Hoy me adentro en Teresa de Cepeda y Ahumada, más conocida como Teresa de Jesús. Fue una escritora española autodidacta, monja fundadora de la Orden de Carmelitas Descalzos, mística y Doctora de la Iglesia católica. Junto a San Juan de la Cruz, es considerada la cumbre de la espiritualidad y el misticismo cristiano. Nació en Gotarrendura (Ávila) el 28 de marzo de 1515 y falleció en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.
Su vocación religiosa dio un paso decisivo en 1535, cuando decidió huir de su casa para ingresar en el convento carmelita de la Encarnación en Ávila. Años más tarde, profundamente marcada por la experiencia mística de la transverberación (1560), inició un gran proyecto de reforma. En 1562 fundó su primer convento reformado: San José de Ávila. A lo largo de su vida, fundó un total de 17 conventos femeninos: Ávila, Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas de Segura, Sevilla, Caravaca de la Cruz, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Granada y Burgos. Asimismo, fundó el primer convento del Carmelo masculino junto a San Juan de la Cruz en Duruelo (Segovia). Santa Teresa conoció a San Juan de la Cruz en Medina del Campo cuando ella tenía 52 años y él 24, logrando convencerlo para que se uniera a la reforma del Carmelo.
Teresa de Jesús escribía por mandato de su confesor, lo cual le suponía un gran esfuerzo. De este periodo nacen obras imprescindibles de nuestra literatura: redacta la primera versión del Libro de la vida en 1562, escribe Camino de perfección en 1566 y plasma su gran obra cumbre, Las moradas (o El castillo interior), en el año 1577. Sus escritos y biógrafos recogen que, en ocasiones, escribía con una mano mientras con la otra sostenía una rueca. Ella misma afirmaba: «… escribo casi hurtando el tiempo y con pena porque me estorbo de hilar y por estar en casa pobre y con hartas ocupaciones». A su muerte, ninguna de sus obras literarias había sido publicada ni era valorada en círculos académicos y culturales como escritora.
Fue estrechamente vigilada por la Inquisición, tanto por ser mujer y escritora, como por utilizar un lenguaje cercano y por el temor de que sus obras se alejaran de la doctrina oficial. Por esta razón, muchos de sus textos sufrieron censura, hasta el punto de que su confesor le ordenó destruir el manuscrito Meditaciones sobre los Cantares (redactado por primera vez hacia 1566), el cual ella quemó en señal de obediencia. Pese a todo, siempre aseguraba a sus monjas que «las gracias recibidas en la oración son para darnos fuerza en servir a los demás».
En una época en la que la mujer no tenía apenas relevancia pública como escritora ni mística, supo ganarse el respeto al elegir un camino de reformas por encima de las conveniencias sociales del momento, rodeándose siempre de mujeres que, como ella, creyeron en ese camino de perfección. A pesar de contar con numerosos detractores, fue profundamente respetada por figuras de la talla de fray Luis de León, San Juan de la Cruz, San Francisco de Borja, fray Juan de Ávila, el padre y profesor Domingo Báñez, el inquisidor Quiroga e, incluso, el rey Felipe II.
No le importaron los duros avatares de los incesantes viajes por la geografía española para fundar conventos, y lo hizo a pesar de su delicada salud y de padecer múltiples enfermedades a lo largo de los años.
Su reconocimiento llegó con el tiempo: es doctora honoris causa por la Universidad de Salamanca y, posteriormente, fue nombrada patrona de los escritores. También se le concedió el título honorífico de alcaldesa de Alba de Tormes. Fue beatificada por el papa Paulo V en 1614, canonizada por Gregorio XV en 1622 y proclamada Doctora de la Iglesia Universal por Pablo VI en 1970.
Teresa de Jesús fue una gran mujer a la que todavía hoy se acude en sus obras literarias buscando su fuerza y determinación en tiempos difíciles, aunque sigue siendo una desconocida para una gran mayoría que ignora el inmenso tesoro de su legado literario. Bucear en su biografía es acercarse a su gran personalidad y a su valentía, descubriendo unas vivencias fascinantes marcadas por su entorno familiar y por su inquebrantable fe en Dios en medio de la compleja sociedad que le tocó vivir.
Por todo ello, hoy en día su figura se erige como un poderoso ejemplo a seguir para las mujeres, muy especialmente en su faceta de escritora autodidacta. En su época, los círculos más cultos e ilustrados no la consideraban una igual debido a su falta de formación académica formal, un prejuicio institucional y elitista que, lamentablemente, muchas escritoras autodidactas continúan enfrentando en la actualidad. Su legado nos recuerda que la profundidad de pensamiento, el talento y la calidad literaria no siempre dependen de los cauces oficiales. En definitiva, desconocer a nuestros místicos es no conocer nuestra literatura.
Ante el amanecer de octubre camino con Teresa de Jesús con la fe arraigada en el Amado, que es como ella llamaba a Jesús de Nazaret, en el que yo creo.
La memoria es campo de viñas infinitas
con tu encuentro de otoños, de exilios
y oraciones en medio de colinas,
buscadora de Dios.
Con tu fuego de amor llegas hoy,
andariega perpetua, con tus pies cansados,
Teresa de Jesús, a escanciar
madrugadas en pórticos amados
de conventos, con tus alas de luz.
Teresa de Cepeda y Ahumada,
el amor te signo con un haz de firmeza
y sigues abriéndonos las puertas
del Amado, ante la aurora,
llamándonos a encontrarnos con Él.
Ahora cuando el vino primerizo
se agita en las bodegas,
Tú, Teresa, castellana mujer,
esperas que me encuentre rezando
en la mañana, buscando tu mensaje
de amor y de pobreza por donde Tú,
me aseguras que encontraré al Señor.
Yo creo en tu mensaje. Peregrina
perdida, yo, te ruego que me guíes
a encontrar mis moradas: Mensajera de Dios.
Natividad Cepeda
