Crónica vintage: La quinta que volcó el tren

La verdadera historia de una leyenda que, en parte, fue real

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Las anécdotas históricas suelen alimentar leyendas y contener una verdad muy exagerada o, al menos, bastante alejada de la realidad, según interese contarla para transmitir un mensaje u otro. En el caso que ahora nos ocupa, la anécdota se convirtió en una leyenda que, con el tiempo, llegó a silenciarse por su incorrección. Después de varias décadas, podría incluso interpretarse como un símbolo de patético salvajismo por las mentes más correctas, incapaces de situar los hechos en su contexto histórico y social.

Para ponernos en situación, diré que corría el año 1944. España aún tenía muy frescas las profundas heridas psicológicas y económicas de una cruel guerra civil. Y aunque pueda parecer que todas estas circunstancias no tienen nada que ver con el asunto que nos ocupa, insisto en que el contexto histórico ayuda a comprender la veracidad de una anécdota que, en otras circunstancias, parecería una exageración con demasiadas concesiones cómicas y literarias. Pero resulta que, casi siempre, la realidad supera a la ficción.

Vamos al asunto.

En la España de 1944, el servicio militar era obligatorio para todos los mozos, que era como se llamaba entonces a los veinteañeros que entraban en «quinta». En el año en que cumplían los 20 años debían acudir a «la llamada de la Patria» e incorporarse a filas durante 24 meses. La mayoría de los destinos se encontraban considerablemente alejados de sus lugares de origen y se asignaban de forma aleatoria, mediante sorteo.

Cuando los nuevos reclutas se incorporaban a filas, se producía en todo el territorio nacional un auténtico «trapicheo» de jóvenes que viajaban desde los distintos rincones del país hacia sus destinos, generalmente por ferrocarril.

El segundo reemplazo de la quinta de 1944 se concentró en la estación ferroviaria de Tomelloso, desde donde partió hacia Cinco Casas, recogiendo por el camino a los quintos de Argamasilla de Alba. Una vez allí, los jóvenes bajaron del automotor para esperar otro tren que los llevaría hacia el sur, pues la mayoría tenía asignados destinos tan lejanos como el norte de África (Ceuta, Melilla, Larache, Tetuán, etc.), Sidi Ifni, Canarias, el Sáhara o Guinea Ecuatorial. Los más afortunados se quedarían en Cádiz, Málaga o Sevilla.

Además de aguardar la llegada del tren que los conduciría a sus destinos, también debían esperar a los mozos de otros pueblos cercanos que todavía no habían llegado. Los tomelloseros y argamasilleros habían sido los primeros en presentarse.

Debemos imaginar el estado de ánimo de muchos de aquellos jóvenes, que iban a ausentarse de sus casas durante largos meses, sin poder ver a sus novias, amigos y familiares. Para ellos suponía un pequeño suplicio encontrarse tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos de casa. Los ánimos se fueron caldeando conforme pasaban las horas y el resto de los reclutas seguía sin aparecer.

Pero lo que terminó de encender los ánimos fue la noticia de que el tren que debía llevarlos hacia el sur no llegaría hasta la mañana siguiente. Ante semejante perspectiva, la mayoría decidió que prefería pasar aquellas horas en su pueblo, por lo que solicitaron que el automotor regresara a Tomelloso.

Las autoridades, como era lógico, se negaron a satisfacer sus deseos. Fue entonces cuando algunos de los mozos más enfervorecidos, animados también por una importante ingesta de vino, decidieron que sacarían el automotor de la vía y lo colocarían mirando hacia Tomelloso.

Lo curioso es que ignoraban un pequeño detalle: aquel automotor, que cubría la línea Tomelloso-Cinco Casas desde 1937, era reversible y disponía de cabina de conducción en ambos extremos. Es decir, no hacía falta darle la vuelta para emprender el camino de regreso.

A la ocurrencia de aquellos mozos se sumó el resto, en un irreflexivo acto de inocente brutalidad, y entre todos consiguieron sacar de la vía la cabecera del automotor. Finalmente, la intervención de las autoridades logró calmar los ánimos, aunque también contribuyó a ello el excesivo peso del tren, que hacía imposible llevar semejante burrada hasta sus últimas consecuencias.

Eso fue exactamente lo que ocurrió. Sin embargo, el episodio dio pie a una leyenda que creció rápidamente, alimentada por las acostumbradas exageraciones de nuestras gentes, hasta convertirse en la historia de un descarrilamiento total provocado por los mozos de aquella quinta.

Esta es la verdadera historia de lo sucedido. Para mucha gente no pasa de ser una leyenda sin fundamento, mientras que otros muchos siguen convencidos de que hubo una quinta que volcó un tren «del tó».

Manuel Buendía Pliego
Manuel Buendía Pliego
Persona inquieta y multidisciplinar. Artista plástico, profesor de dibujo y acuarela, diseñador, gastrónomo, y escritor aficionado. Ha publicado en distintos medios digitales varios relatos, también ha publicado un libro de microrrelatos junto a Carlos Naranjo, y está trabajando en varios proyectos editoriales.

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