Pues, como todo en esta vida, hay racimos que no forman una bonita imagen de aquello que estamos acostumbrados a ver y que, como amantes de la fotografía, nos esmeramos en captar durante estos días de vendimia.
Pero estoy seguro de que todos ellos, juntos y en sus diferentes tonalidades —unos más verdes, otros más amarillos, otros más marrones—, son capaces de dar lugar a un caldo extraordinario cuando detrás hay tesón, sabiduría e ilusión.
Así que esta semana me he atrevido con la fotografía más «fea», o quizá simplemente la menos bonita, de todas las que hice aquel día en una hermosa viña junto a Pinilla.
Porque quizá también haya belleza en aquello que, a primera vista, no parece hermoso.



