Ezequiel era una persona amable, contenido y algo tímido, de cuerpo pequeño (igual que su maestro Antonio López Torres), y maneras elegantes. Detrás de ese Ezequiel que todos conocíamos había un hombre apasionado por el dibujo y la pintura desde niño. Despertó su talento creativo en la niñez, compartiendo momentos con el maestro López Torres, que fue su influencia artística clave. Desde entonces este creador inconformista no dejó de evolucionar hacia una obra de calidad en la que la luz y el color eran las señas de identidad.

Predominan en su obra los retratos y los paisajes de La Mancha, si bien destacan creativas composiciones de figuras humanas en representación de ideas. Mención a este respecto son los lienzos de grandes dimensiones para la parroquia de La Asunción de Miguelturra (Ciudad Real), unos “lunetos” para unas bóvedas de esa iglesia. También pintó unos frescos en el santuario de la Virgen de las Viñas de su Tomelloso natal.

A pesar de los momentos pasadas junto al maestro López Torres, Ezquiel fue un autodidacta profundo, totalmente hecho a sí mismo, algo muy típico de las gentes de esta parte de La Mancha. Era un excelente dibujante, y evolucionó a una pintura más personal, con una paleta de tonos cálidos y sin estridencias, una paleta como él: amable y contenida. Enfocó sus trabajos de corte figurativo en el paisaje manchego y rural, así como la figura humana, y trabajaba con óleo y grafito.

Ezequiel Cano López ha fallecido este sábado 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, en el hospital de Alcázar de San Juan, tras una larga enfermedad. Ezequiel pertenecía a la “generación de la transición”, a la que también pertenecían Marcelo Grande, José Luis Cabañas y Serafín Herizo. También desaparecidos en los últimos años. Una generación de autodidactas que nos abrió las puertas de par en par a todos los que llegamos después. Tomelloso es una cantera inagotable de artistas plásticos, y en parte es gracias a gente como Ezequiel Cano, que también impartió clases de dibujo y pintura durante muchos años, y del cual he heredado algunos de sus alumnos, los cuales llevan su sello personal.

La última vez que le vi fue hace algo más de un año, cuando todavía llevábamos mascarillas por la calle. Me comentó lo de su enfermedad, sin darle mucha importancia, y tuvimos una pequeña charla cómo siempre que nos veíamos. Si era un buen pintor, en lo personal rozaba la excelencia. Recuerdo que cuando nos despedimos le comenté: “A ver si volvemos a la normalidad pronto, y volvemos a vernos en alguna exposición”. “Ójala!” me contestó Ezequiel. De alguna manera habrá que cumplir ese deseo.

Que la tierra te sea leve, maestro!




1 COMENTARIO

  1. Gracias Manuel por tu reconocimiento, en nombre de toda la familia. Si de algo estaba orgulloso mi padre era de su pueblo y de lo que su gente es capaz de hacer.
    Y si pintar se le daba bien, no se le daba peor rodearse de buenas personas.
    Un abrazo

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