Salones Epilogo

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Este pasado sábado, María Teresa Lozano López pronunció en la Peña de Tomelloso en Madrid el Pregón de la Romería 2014. Sentidas palabras que hiciceron vibrar de emoción al público asisten y que reproducimos íntegramente.

Vamos de Romería en honor a Nuestra Patrona la Virgen de las Viñas

Decir Romería en Tomelloso, es decir encuentro de caminos, es ese fuego encendido en invierno, o ese abrazo fraternal en silencio. Es agitar la ilusión, y sentir como la emoción creciente revolotea en el estómago en ese último domingo de abril, que parece nacer más luminoso aún estando nublado, más intenso, más vivo en su mañana.

Decir Romería en Tomelloso, es sentir ese pálpito en el ánimo y echarse a la calle con la mochila al hombro. Descorrer las nubes si las hubiera, y hacerle guiños al sol, para después partir el pan de cruz con el hermano, bendiciéndolo con el dulce vino en los labios, y la alegría en el corazón. Porque ese día, los tomelloseros duermen la pereza de la costumbre, para despertar cada año la raíz que a los del lugar nos habita, en el convencimiento de lo que somos amando lo nuestro.

Fervor a María

De niña te recuerdo esperándome, cuando de la mano de mis padres acudía expectante al Santuario de Pinilla. Una mezcla de alboroto y regocijo me recorría, el día grande asomaba,

y poco a poco iba tomando forma. Con los ojos muy abiertos veía desfilar las reatas engalanadas, las carrozas artísticas que, desde mi baja estatura, parecían tomar enormes dimensiones. Después, ya en el Santuario, miraba a la Virgen: su semblante sereno, dulce, dejaban en mi alma de niña un poso de paz y alegría. Recuerdo como al levantar mi rostro hacía ella con curiosidad y entrega, me parecía oírla decir: Yo soy tu madre del cielo.

Cuántas veces ¡Madre!
caminando sobre surcos
en mis retinas de niña
he imaginado tu estampa
sobre este mar de viñas.
Te veía en un haz de luz
con los brazos abiertos
y en el rostro una sonrisa.
Ven a mi encuentro, decías,
y yo, confiada me acercaba
amorosamente cautiva.

Pasó algún tiempo… y ya en la adolescencia, cuando las emociones son tan intensas y sentimos el corazón en suspenso, sujeto al mismo tiempo a vaivenes y sentimientos diversos; todo ello pincelado tal vez de una luz algo irreal, donde todo vale y nada convence. Fue en aquellos años precisamente, cuando empecé a tomar conciencia de mi pueblo, a amarlo profundamente, a disfrutar de su romería. Me descubrí como un eslabón más de la cadena que unía voluntades, quería participar de aquel día grande que como comunidad vivía Tomelloso: Su Romería.

Sin embargo, fue unos años más tarde cuando, caminando hacía Pinilla con mis hijos de la mano, al mirar sus caritas llenas de emoción y curiosidad, algo nació dentro de mí; una fuerza nueva se abrió paso. Fue cuando realmente comprendí lo que se me había revelado. Ahora miraba a María de las Viñas con el mismo fervor; pero por fin comprendía su desvelo, su amor sublime: El amor de una madre…

Convoco el tiempo en mis manos
añorando abrazos de un pasado remoto.
Quedé enredada en aquellas sonrisas blancas
-vigilias en duermevela-
que encendían ventanas apagadas
en el silencio oscuro de la noche.
Añoro el eco de voces infantiles
que resonaban en el largo pasillo,
aquellas prisas de abrazos abiertos
con susurros en tardes de siesta
en un tiempo de luz aún presente.
Convoco el tiempo en mis manos…
Como olvidar vuestras caritas de luna,
aquellos abrazos de azúcar
en un calendario blanco de ausencias,
donde vuestros besos eran mi mundo
y me salvaron para siempre.

Porque ella conoce y comprende mejor que nadie el corazón de una madre, el amor más puro, la entrega más certera. A ella como madre espiritual, le pedimos amparo y refugio como creyentes, y a ella también bajo la advocación de María de las Viñas, Patrona de Tomelloso, desde cuyo Santuario observa nuestros campos, elevamos nuestra oración. La oración del pan de cada día, en tantas noches de miedo, de desvelos, de mirar al cielo ante el temor del granizo o del hielo.

Allá por el año 95, una sequía atroz asoló nuestros campos. La sed era un grito, y la lluvia se resistía obstinada a visitarnos. Los pantanos mermaron drásticamente. Secos manantiales y humedales. Todo era un clamor al agua. Aquel año nació este poema: “Plegaría a Nuestra Sra de las Viñas”

Te he mirado en silencio ¡Madre mía!
y al unísono dos sentimientos opuestos
embargaban mi corazón;
tu imagen un deleita
para mis ojos cautivos…
Y la palabra se anudaba
en mi garganta en forma de congoja.
Madre de pueblo labrador;
nuestros campos, algunos ya desiertos,
abrasados por el sol…
Tú sabes que somos de pocas palabras
sino manos encalladas y corazón.
Te he mirado en silencio,
emocionada ante tu belleza inmaculada,
blanca paloma, aurora en mi mañana;
hoy te pido desde el rincón del alma
que nuestras tierras resecas
sean bendecidas por el agua;
que no sea sólo el sudor del labrador
quien moje la tierra agotada,
que tus manos primorosas
esparzan la esperanza del mañana.
Te he mirado en silencio ¡Madre Mía!,
sobrecogida ante tu manto de nácar
como una chiquilla,
acunada en tus brazos amorosos
me he sentido amparada.
Perdona mi osadía, hoy te pido madre mía
que escuches mi plegaría, y esta tierra agrietada
con tanto tesón labrada
sea de sed saciada.

¡Te he mirado en silencio, Madre Mía!.

Necesita el hombre poner cara al misterio. Indagar continuamente muy adentro para airear los recovecos del ego. Dejarse de artilugios muchas veces inútiles, que le vacían las alforjas de esperanza para andar el camino. Hay que llenar ese abismo que se abre a nuestros pies en muchas ocasiones. De nada sirve ese bagaje puramente terrenal, aderezado con florituras. Nos paseamos heridos de muerte, con esa orfandad vieja que llevamos a cuestas al salir a la intemperie, incapaces por nosotros mismos de aplacar y consolar. Cuantas veces no oímos el grito de auxilio del que está al lado, pegado a nosotros, cogiéndonos distraídos, ocupados en llenar nuestra propia desolación; aplacando quizá nuestra ira, fruto de lo anterior; o sencillamente estamos buscando lejos lo que tenemos al lado. Porque no es nada el hombre si está solo. Nos dejamos deslumbrar por focos que maquillan la noche, que nos conducen por caminos equivocados. Habrá que dominar el timón en nuestro viaje, y poner la conciencia alerta en la brújula. Aún así surgirán mil preguntas sin respuesta en la eterna búsqueda.

El poeta Antonio Carvajal, nos habla de ese vacío en este poema: Una figura herida

Ya desde tiempos inmemoriales, el hombre necesitó de esa fe, de ese mirar hacia el infinito e indagar en las estrellas. Buscar quizá ese halo de luz que iluminase su propia oscuridad, algo a lo que aferrarse, alguna evidencia de esos enigmas que hoy nos siguen vetados. Por ello a veces, surge tímido el verbo ante heridas que no cicatrizan. Decía Blas de Otero: Nos queda la palabra. Y yo añado la fe, la palabra y la fe. La palabra ante la injusticia, ante el dolor, ante la codicia de unos cuantos. La fe, como asidero para orar y pedir fuerzas, que nos permitan afrontar con entereza las adversidades y tribulaciones de la vida. Cuántos hijos buscan confusos que les cambie la vida en un momento. Pero la fe es el milagro de cada día en su amanecer, el trabajo en la búsqueda interior del equilibrio, nadar en muchas ocasiones en mares de incertidumbre y dudas. La fe, bendita excusa si acaso, para derramar todo el amor que late en el pulso en compañía del peregrino, que nunca ha de sentirse solo, por largo que sea el sendero, por nuevo que sea el camino. “Oración de un peregrino”

¿Quién le quita el resplandor a la luna?
¿Quién impide que los rayos del sol
calienten los corazones?
¿Quién roba la paz interior
a un mundo ensombrecido?…
Madre de pueblo labrador.
Qué decirte… Yo, humilde peregrino,
parco en palabras, como tu pueblo, sencillo.
Yo, lleno de incertidumbres y miedos
en una sociedad que me aflige,
vengo en silencio a rogarte
ante tanta locura y desatino:
Madre; no permitas que nos perdamos
en un entorno de brumas y falacias
con brillos de oropel y escarcha,
donde todo tiene un precio
y hablar no cuesta nada.
No permitas que haya senderos de abrojos
con balas perdidas que matan,
ni manos en amenaza que golpean
a inocentes que callan.
No permitas que siga habiendo bocas
sin el pan de cada día,
ni jóvenes que se inyecten oscuridad.
Porque tú conoces, madre, los bocetos del ánima,
las letanías que con labios apretados escapan
para sembrar en cada surco,
en cada viñedo de tu bella estampa.
Madre de pueblo labrador,
una vez más he vuelto hacía ti mi mirada:
la sed de los campos hoy es de nuevo plegaría;
se teme a una tierra yerma y árida…
Pero ayúdanos a ayudarte,
no permitas que se nos vaya resecando el alma.
No nos dejes en la estacada.

El último domingo de Abril Tomelloso luce radiante, se celebra su Romería en honor a su Patrona: La Virgen de las Viñas. Todo discurre y confluye en el Santuario de Pinilla, donde Madre nos espera. Ese día nuestra pequeña ciudad, nuestro gran pueblo, abre de par en par los brazos, para acoger con inmensa alegría a quién le quiera acompañar. Es habitual ver los balcones de las casa engalanados con la imagen de nuestra Patrona. Las calles se llenan de romeros con blusas y pañuelos de yerbas, indumentaria de nuestros labradores de antaño, hombres y mujeres, que con tenacidad y esfuerzo hicieron de Tomelloso lo que es hoy.

Les invitamos pues a que vengan, estarán todas las puertas abiertas. Los tomelloseros se echaran a la calle, para ver desfilar las bandas de música, las reatas, las carrozas, los caballos… Para luego todos hermanados caminar al Santuario de Pinilla, donde María de las Viñas nos espera. Atalaya de luz. Bella estampa de un perfecto lienzo de verdes y ocres que cada primavera ella preside…

Cursamos pues invitación. Vengan en el medio de locomoción que puedan, menos en tren; como quieran.

¡VIVA LA VIRGEN DE LAS VIÑAS!

Madrid 12 de Abril de 2014 Mª Teresa Lozano López.

Nota de la autora: Los poemas Plegaría a Nuestra Sra de las Viñas, y Oración de un Peregrino, fueron premiados en el Certamen Literario “Tomillo y Espliego” del Periódico del Común de La Mancha, en los años 1995 y 2000 respectivamente.

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