Una cuadrilla de vendimia te da una lección de verdad

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Hay un sonido exacto que no se te olvida en la vida: el golpe sordo y metálico de la upa cargada de racimos al volcar contra la chapa del remolque. Ese golpe retumbaba en mitad del campo cuando el sol apretaba de verdad, en esas horas muertas de la tarde en las que los lomos daban la sensación de doblarse solos y el polvo del camino se te metía hasta el fondo del gaznate.

Para las personas que lo hemos mamado desde bien chicos, la vendimia no era solo trabajar el campo. Era nuestra forma de vivir durante un mes entero. Las jornadas de sol a sol, el cansancio acumulado y esa cuadrilla que, entre familiares y gente venida de fuera a echar el mes; llamados en Tomelloso “Los Forasteros”, terminaba siendo tu casa y tu faro.

En el surco da igual de dónde venga cada uno; ahí abajo el sudor de todos huele igual y las fatigas se reparten a partes iguales.

Quizás hoy, deberíamos recordar eso más que nunca. Se nos ha olvidado demasiado pronto que este país también se levantó con las manos de gente que tuvo que marcharse lejos para buscarse la vida, y nos hemos vuelto incapaces de mirar con empatía a quien llega a nuestra tierra con la misma necesidad; aunque no lo creamos: ganarse el pan honradamente, rompiéndose la espalda bajo el mismo sol que abrasa nuestros campos. Hoy, en un contexto encanallado donde parece que hemos perdido el norte y donde se señala al débil con discursos llenos de odio, la cuadrilla de la vendimia nos da una lección de humanidad básica. En la besana no hay patrias ni banderas; hay personas frente a la tierra, compartiendo el trago de agua, el tabaco y el peso del remolque. Quien viene a arrimar el hombro para sacar adelante nuestras cosechas no es un extraño ni una amenaza: es un semejante, un compañero de fatiga que merece el mismo respeto y la misma dignidad que mis abuelos exigían para los suyos.

Cuando estás cortando los racimos, o te llevan el cubo a descargar, las diferencias dejan de importar.

Volviendo al hilo. Recuerdo que, entre tirón y tirón del John Deere 2020, salían las risas de las peripecias de la Feria de Tomelloso, que parecía que acababa de terminar y ya se veía a años luz. Y luego mirabas para adelante y sabías que quedaba tramo hasta Los Santos, con fanegas y fanegas por cortar en un mar de cepas que no se acababa nunca. Por eso la hora del cigarro no se tocaba. Ese cuarto de hora sentados en la linde, con las manos pegajosas de mosto, que sabían a gloria junto con la familia y “los forasteros”.

De todo eso sabe, más que nadie, mi abuelo Felipe Jareño García, «Jaula». Setenta años estuvo pateándose la tierra, besana arriba y besana abajo, de la Casa de los Tasisios, la Casa de los Perales, y de nuestras antiguas y ya extinguidas posturas en el paraje “El Tronco”, “La Cueva” y «Perdigón». De él aprendí lo que es la verdadera sabiduría del campo: esa inteligencia natural para saber cómo tratar a la tierra, para leer el tiempo sin mirar el móvil y para cuidar de la gente que tenía al lado a base de ejemplo, humildad y sensibilidad. De amar al prójimo y de no odiar; paradójicamente lo que promulgó Jesucristo en el Nuevo Testamento.

Hoy a mi abuelo la memoria ya le juega malas pasadas y esos días de tanto sudor y tanta vida se le van desdibujando de la cabeza. Por eso me sale escribir esto. Porque, aunque a él se le olviden los nombres o el peso de la espuerta, a los suyos no se nos olvida de dónde venimos. Y porque mientras el sol siga saliendo por Tomelloso y las uvas se sigan recogiendo, la huella de tantos hombres y mujeres como él se queda para siempre en la tierra que pelearon y sacaron adelante.

Raúl Martínez Jareño, “Jaula”.

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