Sócrates ante la ciudad cansada: poder, virtud y conciencia en el capitalismo tardío

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“Una vida sin examen no merece ser vivida”, afirma Sócrates en la Apología de Platón. La sentencia conserva su fuerza porque no pertenece sólo a la Atenas antigua: interpela también a una época saturada de información, propaganda, consumo y obediencias invisibles. Examinar la vida, hoy, no consiste únicamente en mirar hacia el interior de la conciencia; exige preguntarse por las condiciones materiales que fabrican nuestros deseos, nuestros miedos y nuestras formas de obedecer.

Desde una perspectiva marxista, el vacío espiritual de nuestro tiempo no puede separarse de la desposesión social. El sujeto moderno trabaja, consume, vota, opina y se indigna, pero rara vez controla las estructuras que ordenan su existencia. Cree elegir libremente, aunque muchas de sus elecciones han sido preparadas por el mercado, por la precariedad, por los medios y por los dispositivos que administran su atención. La pregunta socrática por el alma debe unirse, por tanto, a la pregunta marxista por el poder: quién produce la realidad social, quién se beneficia de ella y quién queda condenado a padecerla como si fuera naturaleza.

Además, Platón advierte en el “Fedro” que la escritura tiene algo de estatua: parece hablar, pero guarda silencio cuando se la interroga. Esa crítica resulta inquietantemente actual. Vivimos rodeados de textos, imágenes, consignas y archivos; sin embargo, esa abundancia no garantiza pensamiento. La memoria colectiva no se pierde por falta de documentos, sino por exceso de estímulos. El capitalismo digital no destruye la palabra: la acelera, la monetiza y la vuelve intercambiable. Todo puede decirse, pero casi nada permanece lo suficiente como para ser comprendido.

Por consiguiente, la vieja pregunta sobre quién debe gobernar vuelve a adquirir gravedad. “En la República”, Platón sostiene que la ciudad justa sólo puede nacer cuando gobiernan quienes aman la sabiduría más que el poder. Leída literalmente, esa tesis puede conducir a una desconfianza elitista hacia el pueblo; leída críticamente, señala una verdad incómoda: ninguna democracia sobrevive si entrega el mando a quienes sólo dominan el arte de seducir a la multitud. Ahora bien, una mirada marxista añade algo decisivo: tampoco hay democracia real cuando la economía permanece bajo el control de poderes que nadie elige.

Así, la democracia formal, reducida al voto periódico, se vuelve insuficiente. Si las grandes decisiones se desplazan hacia corporaciones, mercados financieros, burocracias opacas y aparatos mediáticos concentrados, la soberanía popular queda parcialmente vaciada. El ciudadano participa en la escena política, pero la obra principal se escribe en otro lugar. Sócrates preguntaba qué es la justicia; nuestro tiempo debe añadir otra pregunta: cómo puede existir justicia política sin justicia económica.

Asimismo, los demagogos no son una novedad. Sócrates los conoció bajo otros nombres: oradores capaces de halagar a la ciudad mientras la conducían hacia su ruina. “En el Gorgias”, Platón contrapone la verdadera política, orientada al bien del alma, con la retórica entendida como adulación. Esa distinción sigue siendo esencial. El demagogo no busca la verdad, sino eficacia emocional; no pregunta qué conviene a la comunidad, sino qué frase inflamará mejor el resentimiento. Su materia prima es el miedo, y su método consiste en convertir la frustración social en obediencia personal.

No obstante, sería ingenuo explicar la corrupción, el autoritarismo y la traición democrática sólo como defectos morales individuales. También son síntomas de un orden que premia la acumulación, la competencia feroz y la privatización de lo común. El corrupto no aparece solo: necesita redes, silencios, favores y una cultura donde todo parece tener precio. El demagogo prospera donde hay inseguridad material; el autoritario crece cuando la libertad se percibe como lujo y la protección como mercancía. Combatirlos exige virtud cívica, sí, pero también transformación estructural.

Ahora bien, esa transformación no puede llevarse a cabo sacrificando la justicia en nombre de sí misma. Sócrates enseña, en el Critón, que no se debe responder a una injusticia con otra. Esta idea corrige cualquier tentación de la política emancipadora. La lucha contra la dominación necesita organización, firmeza y conflicto; pero también límites éticos, autocrítica y vigilancia sobre sus propios medios. Una revolución que reproduce el culto al líder, la mentira útil o el mando absoluto termina pareciéndose demasiado al mundo que prometía superar.

De igual modo, el racismo debe comprenderse como algo más que un prejuicio. Sócrates habría preguntado qué hace bueno a un ser humano: si su origen, su sangre, su aspecto o sus actos. La respuesta filosófica es clara: ninguna persona posee más dignidad por nacimiento. Sin embargo, el marxismo contemporáneo permite profundizar: el racismo ha funcionado históricamente como una tecnología de división social, jerarquización del trabajo y legitimación de la explotación. Ha servido para abaratar vidas, enfrentar a los oprimidos entre sí y convertir diferencias accidentales en destinos políticos.

En cuanto a la violencia contra las mujeres, tampoco basta con reducirla a una falta individual de dominio. Es, además, una expresión de relaciones patriarcales inscritas en la familia, el trabajo, la cultura y el deseo. Quien ejerce violencia demuestra esclavitud respecto de sus impulsos, pero esa esclavitud se alimenta de estructuras que naturalizan la posesión, la desigualdad y la subordinación. Una política emancipadora no puede separar la explotación de clase de las opresiones de género, porque ambas se cruzan en la vida concreta: en los cuidados, en los salarios, en los cuerpos y en el tiempo.

Por otra parte, la crítica socrática a la ignorancia adquiere hoy una forma nueva. Nunca hubo tanta información disponible ni tanta dificultad para convertirla en sabiduría. Las herramientas digitales prometen autonomía, pero a menudo gobiernan la atención con una precisión que ningún tirano antiguo pudo imaginar. Cada notificación, cada aprobación pública y cada algoritmo de deseo participa en una economía política de la conciencia. Por eso, conocerse a uno mismo implica también conocer las fuerzas técnicas y económicas que nos empujan a mirar, comprar, odiar o callar.

Sin embargo, no conviene convertir el examen interior en refugio individualista. Gobernar el alma no significa retirarse de la ciudad, sino impedir que la ciudad sea gobernada por quienes explotan almas desordenadas, cansadas o temerosas. La conciencia crítica debe volverse práctica colectiva: organización, deliberación, defensa de derechos, creación de comunidad y disputa de las instituciones. Preguntar mejor es necesario, pero no suficiente. La filosofía, si no toca la realidad material, corre el riesgo de convertirse en consuelo elegante para quienes pueden permitirse contemplar el desastre desde lejos.

Finalmente, la serenidad de Sócrates ante la muerte recuerda que el poder no domina sólo mediante leyes, cárceles o dinero: domina también mediante el miedo. En la Apología, Sócrates afirma que temer la muerte es creer saber lo que no se sabe. Esa humildad radical resulta subversiva en una época obsesionada con la productividad, la imagen, la juventud y el rendimiento. Frente a un sistema que convierte incluso la existencia íntima en valor de mercado, la calma socrática dice algo insoportable para el poder: hay bienes que no se compran, no se venden y no se administran desde fuera.

Entre Sócrates y Marx no hay una contradicción inevitable, sino una tensión fecunda. Sócrates pregunta por la virtud, la justicia y el gobierno de uno mismo; Marx pregunta por las condiciones históricas que deforman la conciencia, organizan la explotación y convierten la libertad en apariencia. Pensarlos juntos permite formular una tarea urgente: transformar las estructuras que producen desigualdad sin abandonar el examen moral de los medios empleados. Cambiar el mundo exige algo más que vencer al adversario; exige no convertirse en aquello que se combate.

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