Hay discos que empiezan y ya sabes que algo va a pasar. Stray Dogs (Sony Music / RCA, 25 de septiembre de 2026), el quinto álbum de Nothing But Thieves, abre con su canción homónima y desde los primeros segundos te coloca exactamente donde quiere la banda: en medio de un estadio entregado, rodeado de un efecto coral que da la sensación de estar dentro del público de un concierto.
Una apertura que no se parece a nada del resto del disco —más ambiental, más cinematográfica, con esa atmósfera que te prepara para lo que viene— y que se convierte, de lejos, en el momento más singular del álbum. Un arranque de bandera.
Para entender por qué Stray Dogs suena como suena hay que saber dónde se grabó: Angelic Studios, el mismo estudio donde Nothing But Thieves registraron su debut en 2015. No es nostalgia, es una declaración de intenciones. Conor Mason y los suyos vuelven al origen para recordar quiénes son y de dónde vienen.
El resultado es su disco más directo, más oscuro y más guitarrero desde aquel debut. Una vuelta al rock ‘n’ roll sin artificios, con influencias del grunge noventero, el post-punk y el alternative rock más visceral, todo filtrado por la capacidad de la banda para construir coros que se te meten en el cuerpo y no salen: anthemic, en el anglicismo.
El sello del disco son las capas y capas de guitarras, atmósferas sonoras saturadas que te entierran y te empujan hacia adelante sin que puedas hacer nada para evitarlo. Testosterone, el segundo corte, es fiel a su título: mantiene el músculo del arranque y es el ejemplo más claro de esa acumulación de texturas eléctricas en su justa medida, sin que nada sobre ni falte. Es la confirmación de que lo que escuchaste en la canción que abre el disco no fue un espejismo.
«Capas y capas de guitarras que te entierran y te empujan. Conor Mason vuelve al estudio donde todo empezó y encuentra exactamente lo que fue a buscar: el sonido de una banda que sabe quién es.»
El disco combina perfectamente los estilos y tendencias musicales que maneja el grupo. Hay momentos más relajados y lánguidos, como If You Don’t Have Someone to Love, donde la intensidad baja y la emoción toma el mando.
#5 es el punto donde el grunge quiere ser más melódico, con una estructura que crece con elegancia. Y luego está Baby Kool (Evelyn), uno de los singles del disco, donde Nothing But Thieves dejan volar su lado más explosivo al estilo de Stray Dogs: ambientación electrónica muy bien integrada, potente y al mismo tiempo elegante. De esos temas que se notan single desde el primer segundo porque están construidos para quedarse.
AI.Jesus es quizá el momento más provocador del disco desde el punto de vista temático —el título lo dice todo— y American Confidence apunta hacia el post-punk más directo, con una actitud que recuerda a sus trabajos más combativos.
Pero si hay un cierre que define lo que es Stray Dogs en su conjunto, ese es A Different Kind of Happiness: una especie de hálito de esperanza con el que la banda cierra el disco alejándose de los clichés, abriéndose a algo más luminoso y personal.
Un arco perfecto: del peso y la oscuridad de la apertura a una felicidad diferente, más auténtica, que no necesita ser explicada para ser sentida.
Doce canciones. Un disco que justifica el regreso al origen. Nothing But Thieves no se reinventan: se reencuentran. Y cuando una banda de este nivel se reencuentra consigo misma, el resultado es esto: rock poderoso, honesto y construido para durar.

