Os voy a hablar de un hombre bueno. De un hombre de los nuestros. Se llama Ángel Pintado Sevilla. Nació aquí, en Tomelloso, en 1955. Y lleva toda su vida haciendo lo mismo: pintar. Sin aspavientos, sin buscar foco, sin pedir nada a nadie. Todos los días, en su estudio, con el pincel en la mano.
Yo no sé si somos conscientes del artista que tenemos viviendo entre nosotros. Ángel es un pintor de los de verdad. De los que aprenden mirando, sufriendo el cuadro. Autodidacta, sí, pero es que le enseñaron los mejores. Ahí está su beca con Antonio López Torres, nuestro faro. Con Antonio López García, con Lucio Muñoz, con Carmen Laffón. Es de esa estirpe manchega que pinta la verdad, que no engaña. Cuando ves una naturaleza muerta suya, te dan ganas de coger la fruta. Cuando ves un paisaje suyo, sientes el fresco de la tarde.
Es uno de los grandes. Aunque aquí, como nos pasa tantas veces, casi no nos demos cuenta.
Y ahora, con la edad en la que otros se retiran, Ángel ha decidido regalarnos algo que vale oro. Se ha puesto a pintar nuestros bombos.
Nuestros bombos. Cerrad los ojos un segundo. ¿Cuántos recuerdos tenéis vosotros en un bombo? Yo me acuerdo del de mi abuelo, a las afueras, camino de Argamasilla. De entrar en agosto y notar ese fresquito de la piedra que parecía un milagro. Del olor a esparto, a vendimia, a sudor honrado. De mi abuelo diciéndome: «Esto lo levanté yo, piedra a piedra, sin una gota de cemento, solo con las manos».
Los bombos son Tomelloso. Son la prueba de que aquí no nos rendimos nunca. De que con cuatro piedras mal puestas fuimos capaces de hacer arquitectura, de hacer arte, de hacer hogar. No solo para el hombre sino no también para la mula que a veces era más importante ese refugio para ella que para nosotros mismos.
No hay bombos como los nuestros en ningún lugar del mundo. Son únicos, como nosotros.
Pues Ángel los ha pintado Uno a uno. Con un respeto y un amor que se nota en cada pincelada. No los pinta como monumentos muertos. Los pinta vivos, con su historia dentro, con el eco de los que allí durmieron, comieron, soñaron. Y cuidaron a sus mulas.
Esa serie es historia de Tomelloso. Es memoria. Es un libro abierto para nuestros hijos, para que no olviden de dónde vienen. Y esa serie, que debería estar ya expuesta en el mejor sitio del pueblo, está guardada en su estudio. Silenciosa. Esperando.
Esperando a que alguien en su ciudad le diga: «Ángel, ven. Esta es tu casa. Vamos a enseñar lo que has hecho».
Y nadie se lo dice. Y eso, perdonadme que lo diga así, es un delito cultural. Un delito enorme que cometemos por dejadez, por costumbre, por esa manía tan nuestra de valorar más lo de fuera que lo de dentro.
Tomelloso ha dado pintores al mundo entero. Lo sabemos. Lo decimos con orgullo. Tenemos a López Torres, a López García, a Carretero, a Fermín García y tantos otros. Pero ¿de qué sirve presumir de tierra de pintores si no cuidamos a los pintores que todavía pasean por nuestras calles, esos que todavía nos saludan en la panadería?
Si algo debe tener Tomelloso, si algo nos tiene que sobrar, es espacio para mostrar todo lo que ha dado. Tiene que haber espacio para todos. Para los que ya están en los grandes museos y para los que siguen luchando cada mañana para que su obra vea la luz. No nos falta sitio. Tenemos la Posada de los Portales, tenemos el Museo del Bombo, que sería su sitio natural, el más justo, el más bonito. Tenemos bodegas vacías, patios manchegos. Lo que nos falta es mirar a los nuestros.
Yo no quiero que dentro de diez o quince años le pongamos a Ángel una calle o una placa y digamos en voz baja «qué grande era». Yo quiero dársela ahora. Quiero verle la cara el día de la inauguración. Quiero que entre su familia, sus amigos, sus vecinos de toda la vida. Que entren los chavales del instituto y le pregunten: «Ángel, ¿cómo se pinta una piedra para que parezca que pesa?». Quiero que se sienta querido en vida, que es cuando hace falta.
Porque la gente se tiene que reconocer cuando está. Se tiene que abrazar cuando está. Se tiene que querer cuando está.
No cometamos ese delito cultural. Démosle a Ángel Pintado Sevilla la exposición que merece y que Tomelloso le debe. Proporcionarnos a nosotros mismos el orgullo de ver nuestros bombos, nuestra historia, a través de los ojos de uno de los mejores pintores que ha dado esta tierra.
Aún estamos a tiempo.



