Ahora que los días son más cortos y la luz comienza a cambiar, el otoño va haciéndose hueco poco a poco, aunque parece resistirse a entrar del todo. Las tardes se acortan, la noche llega antes y la ciudad empieza a ofrecernos otra manera de mirar. Es entonces cuando algunos rincones, edificios y pequeños detalles adquieren un encanto especial bajo la luz artificial, esa que tantas veces pasa desapercibida mientras todavía nos acompaña el sol.
A veces pensamos que hay elementos que solo merecen ser fotografiados con luz natural, como si el día tuviera la exclusiva de mostrarnos su mejor versión. Pero basta con detenerse un instante, observar con otros ojos y dejar que la noche haga su parte para descubrir que también hay belleza cuando la luz cambia. Fotografiar de noche tiene su propio reto: otra forma de jugar con las sombras, los contrastes y las luces que permanecen encendidas cuando el resto del día ya se ha ido. Y el resultado, en ocasiones, puede sorprendernos.
Esta fotografía de Carmen Despierta, en la entrada del Museo López Torres, en Tomelloso, es un buen ejemplo. El letrero del suelo nos anuncia el lugar y nos invita a detener la mirada.
Y mientras me detengo a fotografiar, la vida sigue su curso alrededor. Hay gente que camina, que regresa a casa después de una larga jornada de trabajo o de estudio, que cruza la calle sin reparar demasiado en lo que tiene cerca, y hay otros que se desvían al ver la cámara. Cada cual sigue su camino, con sus pensamientos y sus propias preocupaciones, mientras otros encontramos en esos mismos instantes una excusa para parar, mirar y guardar un pequeño fragmento de lo que sucede.
Y es que, aunque el otoño todavía se haga de rogar, Tomelloso ya empieza a contarnos sus historias bajo otra luz.
