La DO La Mancha mira al vino sin alcohol mientras sigue sin afrontar su gran reto: prestigiar sus vinos

La creación de una certificación para los vinos 0,0 contrasta con la falta de una estrategia decidida para elevar el nivel de exigencia y reforzar la identidad de la mayor denominación de origen de Europa

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La última reunión del Pleno del Consejo Regulador de la Denominación de Origen La Mancha ha dejado una noticia que, sin duda, marcará el futuro de la entidad. Entre los asuntos tratados figura la modificación del Pliego de Condiciones para facilitar la elaboración de vinos parcialmente desalcoholizados y el estudio de una certificación específica para los vinos totalmente desalcoholizados (0,0), con el objetivo de ofrecer al consumidor «mayores garantías de calidad y control».

El argumento es comprensible. El consumo mundial de vino desciende, aparecen nuevos hábitos de consumo y las bodegas necesitan adaptarse a un mercado cambiante. Nadie puede cuestionar que los vinos desalcoholizados constituyen un segmento con potencial de crecimiento ni que algunas bodegas quieran explorar esa vía.

El problema no está ahí.

Lo verdaderamente llamativo es que la DO La Mancha parezca poner tanto empeño en certificar una nueva categoría de producto cuando sigue sin resolver el principal problema que arrastra desde hace años: el escaso prestigio que proyecta su propia marca.

Porque antes de garantizar la calidad de un vino sin alcohol, quizá habría que preguntarse si el consumidor identifica la contraetiqueta de la DO La Mancha como un verdadero sello de excelencia.

Una denominación que parece obsesionada con vender más contraetiquetas

El Consejo Regulador insiste en que todas estas iniciativas buscan ofrecer nuevas oportunidades a las bodegas inscritas. Sin embargo, da la sensación de que la prioridad vuelve a ser aumentar el número de productos que pueden acogerse a la denominación, en lugar de incrementar el valor de la propia denominación.

La función de una Denominación de Origen no debería ser únicamente certificar vinos. Su misión es proteger un territorio, preservar una identidad y garantizar al consumidor que aquello que compra responde a unos estándares de calidad superiores.

Sin embargo, en La Mancha hace tiempo que muchos profesionales tienen la sensación de que el modelo se ha instalado en el «casi todo vale». Si el vino supera unos requisitos mínimos, obtiene la contraetiqueta. Y cuantas más contraetiquetas se vendan, mejor.

Ese planteamiento puede incrementar el volumen certificado, pero difícilmente aumenta el prestigio de la marca.

Porque el valor de una denominación no depende del número de tirillas que coloca cada campaña, sino del reconocimiento que despierta entre consumidores, prescriptores y mercados internacionales.

El prestigio se construye siendo más exigente, no certificando más productos

Las denominaciones de origen españolas que más notoriedad han ganado durante las últimas décadas no han basado su estrategia en ampliar constantemente su catálogo de productos certificados. Lo han hecho reforzando su identidad y aumentando la exigencia.

Rías Baixas convirtió el albariño en una referencia mundial.

Ribera del Duero construyó buena parte de su prestigio alrededor del tempranillo, apostando por la calidad antes que por el volumen.

Cebreros ha recuperado la garnacha de montaña y ha conseguido situarse entre las denominaciones más interesantes para la crítica especializada.

El Bierzo y Ribeira Sacra han demostrado el enorme potencial de la mencía, acompañada por variedades como la godello o la treixadura, construyendo un discurso basado en el territorio, el paisaje y la personalidad de sus vinos.

Más cerca, Jumilla ha protagonizado una transformación ejemplar reivindicando la monastrell hasta convertirla en una variedad admirada dentro y fuera de España.

Todas ellas entendieron hace años que competir únicamente por volumen era una batalla perdida. Optaron por competir en prestigio.

La paradoja de La Mancha

Resulta paradójico que La Mancha, que posee uno de los patrimonios vitícolas más importantes del mundo, siga sin liderar ese mismo camino.

La región cuenta con dos variedades capaces de convertirse en auténticos símbolos de identidad: la airén y el cencibel, nombre tradicional del tempranillo en La Mancha.

Durante décadas, especialmente la airén, quedó asociada a producciones masivas y vinos de escaso valor añadido. Sin embargo, en los últimos años numerosos elaboradores han demostrado que, trabajada con bajos rendimientos, viñas viejas y una viticultura orientada a la calidad, puede ofrecer vinos extraordinarios, complejos y con una personalidad única.

Lo mismo ocurre con el cencibel, capaz de ofrecer algunos de los mejores tintos del país cuando se cultiva y vinifica con criterios de excelencia.

Lo más llamativo es que buena parte de esa revolución está llegando desde fuera de la propia DO La Mancha.

Cada vez son más las bodegas que apuestan por recuperar viejas parcelas de airén o reivindicar el potencial del cencibel, elaborando vinos de enorme personalidad y enorme reconocimiento. Sin embargo, muchos de esos proyectos encuentran mejor acomodo bajo la Indicación Geográfica Protegida Vino de la Tierra de Castilla, donde disponen de una mayor libertad para desarrollar su filosofía y construir una marca propia, antes que bajo el paraguas de la DO La Mancha.

Y esa debería ser una señal de alarma.

Cuando algunos de los proyectos más innovadores y mejor valorados del territorio deciden no ampararse en la principal denominación de origen de la región, quizá el problema no esté en las bodegas, sino en el modelo.

¿Dónde está el debate que realmente necesita la DO La Mancha?

Nadie discute que la innovación sea necesaria.

Nadie cuestiona que los vinos desalcoholizados puedan representar una oportunidad comercial.

Lo que resulta difícil de entender es que el Consejo Regulador parezca considerar prioritario crear una certificación específica para los vinos 0,0 mientras sigue sin abordar un debate mucho más importante: cómo hacer que la contraetiqueta de la DO La Mancha vuelva a ser un auténtico sello de prestigio.

¿Dónde quedó aquel proyecto La Mancha Excelente, presentado hace años como la gran apuesta para distinguir los vinos de mayor calidad de la denominación? Nació con apenas dos vinos acogidos y, con el paso del tiempo, prácticamente ha desaparecido sin haber conseguido cumplir el objetivo para el que fue concebido.

Tampoco parece existir voluntad para abrir otros debates que llevan años encima de la mesa y que sí han demostrado ser herramientas eficaces en otras regiones vitivinícolas: la creación de subzonas que reflejen la diversidad del inmenso territorio manchego; el reconocimiento de vinos de pueblo que pongan en valor el origen concreto de cada elaboración; o incluso la identificación de vinos de paraje, capaces de destacar viñedos singulares con características propias.

Todas esas iniciativas tienen algo en común: aportan identidad, generan prestigio y permiten explicar al consumidor por qué un vino merece ser diferente y, por tanto, valer más.

Porque esa debería ser la verdadera obsesión de cualquier denominación de origen.

No vender más contraetiquetas.

Sino conseguir que cada contraetiqueta tenga más valor.

Cuando el prestigio de una denominación aumenta, aumenta también el prestigio de las bodegas que la integran. Pero, sobre todo, aumenta el prestigio del trabajo de miles de viticultores que cultivan sus viñas cada año.

Y cuando el consumidor está dispuesto a pagar más por una botella porque reconoce el valor de su origen, esa riqueza termina repercutiendo en toda la cadena de valor. También en el agricultor, que ve cómo la uva deja de competir únicamente por kilos para hacerlo por calidad.

La Mancha posee el mayor viñedo del mundo, un patrimonio varietal extraordinario y viticultores capaces de elaborar vinos de primer nivel. Tiene todos los ingredientes para convertirse en una de las grandes denominaciones de origen de Europa.

La pregunta es si su Consejo Regulador quiere liderar ese camino hacia el prestigio o seguir conformándose con vender más tirillas.

Porque una denominación fuerte no es la que más certifica.

Es la que consigue que su sello sea motivo de orgullo para quien produce el vino y de confianza para quien lo compra.

Jesús Benito
Jesús Benitohttps://entomelloso.com
Jesús Benito Lara es comunicador y director de enTomelloso.com y SomosCLM.com. Cuenta con una amplia trayectoria en comunicación digital, creación de contenidos y producción audiovisual. Apasionado por la tecnología y la innovación, trabaja para ofrecer información cercana, rigurosa y útil, además de impulsar proyectos de comunicación para empresas e instituciones.

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