Hay noches que se preparan para entregar premios y terminan contando mucho más sobre un pueblo. La de los Viñadores 2026 fue una de ellas. Tomelloso volvió a reconocerse este miércoles en las historias de quienes han trabajado durante años en el campo, bajo sus calles, detrás de un mostrador, abriendo oportunidades laborales o colocando la música en el centro de muchas vidas.
La XXIX edición de estos reconocimientos reunió en un mismo escenario a Emilio Poveda e Hijos, en el ámbito de la agricultura; la Asociación de Amigos de las Cuevas de Tomelloso, en cultura; Mercería Tere Pelayo, en el apartado económico y empresarial; La Valiosa, en el ámbito social; y María Elisa Blanco Cabezuelo, Marieli, nombrada Viñadora de Honor 2026.
La gala estuvo conducida por Marí Carmen Lomas, que llevó el acto con naturalidad, ritmo y cercanía, enlazando las distintas historias de los premiados con versos y referencias a autores tomelloseros y dando espacio tanto a la solemnidad de los reconocimientos como a esos pequeños momentos espontáneos que terminaron haciendo la noche más cercana.
La música tuvo también un papel protagonista. El tenor José Hernández, acompañado al piano por José María García y con la colaboración al violonchelo de Raúl Grande Lara, interpretó distintas piezas escogidas expresamente para los Viñadores. A lo largo de la noche sonaron «El sembrador», de la zarzuela La rosa del azafrán; «Qué bonito es querer», de Manuel Carrasco; una pieza de Hans Zimmer; música de la zarzuela Luisa Fernanda; «Nessun dorma», de Giacomo Puccini, y la última interpretación dedicada por Marieli a su compañera Virginia.
Pero antes de llegar a ese desenlace, la ceremonia fue recorriendo cinco formas distintas de entender el esfuerzo.
Emilio Poveda e Hijos, cuatro generaciones mirando al campo

El primer reconocimiento de la noche llevó a la agricultura hasta el escenario. Emilio Poveda e Hijos representa una explotación familiar vinculada durante más de 70 años a la ganadería de oveja manchega y que ha alcanzado ya su cuarta generación.
Su padrino fue José Ramón Ruiz Valentín, amigo de Emilio, que dibujó una semblanza muy personal del homenajeado. Recordó que decidió dejar los estudios, pese a que se le daban bien, para dedicarse por completo al negocio familiar y trabajar junto a su padre.
Su presentación estuvo marcada también por uno de los momentos más difíciles de esa trayectoria: la crisis de 2020. Ruiz Valentín recordó cómo Emilio se apartó durante un tiempo de su círculo de amigos para concentrarse en sacar adelante la explotación. Cuando regresó, explicó que ya tenía la situación controlada. Entretanto, había comenzado una transformación basada en tecnología, maquinaria y modernización de las instalaciones que terminaría convirtiéndose en una referencia para otros ganaderos.
El padrino incluso dejó uno de los chascarrillos de la noche al bromear con que Emilio «debería cobrar entrada» para enseñar lo que había conseguido montar.
Ya con el Viñador en sus manos, Emilio Poveda habló mucho menos de tecnología que de personas.
Reconoció que recibir un premio de su propio pueblo por el trabajo que realiza suponía para él algo difícil de superar. «Después de mi familia no hay nada más importante que mi familia», explicó antes de recordar que no es más feliz «en ningún sitio» que en Tomelloso.
Su intervención acabó convirtiéndose en un agradecimiento íntimo. Habló de su mujer y de su hija como «los pilares» de su vida, de sus sobrinos, de su madre —»la persona más valiente que he visto en mi vida»— y especialmente de su padre, a quien situó en el origen de todo.
«Fue quien hizo los cimientos de este sueño que vivo cada día», dijo emocionado, antes de expresar su deseo de que esté orgulloso de lo que la familia ha seguido construyendo.
Las cuevas y una vida dedicada a salvar la memoria de Tomelloso
La gala descendió después, simbólicamente, al subsuelo de la ciudad. El Viñador en el ámbito cultural fue para la Asociación de Amigos de las Cuevas de Tomelloso, cuyo trabajo ha permitido recuperar, conservar y mostrar una parte esencial del patrimonio local.
La presentación recordó que aquellas cuevas excavadas bajo las casas para elaborar y conservar vino forman parte de la propia historia económica y humana del municipio y que hoy reciben más de 4.800 visitas anuales.
La madrina fue Sonia García Soubriet, que centró buena parte de sus palabras en José María Díaz Navarro y en la capacidad que tuvo para mirar aquellas cuevas de una forma diferente cuando muchos las entendían ya como espacios antiguos, incómodos o condenados a desaparecer.
Recordó cómo comenzó a visitarlas a finales de los años 80 y cómo entendió que lo que se estaba perdiendo no era únicamente una arquitectura singular, sino también el recuerdo de generaciones enteras de terreras, picadores, tinajeros y trabajadores.
Sonia García subrayó su tenacidad para explicar una y otra vez esa historia, convencer a propietarios y divulgar el valor de las cuevas. También destacó el patrimonio humano que hay detrás de ellas: «el amor al trabajo, la tenacidad, el tesón, la valentía y la inteligencia» heredados de quienes trabajaron durante décadas en unas condiciones extremadamente duras.
José María Díaz Navarro recogió el galardón en nombre de la asociación y respondió con una intervención tan extensa como llena de recuerdos, datos y humor. A sus casi 90 años, comenzó hablando de algo mucho más sencillo que las cuevas: el cariño.
«Lo que agradecemos es que nos quiera la gente, porque nos da vida», dijo.
Después regresó a aquellas primeras visitas. Recordó cómo, tras dejar de hacer tinajas, caminaba por las calles y pasaba sobre lumbreras bajo las que él mismo había trabajado décadas antes. Hasta que un día pidió entrar.
Lo que encontró cambió su manera de mirar el subsuelo de Tomelloso.
«¿Cómo es posible que estemos destruyendo el patrimonio mayor y más importante que tenemos en Tomelloso?», se preguntó entonces.
A partir de ahí comenzó a recorrer la ciudad calle por calle, muchas veces en bicicleta. Según relató, llegó a bajar a casi 700 cuevas. De las aproximadamente 2.200 que calcula que llegaron a existir y en las que se elaboró vino, señaló que unas 1.500 han desaparecido y que actualmente quedarían unas 220 o 240 a las que todavía se puede descender.
También quiso rescatar del olvido la dureza del trabajo de las terreras y los picadores: picos de más de tres kilos, cargas enormes de tierra y jornadas de nueve o diez horas durante todo el año.
Su discurso terminó con la satisfacción de quien considera cumplido un propósito que comenzó hace décadas: evitar que las cuevas siguieran desapareciendo y conseguir que su historia fuera conocida dentro y fuera de Tomelloso.
Y antes de abandonar el escenario todavía tuvo tiempo para dejar otra de las bromas de la noche: aseguró que Tomelloso tiene «algo que no existe en ninguna otra parte del mundo», la que él llamó «la cueva del segundo Dios».
Tere Pelayo: una tienda que forma parte de la vida de Tomelloso

En el ámbito económico y empresarial, el Viñador recayó en Mercería Tere Pelayo, un comercio familiar abierto en 1984 y construido durante más de cuatro décadas alrededor de Teresa Pelayo, su hija Belén y las personas que han ido formando parte del negocio.
Su padrino fue Jesús Puerta Pelayo, hijo de Tere y hermano de Belén, que utilizó la literatura para explicar una idea sencilla: las tiendas también construyen la memoria de una ciudad.
Recordó que un negocio no nace pensando en pasar a la historia. Nace para ganarse la vida. En el caso de su madre, aquella decisión llegó en un momento especialmente complicado: una mujer recién separada, con tres hijos menores, decidió aprovechar la oportunidad que se le presentó y abrir una pequeña mercería.
Jesús destacó de ella la valentía, el conocimiento del oficio y una enorme capacidad de trabajo. Y de su hermana Belén, que se incorporó prácticamente desde el comienzo, aseguró que nació para el comercio.
Con el paso de los años, el establecimiento creció en tamaño, productos y formas de vender, hasta adaptarse también a las nuevas tecnologías. El padrino lo resumió con otro guiño que despertó sonrisas: Belén había creado «su propio Amazon tomellosero».
Sobre el escenario recogieron el reconocimiento Teresa Pelayo, Belén Puerta Pelayo y Alicia Cantón.
Tere habló sin papeles. «Lo que no me acuerde, pues es que no lo tenía que decir», avisó antes de comenzar.
Recordó el miedo de los primeros meses, los viajes para comprar género, la ayuda de su familia y una anécdota que todavía conservan en casa: una compra de bisutería que ella daba prácticamente por perdida y que acabó vendiéndose hasta el punto de tener que reponerla.
Después llegaron las pequeñas historias de mostrador acumuladas durante más de 40 años. Como aquella clienta que pidió «bacon agresivo» cuando en realidad buscaba velcro adhesivo, otra que necesitaba hilo «rosa furcia» o aquella mujer que, preguntada por la talla de los aros de un sujetador, respondió simplemente que los quería «así como para asa de un cubo».
Belén tomó después la palabra y puso orden, como ella misma bromeó, a la historia familiar.
Contó que su vocación apareció cuando apenas era una niña. Le gustaba tanto estar detrás de un mostrador que, cuando su madre la enviaba a hacer algún recado a una tienda, dejaba que otros clientes se colaran para poder quedarse más tiempo viendo cómo se despachaba.
«Esta es mi vocación y he cumplido mi sueño de tener una tienda», afirmó.
También recordó la importancia de Alicia, después de tres décadas trabajando juntas, y de su hermana Teresa Mari, a quien definió como una mezcla «entre hormiga y hada madrina» por aparecer siempre que la tienda la necesita.
Y quiso repartir simbólicamente el premio. Primero entre sus clientas y después entre todos los comerciantes de Tomelloso que cada mañana levantan la persiana en un momento en el que, reconoció, «se está poniendo esto un poquito duro».
Su despedida fue sencilla: «Eternamente agradecida, Tomelloso».
La Valiosa, cuando una oportunidad deja de ser teoría

El Viñador en el ámbito social fue para La Valiosa, el proyecto nacido en 2021 de la colaboración entre AFAS y Panaderos Artesanos Jesús Sánchez y desarrollado a través de una food truck de cafetería y panadería atendida por personas con discapacidad.
Su padrino, Jesús Sánchez, recordó cómo comenzó todo después de la pandemia, cuando AFAS buscaba nuevas alternativas de formación y empleo y uno de sus principales talleres había perdido utilidad.
Una llamada puso en marcha el proyecto.
La idea inicial era crear una cafetería dentro de las propias instalaciones de AFAS, pero terminó cambiando por una razón fundamental: había que salir fuera.
La solución fue la food truck, un formato que permitía estar a pie de calle y demostrar que sus trabajadores podían competir en condiciones reales.
Sánchez insistió especialmente en una premisa que acompañó al proyecto desde el comienzo: aquello tenía que funcionar «no por caridad, sino por calidad de sus productos y calidad de su servicio».
Desde su puesta en marcha, el 15 de octubre de 2021, La Valiosa ha ido creciendo hasta despertar interés más allá de Tomelloso. Su padrino expresó incluso el deseo de que esta experiencia pueda ser la primera de otras muchas iniciativas similares.
El reconocimiento fue recogido por Juani Alcañiz Burillo, Ángel Nicolás Carretero y Andrea Martínez Puig.
Su discurso llevó la inclusión a la experiencia cotidiana.
«Nuestro mayor orgullo es que ustedes vuelvan cada día, porque cuando alguien vuelve significa que confía en nosotros», conto Juani.
Hablaron de ponerse el uniforme cada mañana, atender clientes, servir cafés, preparar productos, aprender y asumir responsabilidades como cualquier otro trabajador. También de la transformación que supone comprobar que aquello que parecía difícil acaba siendo posible.
«Cuando un cliente me dice ‘hasta mañana’, sé que quiere volver y eso me hace sentir importante porque significa que ha confiado en mí y cuando alguien confía en ti, tú también confías», relató Juani.
La Valiosa, explicaron, ha terminado siendo mucho más que una cafetería y panadería sobre ruedas. Es un espacio en el que los nervios iniciales se convierten en seguridad, autonomía y responsabilidad.
Porque, resumieron, «la inclusión no consiste únicamente en abrir una puerta. La verdadera inclusión consiste en que esa puerta permanezca abierta».
Marieli y una sorpresa que rompió cualquier guion

El último reconocimiento de la noche era también el más esperado. El título de Viñadora de Honor 2026 recayó en María Elisa Blanco Cabezuelo, Marieli, directora del Conservatorio Municipal de Música de Tomelloso «Luis Osuna Migallón» y responsable durante décadas de la Coral del Conservatorio.
Su trayectoria profesional está unida a la enseñanza, al piano, a la dirección coral y a innumerables proyectos musicales desarrollados dentro y fuera de Tomelloso.
Sin embargo, antes incluso de escuchar las palabras de su padrino, ocurrió algo que Marieli no tenía previsto.
Había pedido discreción. Quería que todo transcurriera con sencillez. La coral decidió no hacerle demasiado caso.
De pronto comenzaron a subir al escenario integrantes de distintas etapas de la agrupación, personas que habían formado parte de esos 31 años de historia coral. La sorpresa creció hasta convertirse en uno de los momentos más emocionantes de la gala.
Juntos interpretaron «Cantares» y «Añoranza».
Marieli apenas podía asumir lo que estaba ocurriendo.

«Yo no me esperaba para nada» aquella sorpresa, reconocería poco después. «Esto es mi vida», dijo mirando a quienes habían compartido con ella años de ensayos, viajes, conciertos y escenarios.
El padrino de la Viñadora de Honor fue el alcalde de Tomelloso, Javier Navarro Muelas.
El alcalde presentó a Marieli como una de las figuras fundamentales para entender la vida musical reciente de la ciudad y destacó su trabajo como pianista, profesora, directora del Conservatorio y responsable de la coral.
«Hablar de Marieli es hablar de toda una vida dedicada en cuerpo y alma a las notas musicales, a la enseñanza, a la interpretación y a la difusión cultural de nuestro querido Tomelloso», señaló.
También destacó su capacidad para formar a varias generaciones, no únicamente enseñando a leer partituras, sino transmitiendo una forma de sentir la música.
Cuando por fin tomó la palabra, Marieli tenía delante, según confesó, 16 hojas.
«Se me da mal hablar, pero cuando me pongo…», bromeó.
Y se puso.
Su intervención fue un recorrido completo por una vida dedicada a la música y, sobre todo, por las personas con las que la ha compartido.
Comenzó recordando el momento en el que el alcalde la llamó a Alcaldía para pedirle «un favor personal». Pensó que tendría que tocar en algún acto o hablar sobre el Conservatorio. La respuesta fue otra.
«No es posible que prepares la música para esta edición de los viñadores porque serás la Viñadora de Honor 2026».
Marieli describió aquellos segundos como un momento en el que desapareció todo el ruido y únicamente escuchaba su propio corazón.
Después vinieron las dudas. Reconoció que durante días sentía que no había hecho suficiente para recibir un reconocimiento de esa dimensión. Incluso respondía a las felicitaciones por whatsapp con emoticonos tapándose la cara.
Hasta que decidió aparcar esa sensación.
«Cuando llegara este día dejaría encerrada esa sombra oscura e impostora que me ronda continuamente para poder disfrutar de este momento al máximo», explicó.
Desde ahí comenzó a repartir, casi literalmente, las «uvitas» del galardón.
Recordó a su abuelo Teófilo y aquel pequeño piano de colores con el que empezó a sacar melodías de la televisión cuando tenía cinco o seis años. Después apareció su maestra María Isabel González Villena, a la que señaló como la persona que la ayudó a descubrir su vocación.
Llegó después el Conservatorio, su «segunda casa, o casi podría decir que la primera», y una vida como profesora de piano y lenguaje musical.
«El músico no para de estudiar en ningún momento», recordó al explicar las horas de preparación, ensayo y trabajo que hay detrás de cada concierto y cada clase.
Y apareció, inevitablemente, la Coral del Conservatorio de Tomelloso.
Marieli repasó sus 31 años de historia, desde aquel primer grupo de alumnos hasta concursos, encuentros, intercambios, viajes y grandes actuaciones. De todo ese recorrido eligió un recuerdo: julio de 2001, cuando la coral fue reconocida en Torrevieja como agrupación revelación y consiguió el Premio Nacional Ciudad de Torrevieja.
Recordó también su etapa vinculada a la zarzuela en La Solana y quiso compartir el reconocimiento con asociaciones, hermandades, músicos, compañeros y entidades con las que ha colaborado durante todos estos años.
Y llegó el Conservatorio.
Marieli reivindicó la historia de un centro que comenzó como escuela de música en el curso 1982-1983 y que actualmente cuenta, según detalló, con 19 profesores y 14 especialidades, además de música y movimiento, lenguaje musical y coro.
También expresó sus deseos de futuro: más espacios, más jornadas completas para profesores, nuevas plazas y alcanzar algún día el conservatorio profesional que evite que los alumnos tengan que desplazarse a otros municipios.
Su discurso todavía guardaba un último momento.
Marieli quiso dedicar sus palabras finales a Virginia, compañera fallecida recientemente, y a su familia. La emoción volvió a apoderarse del escenario mientras recordaba que su «sonrisa, humanidad y luz» continúan presentes cada vez que la coral vuelve a encontrarse.
La última canción fue para ella.
«La música es medicina para el alma y la necesitamos en cada minuto de nuestra vida», cerró Marieli.
Una noche que terminó como manda la tradición

Antes del cierre, Marí Carmen Lomas agradeció el trabajo de quienes habían participado en la ceremonia y volvió a reconocer a José Hernández, José María García y Raúl Grande Lara por haber puesto música a una gala en la que cada interpretación acompañó las distintas historias de los Viñadores.
El alcalde Javier Navarro cerró el acto con un discurso de agradecimiento y una reflexión alrededor de la propia figura del viñador, entendida no únicamente como oficio agrícola, sino como una forma de explicar el carácter de Tomelloso.
«Ser viñador es una actitud ante la vida», señaló.
Navarro volvió a dedicar unas palabras a cada uno de los premiados. De la Asociación de Amigos de las Cuevas destacó la conservación de una memoria construida bajo tierra; de La Valiosa, su capacidad para crear oportunidades reales; de Tere Pelayo, la resistencia y cercanía del pequeño comercio; y de Emilio Poveda e Hijos, la continuidad generacional de una ganadería capaz de modernizarse sin romper con sus raíces.
También renovó su felicitación a Marieli y a una trayectoria ligada a la educación musical y a la vida cultural de la ciudad.
«Queridos galardonados, la distinción de Viñador es el mayor honor que esta ciudad puede otorgar, porque nace del propio reconocimiento de vuestros convecinos», concluyó.
Y entonces llegó el último gesto:
El público se puso en pie, comenzaron a sonar las primeras notas y, como cada año, los Viñadores terminaron de la única manera en que podía terminar una noche dedicada a las raíces de Tomelloso: cantando juntos el Himno de Tomelloso.




















































