Una firma no les hace mayores: La autorización de los padres no convierte a un menor en adulto

Una autorización permite entrar a un festival, pero no convierte a un menor en adulto. El verdadero debate es qué modelo de ocio estamos construyendo para los adolescentes. Entre la infancia y la noche adulta, cada vez quedan menos escalones.

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Cada vez más menores acuden a festivales y grandes eventos con autorización familiar. La ley deja claro que eso no permite venderles alcohol, pero el verdadero debate quizá sea otro: ¿hemos dejado de ofrecerles un ocio pensado para su edad?

Hubo un tiempo en el que hacerse mayor era un proceso, no ocurría de golpe. Había etapas. Primero llegaban las fiestas del colegio. Después los cumpleaños con amig@s, los paseos por el pueblo con las bicis, las fiestas de pijamas, (aunque estas más recientes y poco habituales). Y por último y aún menos frecuentes, las sesiones light de las discotecas, Shodo-light en Tomelloso, por ejemplo. Aquellas tardes o primeras horas de la noche en las que los menores podían bailar, encontrarse con sus amigos y sentirse un poco más mayores, pero donde el alcohol desaparecía de las barras y el reloj marcaba el final antes de la madrugada.

No eran perfectas.

Pero respondían a una idea que hoy parece haberse perdido: los adolescentes también necesitaban un espacio propio. Hoy ese espacio ha desaparecido. Y cuando desaparecen los espacios intermedios, los saltos dejan de ser pequeños.

Se convierten en un salto al vacío.

Cada verano, miles de menores acuden a festivales y grandes eventos musicales acompañados de una autorización firmada por sus padres. Es una imagen que ya casi nadie cuestiona. Forma parte del paisaje. Pero conviene detenerse un momento.

Porque una autorización permite, en determinados casos, acceder a un recinto. No convierte a un menor en mayor de edad. No cambia la ley. Y, sobre todo, no elimina los riesgos.

La ley es mucho más clara de lo que muchos creen

Existe una confusión bastante extendida. Hay quien piensa que, si los padres han firmado una autorización, el menor puede participar en el evento en las mismas condiciones que cualquier adulto.

No es así.

En Castilla-La Mancha está prohibida la venta, dispensación o suministro de bebidas alcohólicas a menores de 18 años, con independencia de que sus padres hayan autorizado su asistencia. Esa prohibición deriva tanto de la legislación autonómica sobre prevención del consumo como de la normativa de espectáculos públicos.

Una firma autoriza una entrada. No autoriza una copa. Ni una pulsera con saldo. Ni un combinado servido en una barra. Ni mucho menos libera de responsabilidad a quien incumpla la ley. Porque la obligación de comprobar la edad sigue siendo de quien vende. Y la responsabilidad de organizar un evento seguro continúa siendo del promotor.

El problema no es la autorización

Sería demasiado fácil señalar únicamente a los padres. Y probablemente también sería injusto. La mayoría firma pensando que su hijo va a disfrutar de un concierto con sus amigos. No firma para que beba. Ni para que vuelva de madrugada sin control. Ni para que se encuentre en un entorno pensado, en realidad, para adultos.

El problema empieza cuando la autorización se interpreta como una especie de salvoconducto moral. Como si bastara una firma para eliminar todos los riesgos. Y no funciona así.

La responsabilidad se comparte. Las familias. Los organizadores. Las administraciones.

Y una sociedad que, poco a poco, ha normalizado que adolescentes de catorce, quince o dieciséis años compartan espacios donde el alcohol forma parte del propio modelo de negocio.

Los menores llegan antes a la noche

No hace tanto tiempo existían fronteras. Hoy esas fronteras son mucho más difusas. Las redes sociales han acelerado la adolescencia. Los referentes también, muchos chicos de catorce años consumen el mismo contenido, siguen a los mismos creadores y aspiran al mismo estilo de vida que jóvenes de veinte.

Los festivales forman parte de ese imaginario. No van solo a escuchar música, van a vivir aquello que llevan meses viendo en TikTok, Instagram o YouTube: Pulseras, escenarios, influencers, selfis, bebidas, la experiencia completa.

Y ahí aparece una pregunta incómoda. ¿Estamos ofreciendo experiencias adaptadas a su edad? ¿O simplemente les estamos dejando entrar en las nuestras?

Lo que antes existía… y hoy casi ha desaparecido

En muchas ciudades, también en Tomelloso, hubo una época en la que las discotecas organizaban sesiones específicas para menores. Había música, había baile, había luces, pero no había alcohol. Las botellas desaparecían de las barras, los horarios terminaban antes, los adultos no compartían el espacio, aquellas iniciativas no eran una anécdota.

Respondían a una necesidad muy concreta: ofrecer un lugar donde aprender a salir sin asumir todavía todos los riesgos de la noche adulta. Hoy esa etapa ha desaparecido. Y quizá ahí esté una parte del problema. Porque entre el parque y el festival hay un vacío. Entre la infancia y la madrugada hay un vacío.

Entre los doce y los dieciocho años seguimos sin saber muy bien qué ofrecerles.

También están las bebidas energéticas

Mientras el debate gira alrededor del alcohol, otro fenómeno ha crecido casi en silencio. El consumo de bebidas energéticas entre adolescentes. Los últimos estudios del Plan Nacional sobre Drogas muestran que su consumo es muy elevado entre estudiantes de 14 a 18 años y que una parte importante las mezcla con alcohol. No son inocuas. Y cuando se combinan con bebidas alcohólicas pueden aumentar la sensación de falsa seguridad y favorecer conductas de riesgo.

Quizá la pregunta sea otra

Cada vez que ocurre un episodio relacionado con menores en un festival buscamos un responsable.

Los padres. El promotor. La seguridad. La barra. La organización.

Pero quizá estemos haciendo la pregunta equivocada. Quizá deberíamos preguntarnos por qué hemos construido un modelo de ocio en el que un adolescente apenas encuentra espacios pensados para él.

O es demasiado pequeño… O ya está rodeado de dinámicas de adultos. No parece existir término medio.

Crecer no debería ser saltarse etapas

Ningún adolescente deja de querer salir con sus amigos porque se lo prohíba una ley. Eso ha ocurrido siempre. La diferencia está en qué sociedad encuentra cuando decide hacerlo. Si solo le ofrecemos ocio pensado para adultos, acabará intentando comportarse como uno. Y ahí es donde todos, de una forma u otra, compartimos responsabilidad.

Miguel Muñoz
Miguel Muñozhttps://entomelloso.com
Creativo, por que lo de artista está ya mu visto. Me apasiona contar historias. Soy fotógrafo y videógrafo en Ciudad Real. A veces escribo.

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