«Naranja», una banda madrileña de power pop, lo dijo ya en 2020 en una canción llamada Indies Tristes: «Estoy harto de indies tristes, camisas de flores, barbas grises. Tipos de 40 con alma de millennial.» Entonces sonaba a broma. Hoy suena a diagnóstico.
Hay un momento en la vida de todo festival en que deja de ser un festival de música para convertirse en una marca. Cuando eso ocurre, el cartel deja de ser una declaración de principios y se convierte en un producto. Y un producto tiene que vender. Y para vender no puedes arriesgar demasiado.
El indie español lleva años mordiéndose la cola. Una escena que nació precisamente como reacción al mainstream —como espacio para lo que no cabía en las radios fórmula, para lo que no encajaba en los tops, para lo que tenía algo que decir sin pedir permiso— ha acabado construyendo su propio mainstream. Con sus propias listas de éxitos. Sus propios festivales de referencia. Sus propios nombres que rotan de cartel en cartel de mayo a septiembre como si el mundo no tuviera más músicos. Y sus propios fans que consumen ese indie como antes se consumía el pop de toda la vida: sin cuestionarlo, sin buscar más allá, con la tranquilidad de saber exactamente lo que te vas a encontrar.
"Un cartel que no decepciona a nadie tampoco sorprende a nadie. Y un festival que no sorprende ya no es un festival: es un parque temático."
No tengo nada en contra de los grupos que llenan esos carteles. Muchos de ellos hacen buena música y se lo han ganado a pulso. El problema no son ellos. El problema es el sistema que los recicla indefinidamente, que convierte la escena alternativa en un circuito cerrado donde siempre ganan los mismos y donde un grupo nuevo tiene que parecerse mucho a los que ya están para que alguien le abra una puerta.

Mientras tanto, ahí fuera, hay una escena que hierve. Hay un dúo murciano llamado RATA que hace el rock más honesto y más directo que he escuchado en años, que habla de su barrio y de su generación sin concesiones y sin red de seguridad.
Hay una banda de Talavera, Emilia Pardo y Bazán, que escribe estrofas que te clavan algo sin que sepas exactamente cómo. Hay un trío costarricense, Las Robertas, que lleva quince años construyendo un universo de shoegaze y psicodelia desde San José sin que casi nadie en este país haya reparado en ellas.
Hay un grupo gallego, Triángulo de Amor Bizarro, que en su décimo disco sigue siendo más incómodo e interesante que la mayoría de bandas que arrasan en festivales. Y hay decenas de grupos más, en salas pequeñas, en escenarios secundarios, en festivales que no salen en los suplementos culturales de los periódicos nacionales, haciendo exactamente lo que el indie decía que iba a hacer cuando empezó: música con criterio, con riesgo y con algo que decir.
El talento no muere. La creatividad no muere. Lo que a veces muere es la voluntad de buscarlo más allá de donde ya sabes que está.
La próxima vez que vayas a un festival y el cartel te resulte familiar, pregúntate si es porque has tenido suerte o porque alguien ha decidido por ti lo que mereces escuchar. Y luego busca un poco más. Que ahí fuera hay mucha música esperando a que alguien se moleste en encontrarla.



