Hay ferias que se recuerdan por un concierto, por una noche especialmente concurrida o por aquello que ocurrió cuando nadie lo esperaba. Y hay otras que, cuando empiezan a quedarse atrás, terminan teniendo nombres y apellidos.
La Feria de Tomelloso de 2026 ha tenido muchos protagonistas, pero algunos han conseguido algo especialmente difícil: contar el pueblo desde su propia vida.
Félix Godoy lo hizo regresando al niño que ahorraba para poder disfrutar de la Feria. Fausti Moreno y José Luis Bódalo demostraron hasta qué punto puede resultar engañosa la palabra «ausente». Emilio Poveda habló de familia cuando podía haber hablado de tecnología. José María Díaz Navarro volvió a bajar a las cuevas que lleva décadas defendiendo. Tere Pelayo y Belén Puerta llevaron al escenario más de 40 años de historias detrás de un mostrador. Juani Alcañiz, Ángel Nicolás y Andrea Martínez pusieron rostro a La Valiosa y a una manera muy concreta de entender la inclusión. Marieli Blanco quedó rodeada por buena parte de su propia vida cuando apareció inesperadamente su coral.
Y Dionisio Cañas terminó mirando otra vez hacia el horizonte.
Distintos entre sí, todos acabaron hablando de algo parecido.
De Tomelloso.
Félix Godoy y aquel niño que vendía polos para ir a la Feria

Félix Godoy tenía una misión complicada como pregonero: hablar de una Feria que prácticamente todos los que estaban escuchándole creían conocer.
Y encontró la manera de hacerlo regresando a casa.
A las fachadas que se preparaban cuando llegaba agosto, a los vestidos nuevos y a aquellas huchas que aparecían en Reyes o en los cumpleaños acompañadas de una recomendación que muchos reconocerán: había que ahorrar para la Feria.
Félix decidió buscar una fórmula para aumentar aquellos ahorros. Fabricaba polos con las bandejas de hielo de la nevera y gaseosa de fresa o cola «La Pitusa». Su tía Juana terminó definiéndolo con una frase sencilla: «¡Ay, qué inventor eres!».
Detrás de aquel pequeño negocio infantil aparecía toda una Feria de otro tiempo: los turroneros anunciándose por las calles, la tómbola del Tío del Mono, los carruseles, las manzanas de caramelo, las tascas, las pandillas y aquellas escapadas que convertían agosto en algo diferente al resto del año.
Entre todos esos recuerdos había también uno que explicaba al Félix Godoy de hoy. Mientras los amigos esperaban en los bancos del jardinillo, junto al Casino de San Fernando, él aprovechaba para entrar en la iglesia y ver a la Virgen de las Viñas.
Muchos años después, ya como mayordomo, volvió a pasar la noche de la pólvora junto a ella.
Su pregón funcionó precisamente porque aquella Feria no estaba reconstruida desde un archivo. Era la que todavía llevaba dentro.
Fausti Moreno: volver para «tomellosear»

Si hubo una palabra capaz de explicar lo que significa regresar a casa, Fausti Moreno encontró una que difícilmente necesita traducción en Tomelloso: «tomellosear».
Fausti Moreno Perona recibió este año el reconocimiento de Tomellosera Ausente junto a José Luis Bódalo Rodríguez. Dos historias completamente distintas que terminaron coincidiendo en algo esencial: marcharse no siempre significa irse del todo.
En el caso de Fausti, su traslado a Madrid llegó hace seis años por la enfermedad de su marido, Pablo, que posteriormente falleció. Volver a Tomelloso significa desde entonces reencontrarse también con una vida compartida que continúa apareciendo en lugares, personas y recuerdos.
Y buena parte de esos recuerdos tienen música.
Durante años, La Lira fue mucho más que una tienda. Por allí pasaban músicos buscando una partitura, unas cuerdas, un atril o cualquier solución de última hora. Fausti llegó a definirse como «la vecina de la sal» del auditorio: aquella puerta a la que se llamaba cuando faltaba algo.
Una de las mejores historias ocurrió en plena Semana Santa.
A las tres y media de la madrugada llamaron a su casa porque a un penitente se le habían roto las baquetas del tambor durante la Procesión del Silencio.
Fausti abrió la tienda.
Y la procesión pudo continuar.
La música estuvo también en Promúsica y en esa voluntad de traer intérpretes a Tomelloso y conseguir que se sintieran suficientemente queridos como para querer regresar.
Hasta su forma física terminó encontrando una explicación musical. Cuando ya estaba en Madrid, una monitora de gimnasia se sorprendió por su musculatura.
Fausti encontró rápidamente una explicación: «será de tanto acarrear pianos».
José Luis Bódalo: unas gachas a miles de kilómetros de casa

La vida profesional de José Luis Bódalo Rodríguez permitiría contar prácticamente una vuelta al mundo.
Durante 45 años ha trabajado y vivido en más de 60 países. Ha conocido conflictos, catástrofes naturales y destinos alejados de las calles de Tomelloso donde jugaba hasta el anochecer o de sus años en el colegio de los Padres Carmelitas.
Pero había una respuesta que permanecía intacta estuviera donde estuviera.
Cuando le preguntaban de dónde era, decía: «Soy de Tomelloso».
Su amigo Miguel Ángel Moraleda dejó durante el acto una imagen especialmente reveladora. En el equipaje de Bódalo podían encontrarse dos cosas poco habituales para alguien acostumbrado a recorrer medio mundo: harina para preparar gachas y una botella de vino de Tomelloso.
Las gachas acabaron funcionando casi como una presentación de su pueblo.
Bódalo las preparaba en distintos países para personas que probablemente nunca habían escuchado hablar de Tomelloso. Alrededor de aquella sartén llegaban después las preguntas y las conversaciones.
También su compromiso profesional quedó resumido en Haití. Tras el terremoto de 2010 tuvo la posibilidad de regresar a España, pero decidió permanecer allí hasta terminar su misión.
Su trayectoria puede medirse en países y responsabilidades. Él la explicó de una manera mucho más sencilla: se puede llegar muy lejos sin olvidar de dónde se viene.
Y hay pocas imágenes más gráficas que unas gachas cocinándose a miles de kilómetros de casa.

Emilio Poveda: cuatro generaciones y un sueño que empezó antes que él
Emilio Poveda subió al escenario como representante de Ganadería Emilio Poveda e Hijos, una explotación familiar con más de 70 años de historia y cuatro generaciones vinculadas a la oveja manchega.
Su historia podía haberse contado desde la modernización de las instalaciones, la maquinaria o la incorporación de tecnología. De hecho, la explotación se ha convertido en referencia precisamente por esa capacidad para avanzar sin abandonar su origen.
Pero cuando Emilio tuvo el Viñador en las manos habló mucho menos de máquinas que de personas.
Su amigo y padrino, José Ramón Ruiz Valentín, recordó que Emilio decidió dejar los estudios —aunque se le daban bien— para incorporarse al negocio familiar junto a su padre. También habló de uno de los momentos más complicados, la crisis de 2020, cuando se alejó durante un tiempo incluso de sus amigos para concentrarse completamente en sacar adelante la explotación.
Cuando volvió, explicó que la situación estaba controlada.
Por el camino había comenzado una transformación profunda del negocio.
Emilio, sin embargo, utilizó su intervención para mirar hacia su familia. Habló de su mujer y su hija como los pilares de su vida, recordó a sus sobrinos y definió a su madre como «la persona más valiente que he visto en mi vida».
Y terminó mirando hacia su padre.
«Fue quien hizo los cimientos de este sueño que vivo cada día», dijo.
Aquella frase explicaba mejor que cualquier dato las cuatro generaciones de Ganadería Emilio Poveda e Hijos.
José María Díaz Navarro: cientos de cuevas para que Tomelloso no olvide lo que tiene debajo
Después del campo, los Viñadores bajaron simbólicamente al subsuelo.
El reconocimiento cultural fue para la Asociación de Amigos de las Cuevas de Tomelloso, pero buena parte de la historia de aquella noche tuvo el nombre de José María Díaz Navarro.
Sonia García Soubriet recordó cómo comenzó a visitar las cuevas a finales de los años 80, cuando muchos de aquellos espacios eran vistos como lugares viejos, incómodos o destinados a desaparecer.
José María entendió que allí abajo se estaba perdiendo algo mucho mayor.
No eran únicamente cuevas. Era la memoria de terreras, picadores, tinajeros y de generaciones enteras que habían trabajado bajo las casas para hacer posible buena parte del desarrollo económico de Tomelloso.
Llegó a recorrer las calles en bicicleta y a entrar en centenares de cuevas, hablando con propietarios, documentándolas e intentando convencer de la necesidad de conservarlas.
Ese trabajo permitió que lo cotidiano comenzara a mirarse como patrimonio.
A sus casi 90 años, José María dejó además una frase mucho más sencilla que cualquier balance sobre el trabajo realizado.
Que la gente les quiera, explicó, «nos da vida».
Tere Pelayo y Belén Puerta: una vida detrás del mostrador
Hay lugares de una ciudad que terminan convirtiéndose en puntos de referencia sin necesidad de aparecer en ningún mapa.
Mercería Tere Pelayo es uno de ellos.
Teresa Pelayo abrió la tienda en 1984 en un momento especialmente complicado de su vida. Recién separada y con tres hijos menores, decidió aprovechar una oportunidad y levantar un negocio que más de cuatro décadas después continúa formando parte del comercio de Tomelloso.
Su hija Belén Puerta Pelayo prácticamente creció allí.
Jesús Puerta Pelayo —hijo de Tere y hermano de Belén— fue el encargado de presentar una historia familiar en la que el comercio aparece como algo mucho más amplio que vender productos.
Sobre el escenario, Tere decidió hablar sin papeles.
«Lo que no me acuerde, pues es que no lo tenía que decir», avisó.
Después aparecieron los viajes para comprar género, el miedo de los primeros meses, la ayuda de la familia y, sobre todo, más de 40 años de conversaciones con clientes.
Algunas sobrevivieron por puro derecho propio.
Como aquella persona que buscaba «bacon agresivo» cuando en realidad necesitaba velcro adhesivo.
O la que pidió hilo «rosa furcia».
Belén, por su parte, recordó que su vocación por el comercio apareció siendo todavía una niña. Cuando su madre la mandaba a hacer algún recado, dejaba pasar delante a otros clientes para tener una excusa y permanecer más tiempo observando cómo atendían detrás del mostrador.
«Esta es mi vocación y he cumplido mi sueño de tener una tienda», dijo durante la gala.
Junto a Tere y Belén también subió a recoger el reconocimiento Alicia Cantón, después de décadas compartiendo trabajo con ellas. Belén recordó igualmente a su hermana Teresa Mari, a quien definió como una mezcla «entre hormiga y hada madrina» porque siempre aparece cuando la tienda la necesita.
Aquella noche, Tere y Belén acabaron repartiendo el Viñador simbólicamente con quienes han dado sentido a la tienda todos estos años: sus clientas y el pequeño comercio de Tomelloso.
Belén terminó con dos palabras.
«Eternamente agradecida, Tomelloso».
Juani Alcañiz, Ángel Nicolás y Andrea Martínez: cuando un «hasta mañana» significa mucho más
La Valiosa recibió el Viñador en el ámbito social, pero el reconocimiento tuvo tres nombres sobre el escenario: Juani Alcañiz Burillo, Ángel Nicolás Carretero y Andrea Martínez Puig.
El proyecto nació en 2021 de la colaboración entre AFAS y Panaderos Artesanos Jesús Sánchez. La primera idea era crear una cafetería dentro de las propias instalaciones de AFAS, pero pronto surgió una pregunta decisiva: si se quería hablar verdaderamente de inclusión, había que salir a la calle.
Así apareció la food truck.
La intención era demostrar que las personas que trabajaban allí podían competir en condiciones reales y que el proyecto debía funcionar por algo tan sencillo como exigente: «no por caridad, sino por calidad de sus productos y calidad de su servicio», recordó Jesús Sánchez.
Juani llevó esa idea a la vida diaria.
Ponerse el uniforme, servir un café, atender a un cliente, aprender, asumir responsabilidades y comprobar que alguien vuelve al día siguiente.
«Nuestro mayor orgullo es que ustedes vuelvan cada día, porque cuando alguien vuelve significa que confía en nosotros», contó.
Y convirtió una despedida tan habitual como «hasta mañana» en una de las frases más bonitas de aquella gala.
«Cuando un cliente me dice ‘hasta mañana’, sé que quiere volver y eso me hace sentir importante porque significa que ha confiado en mí y cuando alguien confía en ti, tú también confías».
Junto a ella estaban Ángel Nicolás y Andrea Martínez, formando parte de una historia que ha conseguido hacer algo fundamental: que la inclusión deje de ser una palabra y se convierta en trabajo, responsabilidad y vida cotidiana.
«La inclusión no consiste únicamente en abrir una puerta. La verdadera inclusión consiste en que esa puerta permanezca abierta», resumieron.
Marieli Blanco: «Esto es mi vida»
María Elisa Blanco Cabezuelo, Marieli, había pedido discreción para recibir el reconocimiento de Viñadora de Honor.
La Coral del Conservatorio decidió no hacerle demasiado caso.
De pronto comenzaron a subir al escenario integrantes de distintas etapas de una agrupación con 31 años de historia. Personas que habían compartido con ella ensayos, viajes, conciertos y buena parte de una vida dedicada a la música.
Marieli miraba alrededor intentando asumir lo que estaba ocurriendo.
«Esto es mi vida», dijo.
Y probablemente no había mejor forma de resumirlo.
Su relación con la música había empezado muchísimo antes, siendo apenas una niña y tratando de reproducir en un pequeño piano de colores las melodías que escuchaba en televisión.
Después llegaron el piano, la docencia, el Conservatorio Municipal de Música «Luis Osuna Migallón», la dirección coral y varias generaciones de alumnos.
Cuando recibió la llamada del alcalde pensó que querían pedirle que tocara en algún acto o hablar de alguna cuestión relacionada con el Conservatorio. La respuesta fue completamente distinta: aquel año no podría preparar la música de los Viñadores porque ella sería la Viñadora de Honor.
Durante días llegó incluso a preguntarse si había hecho suficiente para merecer aquel reconocimiento.
La respuesta no la dio ningún discurso.
La dio aquel escenario lleno de personas que habían cantado con ella.
La noche guardaba todavía otro momento especialmente íntimo. Marieli dedicó la última canción a Virginia, su compañera recientemente fallecida.
Y dejó también una frase que, viniendo de alguien que ha dedicado prácticamente toda su vida a enseñarla, adquiere otro significado.
La música es «medicina para el alma».
Dionisio Cañas y el horizonte al amanecer

Y cuando la Feria prácticamente había recorrido ya todos sus caminos, Dionisio Cañas volvió a la Fiesta de las Letras.
Casi cuatro décadas después de haber sido mantenedor en 1987, regresó para ocupar el mismo papel en una edición especialmente simbólica: la número 75.
Momentos antes lo resumía con una pregunta cargada de su habitual sentido del humor: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?».
Entre aquel Dionisio de 1987 y el de 2026 han ocurrido muchas cosas.
Nueva York. Los libros. La poesía. La docencia. Los amigos. Las personas que se fueron quedando por el camino. Y siempre, de una forma u otra, La Mancha.
Para preparar su intervención escribió, corrigió, cronometró y volvió sobre sus palabras muchas veces. Pero una de las imágenes más poderosas apareció antes incluso de entrar en el Teatro Marcelo Grande.
Dionisio contó que pasa el verano viviendo en un bombo. Se levanta temprano y observa el cielo sobre las viñas antes de que salga completamente el sol.
A ese momento lo llamó «entreluz».
Desde allí construyó una intervención que habló de literatura, tecnología, inteligencia artificial, generaciones analógicas y digitales, amor, odio y de la necesidad de una nueva biblioteca para Tomelloso.
También apareció el profesor que durante años enseñó en Nueva York.
Recordó a un alumno que no conseguía comprender cómo en español utilizamos el mismo verbo, «querer», para pedir unas chuletas y para decirle a una persona que la amamos.
Pero Dionisio acabó regresando nuevamente al lugar.
En 1987 había confesado estar enamorado de Tomelloso.
Casi 40 años después amplió aquel territorio.
«Estoy enamorado de La Mancha».
Quizá ahí esté también una manera de recordar la Feria de Tomelloso de 2026.
En Félix Godoy fabricando polos para conseguir unas monedas. En Fausti Moreno regresando porque necesita «tomellosear». En José Luis Bódalo haciendo gachas al otro lado del mundo. En Emilio Poveda hablando de los cimientos que puso su padre. En José María Díaz recorriendo cuevas para impedir que desapareciera la memoria de quienes trabajaron en ellas.
En Tere Pelayo y Belén Puerta acumulando historias detrás de un mostrador. En Alicia Cantón compartiendo décadas de trabajo junto a ellas. En Juani Alcañiz encontrando todo el significado posible a un simple «hasta mañana», junto a Ángel Nicolás y Andrea Martínez. En Marieli Blanco rodeada inesperadamente por las voces de su coral.
Y en Dionisio Cañas saliendo de un bombo al amanecer para volver a mirar el horizonte.
Son algunos de los nombres propios de esta Feria.
Y, juntos, también cuentan una parte de Tomelloso.



