Hoy puede ser de esos días que pasan inadvertidos. Precisamente por eso, quiero resaltar la importancia del día5 de noviembre, en el que celebramos el Día Internacional de las Personas Cuidadoras, una de esas figuras invisibles de nuestra sociedad que, desde ese lugar discreto y silencioso, constituyen uno de los pilares fundamentales sobre los que recae nuestro estado de bienestar.
Cuando hablamos de la persona que cuida, hablamos de todos aquellos familiares y amigos que, de forma desinteresada, deciden asumir la responsabilidad de atendery cuidar cuando nuestro estado de fragilidad nos impide poder seguir realizando actividades tan básicas como nuestro cuidado personal, cuando perdemos la autonomía para sencillas acciones a las que no damos importancia y que, en un momento determinado de nuestra vida, se convierten en una gran dificultad que nos impide valernos por nosotros mismos.
Pero la figura de quien cuida no solo es la de esa persona de nuestro entorno que, de manera informal, nos presta ayuda. También lo es el cuidador/a profesional que ha decidido, por vocación, dedicarse al cuidado de las personas más vulnerables, una profesión invisibilizada que no ha gozado del reconocimiento y prestigio que otras profesiones tienen.
Y es que, quienes se dedican a esta preciosa profesión no solo cuidan, también sostienen, ayudan, acompañan y hacen que su entorno sea confortable y de absoluta seguridad y confianza.
Pero ¿qué sería de nuestros mayores, personas enfermas y de todas aquellas personas dependientes si no existiera la figura cuidadora? ¿Cómo podríamos, como sociedad, seguir sosteniendo el estado de bienestar sin su presencia?
Lo cierto es que, sin ellos, nuestra sociedad y nuestro sistema colapsarían. Y ahí radica la importancia no solo de reconocer la labor del cuidador, sino también de cuidar a quien cuida.
Porque el cuidador está dispuesto a renunciar a una parte de su vida y, como consecuencia, está expuesto a experimentar situaciones de agotamiento emocional, físico y mental que impactan directamente en su bienestar y calidad de vida, ignorando sus propias necesidades y situando por encima de ellos mismos, las necesidades de la persona cuidada.
Y, aún se sigue vinculando la figura de la persona cuidadora con el género femenino, lo cual exige de forma implícita, que abuelas, madres, hijas, hermanas, nueras o nietas, sean quienes, en gran parte, sostienen la responsabilidad que socialmente se ha impuesto.
Por este motivo es fundamental que, como sociedad, seamos capaces de reconocer y valorar la importante labor que desempeñan, y debemos exigir a las instituciones que garanticen la protección de sus derechos y promuevan la mejora de sus condiciones laborales.
Reconozco que los periodos más bonitos (y duros) de mi vida, han sido aquellos en los que he tenido la oportunidad de cuidar a quien más quiero, de aprender a valorar lo que tenemos, por muy insignificante que parezca; de disfrutar de cada minuto y de vivir momentos que hoy, me hacen recordar el pasado con emoción y nostalgia.
Como ciudadana, quiero poner en valor su trabajo y la capacidad de resiliencia que demuestran día tras día y, muy especialmente, quiero manifestar mi más sincero agradecimiento por su entrega, cariño y dedicación, porque están ahí cuando nadie más está, sin pedir nada, en discreto silencio.
