En Tomelloso hay pocas expresiones que necesiten tan poca explicación como la Feria Chica. Basta pronunciarlas para que la memoria haga el resto. El olor del pollo asado recién hecho, el sonido de las atracciones en la calle Concordia, las peinetas de la procesión, un vaso de zurra compartido entre amigos, las tascas llenas de conversaciones o los niños con un algodón de azúcar recorriendo la plaza.
No hace falta añadir nada más. Todo el mundo sabe de qué se está hablando.
Porque la Feria Chica no es solo la fiesta del Barrio del Carmen. Hace mucho tiempo que dejó de pertenecer únicamente a sus vecinos para convertirse en una celebración de toda la ciudad.

Durante unos días, el Barrio del Carmen deja de ser un barrio para convertirse en el auténtico epicentro de Tomelloso. Da igual dónde viva cada uno. En la avenida Don Antonio Huertas, en el Paseo Ramón Ugena, en Maternidad, en Embajadores o incluso a cientos de kilómetros de distancia. Todos los caminos parecen conducir estos días hasta la Plaza del Carmen.
Y quizá esa sea su mayor virtud: la capacidad de reunir.
La de quienes nunca dejaron el barrio, la de quienes se marcharon hace años y buscan estas fechas para volver, la de los amigos que aprovechan para reencontrarse o la de las familias que mantienen costumbres que han pasado de abuelos a hijos y de hijos a nietos.
Durante estos días, en la plaza del del Carmen, muchos vecinos repetían la misma idea con palabras distintas: el Barrio del Carmen siempre recibe con las puertas abiertas. Hay familias que llevan cuatro décadas friendo churros cada julio, otras tantas preparando patatas, vecinos que recuerdan los areneros donde jugaban de niños y personas que, aunque ya no vivan allí, siguen sintiendo que estas fiestas también son suyas.
Porque si algo distingue a la Feria Chica es precisamente eso: la cercanía.
Aquí todavía se saluda a quien pasa por delante de la mesa. Se comparte una zurra con quien acaba de llegar. Se conversa sin mirar el reloj. Se cena de pie junto a la tasca mientras suena la música de fondo. Aquí los niños descubren sus primeras atracciones, los adolescentes pasan horas recorriendo los puestos con sus amigos y los mayores ocupan los bancos de la plaza para contemplar cómo el barrio vuelve a llenarse de vida.
La Plaza del Carmen se transforma cada noche en un inmenso salón al aire libre. Las tascas, los puestos de comida, las churrerías, las patatas, las bocaterías y los escenarios convierten este rincón de Tomelloso en un lugar donde siempre parece haber sitio para uno más.
A pocos metros, la calle Concordia ofrece otra imagen inseparable de estas fechas. Las luces de las atracciones, el pulpo, las casetas de tiro, la tómbola, los puestos ambulantes y las compras improvisadas forman parte de un paisaje que varias generaciones identifican con el verano. Detrás del antiguo ambulatorio, coches de choque, camas elásticas, hinchables y otras atracciones hacen que cientos de niños vivan aquí algunas de las noches más esperadas de las vacaciones.










Por eso muchos vecinos no dudan en definir la Feria Chica como el epílogo del verano tomellosero. Después llegará la Feria y Fiestas, la vendimia, el regreso al colegio y la vuelta a la rutina. El Barrio del Carmen marca ese instante en el que el verano alcanza su plenitud y, casi sin darnos cuenta, empieza a mirar hacia agosto.
Las fiestas de este año han vuelto a dejar imágenes que permanecerán en la memoria colectiva: el cariño con el que fueron recibidas las antiguas reinas y damas del barrio, homenajeadas casi medio siglo después; la multitud acompañando a la Virgen del Carmen en una procesión bonita, sencilla y solemne; la Plaza del Carmen completamente llena para disfrutar del Grupo Folclórico Virgen de las Viñas; los conciertos de Rock, los juegos infantiles, el deporte, la convivencia y las noches que terminan siempre demasiado pronto.
Quizá por eso nadie en Tomelloso necesita explicar qué significa la Feria Chica. No es una versión reducida de la Feria de agosto. Es otra cosa. Es un lugar donde caben la devoción, la tradición, el folclore, el ocio y los recuerdos. Un espacio donde conviven quienes llevan toda la vida en el barrio y quienes solo vuelven unos días al año para sentirse, otra vez, en casa.
Las luces se apagarán, las atracciones comenzarán a desmontarse y la Plaza del Carmen recuperará poco a poco su tranquilidad habitual. Pero quienes han pasado por ella estos días saben que el barrio no se queda vacío. Se queda esperando otro julio.







