Un taller de pintura acompañado de una copa de vino se puede organizar en prácticamente cualquier ciudad, pero hacerlo dentro de una cueva-bodega de Tomelloso cambia completamente la experiencia. Esa es la idea sobre la que Alberto Montejano y Roberto Carretero, ‘Gobi’, han construido Mancharte, una propuesta que combina patrimonio, pintura fluorescente, vino, vermú y gastronomía manchega en uno de los espacios más característicos de la localidad.
La experiencia dura alrededor de dos horas y comienza con algo fundamental: conocer la cueva en la que se está. Durante aproximadamente media hora se realiza una visita guiada para descubrir la historia de estos espacios y su relación con la elaboración del vino y con el propio desarrollo de Tomelloso. Después cambia la iluminación, comienza la música, se enciende la luz ultravioleta y arranca un taller de pintura guiado por Gobi en el que cada participante termina creando su propio lienzo.

Una idea conocida llevada al terreno de Tomelloso
El origen de Mancharte está en los conocidos talleres de art and wine, una modalidad de ocio que se ha extendido especialmente en grandes ciudades y que propone pintar mientras se disfruta de una copa de vino. Montejano observó que este tipo de actividades apenas tenía presencia en Ciudad Real y vio una oportunidad para traer el concepto a Tomelloso y al conjunto de la comarca.
Pero los dos fundadores tenían claro que no querían limitarse a reproducir lo que ya se estaba haciendo en otros lugares. «No nos limitamos a crear un taller de pintura con pintura fluorescente en el que bebías vino, sino que hemos ido más allá», explica Montejano. Ese paso adicional fue integrar la actividad dentro de las cuevas, vinculando una forma de ocio contemporáneo con uno de los principales elementos del patrimonio de Tomelloso.
«Intentamos que esto sea un círculo de patrimonio, historia y ocio contemporáneo», añade Gobi. Las cuevas y el vino forman parte de la identidad de la ciudad y, al mismo tiempo, existen vecinos que nunca han tenido la oportunidad de entrar en una de ellas. Mancharte utiliza precisamente la actividad artística como una nueva forma de acercarse a estos espacios.

Primero se conoce la cueva y después empieza el taller
La experiencia está dividida en dos partes. La primera media hora se dedica a conocer la cueva y su historia. Una vez terminada la visita, el espacio se transforma para comenzar el taller: cambia la iluminación, se introduce la música y la luz ultravioleta hace destacar los colores fluorescentes con los que van a trabajar los participantes durante aproximadamente una hora y media.
Mancharte colabora con la Asociación de Amigos de las Cuevas de Tomelloso y va rotando por diferentes espacios. Aproximadamente cada dos meses se cambia de cueva y también se renuevan los diseños que se pintan. De esta manera, alguien que ya haya participado puede repetir la actividad encontrándose con un escenario y una propuesta artística diferentes.
Esa rotación también permite descubrir que no todas las cuevas son iguales. Cada una tiene sus características y su propia historia, por lo que el lugar deja de ser un simple escenario para convertirse en una parte esencial de la experiencia.

No hace falta saber pintar
Una de las principales barreras cuando alguien escucha hablar de un taller artístico suele aparecer rápidamente: «Yo no sé pintar». En Mancharte eso no supone ningún problema y, según Gobi, incluso puede ser una ventaja.
«No necesitas haber cogido un lápiz en la vida. Acompañamos en todo momento, hacemos que la gente se sienta segura y no vienes a aprender ni a ser juzgado. No ponemos nota, esto es para disfrutar», explica.
Gobi guía el proceso desde el principio hasta el final para que cualquier participante pueda completar el cuadro independientemente de su experiencia. De hecho, asegura que algunas de las personas que nunca habían pintado anteriormente terminan consiguiendo resultados especialmente interesantes porque afrontan la actividad sin prejuicios y simplemente se dejan llevar.
La elección de la pintura fluorescente también busca facilitar ese componente lúdico. Los colores funcionan especialmente bien con la luz ultravioleta y permiten conseguir resultados visualmente llamativos sin necesidad de dominar técnicas complejas. A ello se suma el propio entorno de la cueva, cuya oscuridad permite crear una ambientación difícil de reproducir en un establecimiento convencional.

Pintar en una cueva donde también pintó Antonio López Torres
La unión entre pintura y cuevas tiene además un antecedente muy especial en Tomelloso. Antonio López Torres ya utilizaba estos espacios para pintar y en 1923 realizó una primera versión de La cueva, una de sus obras tempranas. Esa relación histórica terminó convirtiéndose en otra de las referencias sobre las que Alberto Montejano y Gobi construyeron el concepto de Mancharte.
Más de un siglo después, las cuevas vuelven así a acoger personas con un pincel en la mano, aunque ahora el contexto sea muy diferente. La intención no es recrear aquella época, sino conectar esa historia con una actividad actual y conseguir que el patrimonio pueda utilizarse y conocerse desde nuevas perspectivas.
Para Gobi, que procede del mundo del graffiti, la posibilidad de dar nuevos usos a espacios históricos también resultaba especialmente atractiva. «Ese acceso a espacios en desuso o reutilizar espacios y darles una vuelta nos parecía muy interesante», explica.
Vino, vermú y gastronomía mientras se pinta

La experiencia no gira únicamente alrededor del lienzo. Durante el taller se pueden degustar vinos, vermú y diferentes productos manchegos, desde quesos y embutidos hasta dulces típicos de Tomelloso. Cada participante decide cuánto quiere centrarse en pintar y cuánto tiempo quiere dedicar simplemente a disfrutar del ambiente y de la compañía.
«Hay quien viene a pintar y hay quien viene a pasar el rato. Si quiere dedicar menos tiempo a la pintura, puede estar a gusto en la cueva con su gente probando los vinos», explica Montejano. También existe la posibilidad de probar distintas referencias y conocer algo más sobre los productos que se están tomando.
El vermú, de hecho, está teniendo especialmente buena acogida entre los participantes. Esa combinación de pintura, bebida y gastronomía permite que la actividad no se perciba como una clase de arte, sino como un plan para compartir con otras personas.
Una actividad para amigos, parejas, familias o empresas

Mancharte está pensado para públicos muy diferentes. Puede participar un grupo de amigos, una pareja o una familia, pero también se organizan cumpleaños, despedidas, encuentros de empresa y eventos privados. La actividad está disponible a partir de los ocho años y existen opciones sin alcohol tanto para menores como para adultos que prefieran no consumirlo.
«Puede venir tu abuela o tu hijo», resume Gobi. La intención es que saber pintar tampoco determine quién puede participar. Todo el material está incluido, el taller está guiado y al terminar cada persona se lleva a casa el lienzo que ha realizado.
Para Montejano, Mancharte también responde a esa sensación habitual de que resulta complicado encontrar planes diferentes sin tener que desplazarse a una gran ciudad. «Se dice mucho eso de “siempre hacemos lo mismo”. Bueno, pues ya no», señala. La propuesta pretende demostrar que una experiencia de ocio contemporáneo puede desarrollarse en Tomelloso y, además, aprovechar elementos que difícilmente podrían encontrarse en una gran capital.
Una forma diferente de volver a las cuevas

Otro de los aspectos que han encontrado desde la puesta en marcha del proyecto es que no todos los tomelloseros conocen sus cuevas. Hay personas muy vinculadas a ellas por tradición familiar, pero también vecinos que nunca habían bajado a una. Una actividad como Mancharte puede convertirse así en una excusa para descubrir por primera vez una parte importante del patrimonio local.
Además, la posibilidad de cambiar de cueva y de diseño busca que quienes ya han participado tengan motivos para regresar. «Si alguien repite Mancharte o se lo han regalado, solemos cambiar de cueva y renovar los diseños cada cierto tiempo para que siempre sea una actividad que esté viva», explica Gobi.
Ese componente también permite que las cuevas recuperen actividad sin perder su identidad. La historia se explica al comienzo y después el mismo espacio acoge una propuesta completamente diferente, demostrando que patrimonio y nuevos usos pueden convivir.
Una experiencia que también invita a quedarse en Tomelloso
Mancharte está atrayendo también a participantes procedentes de otras localidades. Según explica Montejano, durante el arranque aproximadamente un 60 % del público ha sido de Tomelloso y el 40 % restante ha llegado desde fuera, una proporción que considera especialmente significativa para una actividad que acaba de comenzar.
Los horarios están planteados para que la visita pueda continuar después en la ciudad. Quien participa por la mañana puede quedarse a comer y visitar algún museo por la tarde, mientras que las sesiones vespertinas permiten terminar cenando en Tomelloso. Los propios organizadores recomiendan lugares para visitar a quienes llegan desde otros municipios.
De esta manera, la experiencia puede generar también una pequeña cadena alrededor de la hostelería, la gastronomía y la oferta cultural de Tomelloso. La cueva se convierte en el punto de partida de una jornada que puede continuar después en la superficie.
Algo más que pintar con una copa de vino

Ahí está probablemente la principal diferencia de Mancharte. Pintar mientras se toma una copa de vino no es un concepto nuevo y puede hacerse en muchas ciudades. Lo que Alberto Montejano y Roberto Carretero ‘Gobi’ han intentado es utilizar esa tendencia como punto de partida y convertirla en algo propio.
Porque en Tomelloso el vino tiene una historia detrás, y buena parte de esa historia se encuentra precisamente en las cuevas. Hacer allí el taller permite que el patrimonio deje de ser únicamente algo que se contempla y pase a formar parte de la propia actividad.
Durante dos horas se conoce una cueva, se descubre parte de su historia, se pinta bajo luz ultravioleta, se prueba vino, vermú y gastronomía manchega y, finalmente, cada participante vuelve a casa con su cuadro.
Eso es lo que diferencia la experiencia.
Un taller de pintura y vino se puede organizar en muchas ciudades. Hacerlo dentro de una cueva-bodega de Tomelloso cambia todo.




























