Soy el único poeta español que no tiene ningún premio, lo cual es un honor también.
Tengo que empezar por los agradecimientos, pero desde 1987, porque van en orden cronológico, que fue cuando yo fui mantenedor por primera vez aquí, en Tomelloso.
Y Javier Lozano es el culpable. Yo vivía en Nueva York entonces y venía aquí en verano, venía a pasarlo bien, pero gracias a Javier descubrió detrás de aquel hombre juerguista otra persona.
También agradezco a Luis Serna y su familia, de la misma época; a Emilia García Bolós y su familia; a Isidoro y Rocío Torres, que siempre han estado ayudando en todo; a Inmaculada Jiménez; y, ya más recientemente, a Nazaret Rodrigo, Raúl Martínez, Clara López Cantos, Javier Navarro e Inés Losa, a quien le doy cinco estrellas, la única que lleva cinco estrellas aquí.
La verdad es que son muchas las personas que, de alguna forma, me han ido trayendo hasta aquí y a las que tendría que agradecer. A mi familia, a Mariví Bolós.
También a mis amigos Álvaro Candelas, Godo Sevilla y su familia, y Juan Parra, Juanito para los amigos, con los que almuerzo casi todos los sábados.
A Carmen Candelas Carretero y a Carlos Quirós. A Rafael Torres, con quien he tenido conversaciones francamente interesantes y que creo que es una de las personas con más cultura que hay en este momento en Tomelloso. Y, finalmente, a Ágatha Navalón, que es una poeta excelente.
Con todo el cariño del mundo, quiero recordarles a los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, que en sus programas para las elecciones municipales llevaban un proyecto común —por lo menos en eso os ponéis de acuerdo en algo—: construir una nueva biblioteca.
Es urgente. Si queremos seguir siendo las Atenas de La Mancha en el siglo XXI, creo que es urgente que se construya esa biblioteca. Es una petición interesada, claro está.
He escrito y reescrito este discurso muchas veces. He pensado, planeado, cronometrado y calculado este discurso muchas veces. He pensado en todos vosotros y vosotras que estáis ahí entre el público, esperando no se sabe qué de mi discurso.
Estoy seguro de que a muchas personas les podrá gustar todo o parte de este discurso. También sé que a muchas otras personas no les gustará, ya sea total o parcialmente.
También he pensado mucho si, en verdad, a mí me gusta o no me gusta este discurso; si cumpliré con las expectativas, especialmente de Inés y del señor alcalde, vuestras y las mías. La verdad es que no lo sé.
Al despertarme —yo vivo en un bombo todo el verano, que es un refugio de piedra para quienes no son de aquí—, muy temprano, he mirado el cielo antes de que saliera el sol, entre las viñas, desde mi refugio de piedra, mi bombo.
Lo que he visto es una entreluz, una palabra que en castellano que no existe, pero que expresa bien la situación en la que me encuentro yo en mi vida actual y en mi relación con la escritura, con la creatividad, con la sociedad en general y con la realidad política local, nacional y global.
En esta entreluz, que no es el día ni la noche, que no es el amanecer ni el anochecer, me encuentro yo hablando, hablándome a mí mismo. Y eso es verdad. Yo me paseo por los caminos hablándome a mí mismo, preguntando y preguntándome.
No he encontrado palabras para describir esta incómoda situación, esta duda permanente: si lo que viví y lo que estoy viviendo merece la pena; si no sería mejor olvidarlo todo, abandonarlo todo.
Pero eso sería contradecir esta entreluz, en la que me siento cómodo porque no es ni el final ni el principio, ni la noche ni el día.
Por esta razón os voy a hablar del amor. Porque, dentro de las insuficiencias del lenguaje para expresar lo que siento, sé que todas y todos hemos estado alguna vez enamorados, ya sea de otra persona, de algún dios o de algún lugar.
Quiero leer un poema corto de un poeta norteamericano, Ezra Pound, que murió loco, o al que dieron por loco, y fue encarcelado en su país, en los Estados Unidos.
A Ezra Pound lo encarcelaron no solo por sus ideas sobre lo que para él era la poesía, sino también por haber simpatizado con el proyecto del fascismo italiano y de Mussolini.
Su gran obra se llamó Los Cantos. Repudiado e ignorado por su propio pueblo, cerró el volumen con un poema que, por mucho que me repugnen esos extremismos, tanto de derechas como de izquierdas, creo que me representa mejor que nada de lo que yo pueda escribir.
El canto 120 de Ezra Pound:
“He intentado escribir el paraíso.
No os mováis, dejad hablar al viento.
Ese es el paraíso.
Que los dioses perdonen lo que he hecho,
que aquellos que amo traten de perdonar lo que he hecho”.
El título de mi charla es “Hambre de horizonte: el amor del lugar”.
Voy a hacer un paseo rápido sobre la idea del tiempo en esta época tan difícil que estamos viviendo. Luego voy a hablar de la brecha digital que me separa a mí, y que separa a muchas personas de mi edad, de los más jóvenes. Hablaré después del amor individual, del amor social y, finalmente, del amor al lugar, a la tierra.

El paso del tiempo y la brecha digital
Cualquier cosa que decimos o escribimos se convierte en tiempo pasado. Incluso cuando escribimos con formas verbales del presente sobre asuntos del ahora, irremediablemente todo se convierte en pasado.
Este mismo acto, las palabras que yo estoy leyendo, diciendo, son simultáneamente el presente y, a la vez, ya son el pasado.
Nuestras experiencias, por optimistas que seamos, mientras las vivimos estamos consumiendo un tiempo que fluye hacia el pasado.
El Tiempo, la Vida, no son “los ríos que van a dar a la mar”, como dijo el poeta Jorge Manrique en el siglo XV, sino los ríos que vuelven a su manantial.
No obstante, hay que ser precavidos porque el Tiempo no necesariamente es lineal, sino que puede ser circular.
De ser así, si no estamos en estado de alerta constante, si no desarrollamos un pensamiento crítico, autocrítico, el pasado puede volverse contra nosotros mismos y convertirnos de nuevo en víctimas de nuestros errores colectivos e individuales.
La escritura, por quedarnos en un solo ámbito de las capacidades humanas de recrear tiempos pretéritos, tiene un don especial: a la vez que se hace pasado, deja un sedimento, una semilla, para que la palabra se haga presente y florezca en unos ojos ajenos que desconocemos.
Es decir, que cuando escribimos, paradójicamente, creamos pasado y futuro a la vez: el futuro de que, si tenemos esa suerte, alguien nos leerá algún día.
Este “resucitar” de y en nuestras palabras dependerá, pues, de otra persona o de una máquina.
Porque sí, por mucho que critiquemos el uso de los ordenadores y de la inteligencia artificial, nuestro futuro es posible que ya no esté solo en los documentos impresos en papel y en forma de libros, sino que buena parte del quehacer humano y de su creatividad estarán digitalizados, almacenados en el cerebro artificial de una o de muchas máquinas.
Esta descentralización del sujeto, de nuestra persona y de nuestro cerebro, de una inteligencia exclusivamente humana e individualizada, tiene ya sus consecuencias.
Pero volvamos, a modo de testimonio y sin nostalgia, a la era analógica, a la de los libros y a la de las bibliotecas, donde el papel reinaba sobre cualquier otra forma de transmitir el conocimiento y la creatividad humana.
En otras palabras, volver, pero solo como referencia, a la época durante la que yo hice gran parte de mi trabajo intelectual y poético, razón por la cual hoy tengo el honor de ser el mantenedor de esta Fiesta de las Letras en su 75 aniversario.
Cuando en el siglo XV se inventó la imprenta, los escribas, los copistas, los “escribidores”, se fueron al desempleo. Hoy llamamos a esa situación el paro.
Pero resultaba que en aquella época la mayoría de la población era analfabeta. Entonces la palabra oral prosperó por todas partes al mismo tiempo que la escritura impresa en papel.
Las desigualdades ya no eran solo por razones económicas, sino también por saber leer y escribir.
El libro, al igual que la imprenta, se fue transformando hasta llegar al formato de bolsillo ya en el siglo XX.
El libro se democratizó. Personas con pocos recursos tuvieron acceso a la lectura.
Antes, claro está, existieron las novelas por entregas, novelas de amor o del Oeste, que se podían comprar por 25 o 50 céntimos en los quioscos. Con el tiempo pasarían a ser unas pocas pesetas.
También fueron aumentando numéricamente las bibliotecas públicas, que facilitarían la posibilidad de lectura para aquellos y aquellas que no tenían el dinero suficiente para comprarse un libro, incluso si el formato era muy barato, como el libro de bolsillo.
Este fue el caso de dos ilustres poetas de Tomelloso, Eladio Cabañero y Félix Grande, eso sí, con la ayuda de otro prestigioso tomellosero, Francisco García Pavón.
Y así llegamos hasta el siglo XXI, cuando el índice de analfabetismo se ha ido reduciendo en España hasta ser casi algo anecdótico. Solo un 1% de españoles son analfabetos.
Ahora, un ahora que en poco tiempo también será el pasado, el libro digital, las pantallas y la imagen están reemplazando otras formas del traspaso e intercambio en los diferentes campos del conocimiento y de la creatividad.
Estamos en un momento trascendental de cambios sociales, políticos y culturales. Sin haber dejado atrás del todo el pasado, estamos construyendo la sociedad del futuro.
En este ahora, donde lo virtual convive con lo real alegremente, lo falso y lo auténtico son difíciles de distinguir. Ahora, cuando la apariencia es casi más importante que la esencia, es cuando más atentos tenemos que estar al significado de las palabras.
Aunque esto no es ninguna novedad, ni en Tomelloso ni en cualquier lugar del mundo.
Y no solo importa la apariencia individual. Mi abuela siempre me decía: “Vas hecho un Adán”. También las personas con quienes te relacionas marcan tu imagen, tu apariencia. El refrán “dime con quién andas y te diré quién eres” lo expresa con bastante claridad.
Sin embargo, lo que ahora conocemos como redes sociales son también una trampa en la que con facilidad caemos, como peces tontos, dando por bueno cualquier eslogan, cualquier bulo, sin preguntarnos cuánto hay de verdad, cuánto no es solo manipulación y adoctrinamiento político para crear un malestar, un descontento generalizado, para impulsarnos a lo que se ha dado en llamar un “golpe de Estado blando”.
Hay que aprender a pensar y a volar con nuestras propias alas. De lo contrario, nos puede pasar lo mismo que le ocurrió al desafortunado Ícaro: caer fulminados por nuestra propia estupidez.
Desde el inicio de la cibernética, pasando por la creación de Internet y de la telefonía móvil, hasta la eclosión actual de la inteligencia artificial, algunos de nosotros y de nosotras, como los copistas en el siglo XV, nos hemos ido quedando también en el “paro” virtual.
Es decir, somos analfabetos digitales.
Y yo diría que buena parte de mi generación se puede considerar como una tribu inepta respecto a las habilidades de los nativos y las nativas digitales.
Y la pregunta sería: ¿y qué? ¿Son más felices ellos y ellas que nosotros, los analfabetos digitales?
La brecha digital nos ha llevado por primera vez en la historia de la humanidad a una situación anómala: los nietos y las nietas son los que enseñan a los abuelos y a las abuelas.
No obstante, hay un campo de la sabiduría y de la inteligencia emocional en el cual la edad y la experiencia son tan importantes y poderosas como las nuevas tecnologías: la experiencia amorosa y el amplio concepto de lo que solemos llamar amor.
El cero de los días
Amar no tiene
cuatro puntos cardinales,
sino cuatro ceros anclados
en un horizonte ajeno.
Si el monte arde,
tú también ardes con él.
Si la selva se inunda,
tu corazón se ahoga.
Si el mar se seca,
tú eres la asfixia del pez.
Si la montaña tiembla,
es posible que llores.
Eres la víctima de tu felicidad
en todas partes:
Norte-Sur-Este-Oeste.
No sin temor
se aman los desconocidos
que vienen
desde los cuatro puntos cardinales.
En el centro se unen sus caminos.
Con polvo y tierra construyen
el cero de su felicidad.
El amor individual
Por muy pesimista que parezca este poema, esta canción, sí, en el fondo siempre que nos enamoramos todo empieza de nuevo.
Ponemos el cronómetro de nuestra vida en el cero de nuestra felicidad. Algo así como si todo el pasado no hubiera existido y, como niños y niñas inocentes, caemos y recaemos en ese abismo azul, radiante, luminoso que es el amor.
Con o sin nuevas tecnologías, el ser humano siempre termina enamorándose, ya sea de una persona, de un lugar, de un objeto o de un ser virtual.
¿Qué sería de nosotros sin el amor?
Por mucha experiencia que tengamos en asuntos amorosos, por muchos desengaños que hayamos tenido, una y otra vez caemos en la trampa del amor.
Digo trampa porque con frecuencia nuestra racionalidad se cortocircuita cuando nos enamoramos. Es algo así como si se produjera un apagón eléctrico en nuestro cerebro.
Te quiero, pero ¿me quieres tú a mí?
Sí, enamorarse individualmente consiste en apagar la razón para que la pasión ocupe su lugar.
En esto sí es verdad que los y las mayores les podemos enseñar algo a la generación digital, no porque seamos más sabios, sino porque somos más viejos.
El amor es una de esas maravillosas enfermedades que no tiene cura y que ocurre a nivel global, en todos los lugares de nuestro maltrecho planeta y también, para algunos y algunas, en la pantalla de su ordenador o de su teléfono móvil.
Los ingredientes del amor individual son muchos y, con frecuencia, se confunden con el deseo carnal. Cuando no hay verdadero amor, el deseo pronto se va diluyendo como un terrón de azúcar en un vaso de agua.
El problema es que el amor tiene que ser parecido a una carretera. No es una metáfora muy afortunada, pero tiene su finalidad: debe ir en dos direcciones.
Si el amor no es mutuo, pronto se puede convertir en tragedia, en esclavitud y dependencia.
Te quiero, pero ¿me quieres tú a mí?
Aquí quiero contar brevemente una anécdota.
Uno de mis estudiantes en Nueva York, bastante avanzado ya en literatura, vino a consultarme porque tenía problemas con el uso que hacemos los españoles y las españolas de dos verbos: “querer” y “echar”.
Me decía:
—Ustedes van a una carnicería y dicen: “Quiero un kilo de chuletas y un kilo de pollo”.
—Sí.
—Y luego dicen: “Quiero a mi mujer”, “quiero a mi marido”. ¿Qué tienen que ver las chuletas con el marido y la mujer?
Yo le decía:
—Bueno, es que depende del contexto.
Que es una de esas frases tan presentes también en nuestra política actual: “Es que lo han sacado de contexto”.
Claro, si sacas las chuletas de contexto y las confundes con tu mujer, tenemos un problema.
El otro verbo era “echar”, y ese sí que es difícil para los no nativos.
Me decía:
—“Me voy a echar la siesta”, “echo a este de mi casa”, “echo la llave”, “echo un polvo”. ¿Qué tiene que ver la siesta con el polvo, con echar a alguien o con echar la llave?
Y de verdad que yo no sabía cómo explicárselo. De nuevo le dije:
—Es el contexto lo que importa.
¿Puedo decir que estoy enamorado de Tomelloso, pero está Tomelloso enamorado de mí?
Pues, si les digo la verdad, hay una parte que sí, pero otra, como es natural, que no.
En ese sentido, mi amor por Tomelloso es en ambas direcciones, como las carreteras, con algunos baches, con algunas excepciones, con algunas curvas peligrosas, con cuestas y con señales que me dicen: “Cuidado, peligro, paso de animales”, “peligro de desprendimientos”, “ceda el paso”, “STOP”.
Y yo hago con el amor y con el afecto como cuando conduzco mi coche: respeto la velocidad que me indican las señales, soy prudente, cedo el paso, hago mis stops.
Lo mismo me pasa en mis relaciones con los seres humanos.
Soy un apercibido, como se decía antes en Tomelloso, porque nadie está a salvo de un fatal choque frontal, no con mi coche, sino con algunas personas.
Pero siempre hay que tratar de guardar las formas, aparentar calma, no olvidar nunca que todas y todos tenemos un corazoncito, que somos esencialmente humanos.
Pasar de la empatía a la antipatía, del amor al odio, es un mal negocio. Se lo digo por experiencia propia.
Es mejor quedarse en la zona gris de la indiferencia.
La vida, como el amor, es un paso de cebra para los peatones: hay que atravesarlo con precaución, incluso si el semáforo está en rojo para los automóviles, los patinetes eléctricos, las motos y las bicicletas.
Así ando yo por el Tomelloso físico y también por el emocional y el amoroso, tomando todas las precauciones.
Ahora bien, en cuestiones de amor no cedo el paso para que otra persona me quite lo que más quiero. En ese sentido soy intransigente.
Me olvido de la apariencia y la esencia animal me sale para defender al ser amado, la cosa amada, un libro amado.
Porque sí, el amor a los libros forma parte de la idea general del amor.
El poeta Jaime Gil de Biedma escribió alguna vez que “es inquietante constatar que casi todas las historias de amor terminan mal”.
Claro que él estaba pensando en los modelos literarios del amor: Romeo y Julieta, Los amantes de Teruel, la ópera Carmen, la película Lo que el viento se llevó o West Side Story.
No obstante, hay amores que duran una eternidad.
Aunque, la verdad sea dicha, los amores entre dos seres humanos con frecuencia pasan pronto de una intensidad de alto voltaje a pura compañía o, en los mejores casos, a una tierna amistad.
En los peores, a una separación o a un divorcio que, si es amistoso, puede ser hasta liberador; pero si deja cicatrices emocionales, el asunto es ya más penoso.
Pero volvamos al amor, que es más interesante que el desamor.
El amor individual es algo así como si un coche de carreras se pusiera en unos segundos a 180 kilómetros por hora al arrancar y, poco a poco, se fuera ralentizando hasta llegar a unos 20 kilómetros por hora y, finalmente, al cero en el contador: ese “cero de la felicidad” del que hablaba en mi poema.
Ese cero de la felicidad, ese final, no tiene por qué ser negativo, sino que también puede ser una puerta para un nuevo principio, un nuevo amor.
El amor social
De cualquier forma, hay otro tipo de amor: el amor social, el deseo auténtico de ayudar a otras personas.
El amor social es para mí tan relevante como el amor individual.
Admiro a esas personas que dedican su tiempo a ayudar a los y las demás. Y en Tomelloso hay muchas personas que aman al prójimo sin esperar ninguna recompensa.
Ya sea por puro altruismo humanitario, como Médicos Sin Fronteras y Bomberos para el Mundo; movidos y movidas por una fe religiosa o por una fe en el cuidado de los otros y de las otras, como Cáritas, Cruz Roja y todas las ONG; por amor a la naturaleza, como los y las ecologistas; o por amor a los animales.
El amor social es siempre un beneficio, no solo para los otros, sino para las y los que lo practican.
¡Amar, amar, por encima de todo!
No hay que perder el tiempo odiando.
Y en eso creo que sí, que la edad te enseña a dimensionar la importancia del diálogo frente a la confrontación y el odio.
En este sentido, las casi analfabetas digitales y los casi analfabetos digitales, como yo, podemos aportar algo a la generación de nativos y nativas digitales y decirles bien alto:
¡No pierdas el tiempo odiando!
Te lo dice uno que ha amado mucho, pero que, cuando ha odiado, el que ha sufrido más no ha sido el otro o la otra, sino yo, el que torpemente he caído en el oscuro agujero del odio, el más profundo y más desdeñable de los agujeros negros de la razón.
De nuevo lo repito:
¡No pierdas el tiempo odiando!
El amor por el lugar
Para ir terminando, quiero aclarar algo que me parece que no está bien explicado en ningún libro: ¿qué es el amor por el lugar?
Cuando alguien dice “estoy enamorado de Tomelloso”, nuestro gran artista tomellosero Antonio López lo expresó así hace unos meses en una entrevista. Yo mismo lo dije al final de mi charla como mantenedor en el año 1987: “Estoy enamorado de Tomelloso”.
Hay que aclarar que Tomelloso no es solo un conjunto de seres humanos, ni su pequeño término municipal, sino ese inmenso territorio en el que trabajan nuestros agricultores con sus empleados, quienes son mayoritariamente inmigrantes.
Ese es ahora el territorio de mi amor, el que comprende parte del término de Campo de Criptana, de Argamasilla de Alba, de Alcázar de San Juan, de Socuéllamos, de Pedro Muñoz y de Villarrobledo.
Ese inmenso Tomelloso lleno de viñas, melonares, campos de pimientos, de sandías, de cereales, de ajos y cebollas, de olivares y encinas y, últimamente, de árboles de pistachos y almendros.
Ese es el Tomelloso expandido que yo amo, donde tengo mi refugio de piedra seca, mi bombo, donde encuentro que estoy en mi lugar, donde está el kilómetro cero de mi felicidad.
Mi bombo está en el término de Alcázar, pero para mí es Tomelloso.
Antiguamente, cuando se iba en carro con mulas a trabajar en lugares remotos fuera del término de Tomelloso —lugares que para mí también son Tomelloso—, si se avecinaba una tormenta con rayos y truenos, con posible granizo, se decía:
“¡Meloneros, al lugar, que viene la fin del mundo!”
Estamos hablando de la primera mitad del siglo XX.
Entonces, ese “antes”, que para cada persona es un momento del Tiempo y de la Historia diferente, en ese antes en el que vivieron mis abuelos y mis padres, en ese antes de que yo naciera —y que espero que no vuelva jamás—, el lugar era el casco urbano de Tomelloso y unas cuantas parcelas de su entorno.
Ahora es mucho más extenso.
Amar el campo, la tierra, es también una forma del amor.
Y ya para terminar, volvamos al amor; en este sentido, al amor del lugar, que para mí se expande mucho más allá del término de Tomelloso.
Si en algo ha evolucionado mi amor por Tomelloso es en ese sentido: ahora es un amor expandido que abarca todo el horizonte que puedo percibir con mi mirada desde mi bombo.
Este amor está tan arraigado en mí que las grandes ciudades me agobian, me producen ansiedad.
Cuando no puedo ver el horizonte, en mi caso, el sentimiento de claustrofobia urbana me abruma.
Y eso a pesar de haber vivido 32 años en Nueva York viendo casi únicamente cristales y paredes.
Hace unos años, dos o tres años, me invitaron a una fundación de artistas en Galicia, una fundación maravillosa cerca de A Coruña, y me alojaron allí.
Me despertaba todos los días y no había más que árboles y más árboles. Tenía que mirar muy arriba para ver un trocito de cielo entre los troncos.
Me entró tal ansiedad que el segundo día me fui.
Me fui a A Coruña, cogí un hotel con vistas al mar y, por lo menos, podía ver el horizonte.
Los responsables de la fundación me llamaron inmediatamente para preguntarme:
—Pero ¿por qué te has ido? ¿Qué te pasa?
Yo no sabía qué decirles. Necesitaba ver el horizonte.
Así que les dije:
—Mira, es que tengo el síndrome de Caperucita Roja.
Si estoy rodeado de árboles y metido en un bosque, me parece que va a salir un lobo por algún lugar.
Ese síndrome no existe, me lo inventé yo, pero ellos se quedaron tranquilos.
Desde el año 2005, cuando dejé Nueva York por Tomelloso y por mi bombo, me fui acostumbrando a despertarme y moverme siempre con los ojos llenos de horizonte.
A pesar de todo, y ateniéndome al capítulo XXIII de la segunda parte del Quijote, cuando este sale de la Cueva de Montesinos y cuenta todas las maravillas que vio, frente a la incredulidad de Sancho y de su acompañante, les dice a los dos:
“Yo era allí entonces el que soy aquí ahora”.
Pues lo mismo digo yo respecto a mi etapa neoyorquina y a los más de veinte años que llevo en La Mancha:
Yo era allí entonces el mismo que soy aquí ahora.
Ya para concluir, quiero subrayar que mi amor por Tomelloso ha cambiado siendo yo el mismo, como hace casi cuarenta años, cuando fui mantenedor por primera vez.
Ahora con algunos kilos más, menos alcohol, menos juerga y sin importarme mucho la apariencia, ni entonces ni hoy.
Pero ahora amplío este amor, lo expando, y puedo decir con la misma alegría que necesito este horizonte, que tengo hambre de él y que:
ESTOY ENAMORADO DE LA MANCHA.
Muchas gracias.



