Hay aficiones que llegan casi por casualidad y terminan ocupando un lugar importante en la vida. A Carlos Ramón López le ocurrió con la cerveza artesana. Fue en 2014, durante una cata, cuando descubrió un mundo que hasta entonces apenas conocía y que hoy define como un «amor incondicional».
Once años después, una nave de Tomelloso se ha convertido en el lugar desde el que elabora sus propias cervezas, experimenta con ingredientes y recibe a quienes quieren conocer más de cerca una bebida de la que todavía, asegura, queda mucho por descubrir.
«Descubrí que había un mundo infinito en la cerveza artesana», recuerda López. Su curiosidad por la cocina terminó llevándole a investigar de forma autodidacta y, posteriormente, a incorporarse a la Asociación de Cerveceros Caseros Españoles.
Allí comenzó a intercambiar experiencias con otros aficionados y a ampliar poco a poco su equipo. Desde 2016 comparte además esta pasión con otros integrantes del Mancha Beer Team, un grupo en el que intercambian conocimientos sobre levaduras, lúpulos, maltas y procesos de elaboración.
De Tomelloso a los concursos nacionales
La evolución también terminó llevándole a competir. En 2018 comenzó a enviar algunas de sus cervezas a concursos nacionales, una experiencia que utilizó especialmente para aprender y mejorar.
El primer reconocimiento llegó en 2020 con una cerveza DoppelBock de estilo alemán. Después conseguiría otro galardón en una IPA Day. Tras el parón provocado por la pandemia, retomó la elaboración en 2023 y en 2024 consiguió un nuevo segundo premio.
«Soy demasiado meticuloso a la hora de elaborar, tengo mis pautas de elaboración y sigo con la vieja escuela», reconoce.
Su forma de entender esta afición pasa por cuidar cada parte del proceso y seguir probando posibilidades dentro de un terreno que considera prácticamente inagotable.
Un viaje cervecero alrededor del mundo
La nave también se ha convertido en un espacio para compartir lo aprendido. López organiza catas especializadas en las que propone un recorrido por cervezas de República Checa, Bélgica, Alemania, Estados Unidos y Reino Unido, combinadas con diferentes platos.
El viaje comienza con una cerveza llegada desde Budvar, «ligera, muy fina, de espuma blanca cremosa y carbonatación baja», acompañada de cecina y quesos como Idiazábal o San Simón.
Después llega una Belgian Blanc de 6,4 grados junto a camembert o gorgonzola, antes de pasar a una Weissbier alemana servida con salchicha Bratwurst.
La cuarta propuesta es una American IPA. En este punto, el acompañamiento gana intensidad con una carne cocinada a baja temperatura en cerveza negra desde la noche anterior y servida durante la propia cata.
El recorrido termina en Inglaterra con una Smith Imperial, «cerveza negra, muy densa, de diez grados», acompañada de brownie de chocolate.
«La gente se va con una idea totalmente diferente de lo que es la cerveza», resume López.
Pese al nivel alcanzado y a los reconocimientos obtenidos, no tiene intención de convertir esta afición en una producción destinada a la venta. Su propósito sigue siendo compartirla con amigos y visitantes, mientras piensa ya en nuevos eventos en los que unir cerveza y gastronomía.
Tampoco plantea la cerveza artesana como una batalla contra la industrial. Defiende, eso sí, las posibilidades que ofrece una elaboración más cuidada: «Una de las ventajas de la cerveza artesana es que aporta matices y sabores mejores que una industrial. Más maltosidad, mejor sabor, otros perfiles».



