ya afecta a todos los pasos. Afecta directamente al producto final».
En un mundo acostumbrado a fabricar deprisa, aquí una baldosa obliga a esperar.
Primero 24 horas de secado.
Después otras 24 horas en agua.
Y luego 28 días.
Veintiocho días para que el cemento alcance su dureza definitiva y para que el color termine de ser el color que será.
Al principio las piezas son algo más oscuras por la humedad. Poco a poco cambian. Se atenúan. Se asientan.
También ellas necesitan tiempo.
Antonio mira al suelo
Desde que recuperó el oficio, Antonio ha adquirido una costumbre.
Cuando pasa junto a una obra o un derribo, mira.
No mira hacia arriba.
Mira al suelo.
«Siempre voy mirando por las obras y los derribos. Me fijo a ver si hay mosaicos y a ver si puedo recuperar algunas piezas».
Lo hizo cuando derribaron la casa del pintor Antonio López Torres, en Tomelloso.
Pasó por allí y pensó que tenía que haber mosaicos.
Los había.
Consiguió recuperar algunas piezas y, a partir de ellas, reproducir los moldes.
Una baldosa que para otros podía ser simplemente parte de un edificio derribado se convirtió en el principio de otra cosa: la posibilidad de volver a fabricarla.
Ese trabajo se repite ahora en rehabilitaciones de distintos puntos de España.
A veces, al levantar un pavimento, aparece debajo un mosaico antiguo. Los propietarios quieren conservarlo, pero algunas piezas están rotas o demasiado deterioradas.
Entonces llaman a los Benito.
«Hacemos todo el trabajo de investigación. Vamos a visitarles, sacamos los colores lo más fieles posible y, si podemos, nos traemos piezas para hacerlo todo lo más parecido a las originales».
Investigan un suelo como otros investigarían un documento.
Miden.
Comparan.
Buscan colores.
Cuentan celdas.
Intentan averiguar cómo trabajó alguien a quien nunca conocieron.
324 pequeñas casillas
Uno de los trabajos que recuerdan con más orgullo llegó desde Murcia.
El dibujo tenía 324 casillas.
Trescientos veinticuatro pequeños espacios que debían guardar exactamente sus líneas y proporciones para que el resultado fuera fiel al pavimento original.
Esta vez las manos necesitaron ayuda.
Utilizaron una impresora 3D para fabricar la trepa y conseguir que todas las líneas fueran perfectamente paralelas.
El oficio que el abuelo había aprendido en Francia a finales de los años 50 se encontraba, seis décadas después, con una impresora 3D.
Pero incluso la tecnología tiene sus límites.
El molde era de plástico y podía romperse. Antes de empezar el trabajo encargaron dos trepas. Si una fallaba a media mañana, perderían demasiado tiempo esperando otra.
Lo antiguo y lo nuevo conviven así en el taller sin hacerse demasiadas preguntas.
La herramienta puede cambiar.
El oficio sigue siendo el mismo.
Baldosas que reconocen a otras baldosas
Ahora trabajan también en una reproducción para Huelva.
Y ocurre algo curioso.
El modelo coincide con otro que ya conocen. Mismo número de casillas. Tonalidades prácticamente idénticas. Las mismas formas en las flores y las cenefas.
Creen que ambos pavimentos pudieron salir originalmente de fabricantes de Castellón.
Un suelo de Huelva puede así guardar parentesco con otro situado a cientos de kilómetros.
Las baldosas también dejan pistas.
Y Antonio ha aprendido a leerlas.
«El cliente sabe lo que compra»
El mosaico hidráulico ha vuelto a aparecer con fuerza en proyectos de arquitectura e interiorismo. Se habla de recuperación, de tendencia, incluso de moda.
Soledad concede lo primero, pero no termina de creerse lo segundo.
«Parece que está de moda, y sí que lo está. Pero yo pienso que es un producto que tiene su cliente siempre».
Quien llega buscando una de estas piezas, asegura, normalmente sabe por qué ha llegado.
«El cliente que lo compra sabe lo que compra, viene buscando lo que quiere. Creo que lo ha tenido siempre y lo va a tener».
Su carácter artesanal permite cambiar dibujos, formas y colores casi sin límite. Eso ha despertado también el interés de profesionales del diseño y el interiorismo.
En la última edición de Farcama, Soledad recuerda especialmente la reacción del diseñador Miguel Muñoz, vinculado a Casa Decor.
«Le gustó muchísimo».
Ella cree saber por qué.
«Vio todo lo que quería ver. Todo lo que su imaginación pudiese pensar para cualquier diseño, lo podía tener».
Lo que queda
En la familia Benito hay hoy ordenadores y hay impresoras 3D.
Pero también hay una máquina que perteneció al abuelo.
Hay diseños digitales y pletinas que todavía se doblan con las manos.
Hay básculas de precisión y una vieja libreta llena de porcentajes.
Y hay un hijo que un día decidió aprender un oficio que nunca había visto hacer porque recordaba haber escuchado hablar de él durante toda su vida.
Quizá por eso esta historia no trata solamente de mosaicos hidráulicos.
Trata de esas cosas que parecen desaparecer y, sin embargo, se quedan esperando.
En una máquina arrinconada.
En unos moldes que siguen dando vueltas por una fábrica.
En una libreta que alguien tuvo la precaución de conservar.
En una conversación escuchada durante una comida muchos años atrás.
El abuelo se marchó a Francia a finales de los años 50 y regresó a Tomelloso con un oficio aprendido.
Décadas después, aquel oficio volvió a casa por segunda vez.
Ahora Antonio pasa junto a los derribos y mira al suelo.
Busca baldosas.
Quizá porque ha aprendido que algunas cosas, para encontrarlas, no hay que mirar hacia delante.
Hay que mirar hacia abajo.
A la memoria que permanece, silenciosa, bajo nuestros pies.



