Hasta hace diez años nunca me había planteado la pregunta: ¿qué significa ser mujer rural? ¿O qué significa nacer mujer en una zona rural?
La verdad es que no te lo cuestionas cuando toda la vida te has criado en un pueblo y ves normal que no haya grandes supermercados o centros comerciales. Ves normal que los tractores anden por las calles y que, en época de vendimia, vayan con sus remolques rebosantes de uva. Algo normal era ver las colas de tractores a la puerta de la cooperativa esperando a descargar mientras tú ibas tranquilamente al colegio.
Crecí sin semáforos, sin móvil y con una televisión que solo tenía dos canales. Me crié jugando en las huertas, yendo en bicicleta a por almendrucos, jugando al escondite con mis primos entre la chatarra del taller que tenía mi padre, cazando lagartijas… Y, por las tardes, nos salíamos al fresco. Nuestros vecinos mayores nos contaban anécdotas de sus vidas de antes, incluso sus recuerdos de cuando eran jóvenes y fueron a la guerra.
He tenido una infancia feliz en el pueblo y nunca me había planteado qué significaba ser de pueblo. Hasta hace diez años, cuando empecé a trabajar desarrollando proyectos de desarrollo rural con mujeres. Uno de ellos fue pionero en la zona de Albacete, fomentando la titularidad compartida de las explotaciones agrarias para que las mujeres que trabajan en el campo con sus maridos tuviesen los mismos derechos y oportunidades.
Y un día, en Viveros, mientras impartía un curso de formación, le hice esa pregunta a una mujer de ese pueblo de 300 habitantes: ¿qué significaba ser mujer rural para ella?
La contestación fue una bofetada de realidad que me hizo cuestionarme incluso la pregunta:
—Para ella, ser mujer rural significaba acostarse todas las noches sabiendo que tenía el coche con el depósito lleno de gasolina en la puerta.
¡Claro!, pensé. Yo nunca me había cuestionado eso porque vengo de un pueblo grande.
Una mujer que vive en el medio rural y una mujer que vive en el medio urbano solo se diferencian en estas cosas: en que la mujer de pueblo tiene que tener en cuenta muchas cuestiones para desarrollar un día normal, ya que hay pocos medios y recursos. Eso les hace desarrollar otra agudeza mental. En una ciudad, esa parte intuitiva de supervivencia la tenemos apagada; transitamos en piloto automático y todas las comodidades, a veces, nos desvinculan de la creatividad e incluso de la humanidad.
Ahí empecé a ver que ser rural tenía otras connotaciones no tan positivas, ya que el foco se pone casi siempre en lo que falta y no en lo que tenemos.
En el medio rural faltan servicios, médicos, infraestructuras y carreteras; faltan comunicaciones. Hay muchas zonas donde todavía no llega bien Internet. Faltan colegios, farmacias y hasta niños.
Empecé a escuchar la expresión «triple discriminación», que es la que sufren las mujeres que viven en zonas rurales, ya que no solo tienen que luchar por la igualdad real, sino también por tener oportunidades, por superar el techo de cristal o el patriarcado y por disponer de infraestructuras y comunicaciones. Por no hablar de la conciliación, que, si ya es difícil en una ciudad, en el medio rural pasa porque nuestros hijos los críen los abuelos, como toda la vida.
Y hoy, haciendo una reflexión con motivo del Día de las Mujeres Rurales, entiendo la lucha por tener los mismos derechos y oportunidades, pero, desde mi prisma personal como mujer criada en un pueblo, me nace ver el lado positivo de vivir en el medio rural.
Porque las mujeres que nos criamos en zonas rurales estamos hechas de otra pasta. Nos reinventamos, nos unimos, dinamizamos los pueblos y criamos a nuestros hijos implicando a las personas que hay detrás de los pocos servicios que algunos pueblos tienen.
Donde el bibliotecario tiene nombre, se llama Paco, y cuando yo no llego a tiempo, lo llamo y se queda con mi hija pequeña en la biblioteca esperando a que llegue a recogerla.
Eso es conciliación. Conciliación social en un pueblo. Y eso es humanidad.
Reivindicamos muchas cosas que faltan, pero a los pueblos nos sobra humanidad. Las personas se llaman por su nombre y las mujeres forman parte de un ecosistema que es el motor del desarrollo. Sin ellas, los pueblos no tendrían vida.
Hoy quiero poner el foco en lo que nos hace especiales y diferentes, y no en lo que nos falta.
Igual que nuestras abuelas, que carecían de una economía sobrada y tenían muy pocas cosas en la despensa, pero hacían un guiso maravilloso, ahora a nosotras nos sobran ingredientes y nuestras comidas no están tan sabrosas. Todo es rápido y de usar y tirar. A veces, cuantos más recursos tienes, menos creatividad, menos humanidad y menos desarrollo…
Por lo tanto, hoy, 15 de octubre, Día de las Mujeres Rurales, estoy orgullosa de ser de pueblo; de haber crecido en las calles jugando sin peligro; de haber comido pan recién hecho, kilómetro cero; de poder comer un tomate o un pepino directamente de la mata; de escuchar al gallo como despertador; de comer huevos de corral y de escuchar las historias de nuestros mayores cuando socializábamos saliendo al fresco.
Todo eso nos hace de otra pasta. Y, por mucha tecnología, recursos o medios que nos puedan ofrecer, la calidad humana que te da vivir en un pueblo no te la puede ofrecer ningún núcleo urbano.
Necesitamos recursos mínimos: que no tengamos que hacer muchos kilómetros para ir a un hospital, que las carreteras estén decentes para viajar, que tengamos una gasolinera cerca, que sigan vivos los colegios y que las oportunidades laborales sigan surgiendo.
Creo que los jóvenes tienen futuro en el campo. Hay nuevas formas de desarrollo rural y el cooperativismo también es importante. A veces, una cooperativa es el centro neurálgico de la economía de un pueblo, dando puestos de trabajo a mujeres y hombres.
Creo que falta mirar desde otro prisma para que esta lucha no utilice palabras como «la España vaciada» o «despoblación». Necesitamos pueblos vivos, donde nuestra España no esté vacía, sino llena de personas con calidad humana, de gente que sigue apostando por sus pueblos y de jóvenes que ven una oportunidad al volver después de formarse y construir otros modelos de negocio más sostenibles y compatibles con la vida rural.
Yo soy de pueblo y a mucha honra. Nuestra forma de hablar, nuestras raíces, nuestra agudeza y creatividad, nuestra humanidad, que nos lleva a seguir saludando a las personas cuando nos cruzamos con ellas, aunque no las conozcamos… Nuestra educación. ¡Aportamos valor! Literalmente, hay que ser una mujer muy valiente para vivir en un pueblo.
Feliz Día de las Mujeres Rurales. Nos queda mucho por conseguir, pero estoy convencida de que el futuro está en los pueblos y de que no falta tanto para que los privilegiados en este mundo seamos quienes vivimos en zonas rurales.
Nos pueden faltar recursos y servicios, pero, en tiempos de crisis, nunca nos faltarán huevos de gallina, alimentos de la huerta, leche de las cabras o pan recién hecho. Y, sobre todo, en un pueblo nunca te faltará una vivienda: en los pueblos hay muchas casas vacías esperando a que alguien vuelva a darles vida.
¡Feliz Día de las Mujeres Rurales!
Hoy rindo homenaje a todas nuestras abuelas, que trabajaron de sol a sol sin papeles y sin reconocimiento, ni económico ni social.
A todas ellas, gracias.
Mari Luz Fresneda
Experta en comunicación agro y desarrollo rural
