5 de octubre. Día Mundial de las y los docentes

En 1994 la UNESCO estableció el Día Mundial de las y los Docentes

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En 1994 la UNESCO estableció el Día Mundial de las y los Docentes, una conmemoración que nos invita a detenernos un instante y mirar hacia quienes tienen la tarea de enseñar. Sin embargo, desde hace unos años yo ya me encuentro en un lugar diferente, ya no tengo horario y tampoco hay alumnos ni alumnas que me esperen al otro lado de la puerta. Estoy jubilado. Me relaja mucho pensar en esto, especialmente cuando llega el 1 de septiembre, cada comienzo de curso, ahora que ya no es una obligación; pero es en fechas como esta, la del 5 de octubre, cuando algo dentro de mí se resiste a aceptar que esta celebración ya no me pertenece.

Uno puede jubilarse administrativamente, dejar un centro, los exámenes, los claustros, los pasillos y ese bullicio tan particular de una escuela cuando comienza la jornada. Puede dejar de entrar cada mañana en un aula, pero un maestro no se jubila del todo porque siempre quedan los nombres, aunque algunos se borren con el tiempo, las voces, los gestos y los rostros con los que algunos días te miraban asombrados los alumnos y alumnas; quedan las preguntas inesperadas que obligaron a cambiar una explicación o a aplazarla porque en ese momento no se tenía la respuesta; aquello que salió mal y que fue un fracaso, pero que terminó siendo una lección aprendida; porque enseñar también consiste en aprender constantemente.

Hace pocas semanas PISA ocupaba buena parte de las conversaciones y de cómo los resultados echaban un jarro de agua fría sobre los sistemas educativos, en general, y sobre el nuestro en particular. Con las cifras en la mano conocemos tendencias que dan pie a formular las preguntas incómodas de qué falla, qué estamos haciendo mal; y sería absurdo despreciar los datos, pero, en mi opinión, sería un error convertirlos en una especie de liga de países, en un juicio final sobre la escuela y sobre quienes enseñan. PISA mide determinadas competencias de estudiantes de 15 años, no mide la paciencia de un docente ni su capacidad para alimentar un talento o una vocación; no hace métricas sobre la conversación que se tuvo con una familia ni cuenta las veces que se consigue que un alumno vuelva a intentarlo después de que se haya sentido fracasado. No mide las pequeñas victorias, y la educación está hecha, en buena medida, de pequeñas victorias; las del cada día, porque las grandes casi nunca alcanzamos a verlas mientras estamos en la escuela.

Dicho esto, no quiero decir que los docentes no tengamos responsabilidad. La tenemos y mucha. Un profesor o profesora puede tener más o menos destreza y competencia pedagógica, puede actualizarse o quedarse anclado confiado en que la escuela de cuando empezó es la misma de ahora. Puede exigir poco o confiar demasiado poco en sus alumnos, puede estimular la curiosidad o convertir el conocimiento en una sucesión de obligaciones monótonas y poco significativas. Puede abrir una puerta o cerrarla.

Conviene reconocer que la profesión docente exige competencia, formación, compromiso y responsabilidad, pero no puede entenderse nunca como una tarea personal o individual de la que dependa todo, incluidos los resultados. Entre un alumno y su maestro o maestra hay una familia, un entorno social, una escuela, unas políticas educativas, unos recursos, unos horarios, unas condiciones laborales, compañeros y compañeras, unas expectativas y una larga historia escolar. Tal vez esto lo comprendemos mejor quienes hemos dejado las aulas y al mirar hacia atrás tomamos conciencia de que ningún alumno fue solamente «nuestro», ya que formamos parte de una cadena en la que recibimos un legado y pasado un tiempo lo transmitimos, lo entregamos.

En este sentido, un maestro o maestra jubilada no debería tomarse por alguien que ya ha quedado fuera de la educación, digamos que ha pasado a una vida ‘civil’ una vez que ha abandonado el ejercicio activo de la profesión. Reivindico y animo a pensar que formamos parte de su memoria y que hemos contribuido, aunque sea modestamente, a construirla.

Quizá por eso el Día Mundial de las y los Docentes también pertenece a quienes ya no ejercemos, no para ocupar el lugar de quienes hoy enseñan. Ese lugar es suyo y debemos respetarlo. Tampoco para decirles cómo deben hacer su trabajo, porque cada generación de docentes se enfrenta a problemas y situaciones que las anteriores no conocimos. Sí podemos acompañarlos para recordar que la tarea de enseñar no es sencilla, pero sí trascendente. Siempre hay un momento en el que dejamos de ver a nuestros alumnos y alumnas, pero no dejamos de formar parte de lo que llegan a ser; igualmente, ellos y ellas forman parte de lo que somos nosotros.

Con gratitud, celebremos a quienes hoy están en las aulas, con sus dificultades y sus esperanzas; a quienes empiezan y todavía están descubriendo lo que significa enseñar, a quienes llevan décadas haciéndolo y pueden sentirse cansados, a aquellos y aquellas para los que la docencia ha ocupado su vida durante tantos años.

Luis Miguel Miñarro López
Luis Miguel Miñarro López
Doctor en Estudios Filológicos. Antropólogo social. Maestro.

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