Lidia Gorrachategui llegó a Tomelloso “sin conocer a nadie”. Lo hizo casi por casualidad, después de una trayectoria marcada por la danza desde la infancia y tras formarse en distintas disciplinas y ciudades. Ocho años después, aquella apuesta se ha convertido en un proyecto asentado, con más de 240 alumnos y una comunidad que va mucho más allá de las clases de baile.
La directora del Estudio de Danza Lidia Gorrachategui fue la invitada de La Lumbrera Podcast, conducido por Carlos Ruiz y Santi Benito, donde habló de sus inicios, de su llegada a Tomelloso, del crecimiento de su escuela, del carnaval, de las galas solidarias y del vínculo humano que se ha creado alrededor de la danza.
Una llegada casi por casualidad
“Yo me vine a Tomelloso y no conocía a nadie, o sea, a nadie”, recordó Gorrachategui durante la entrevista. Su llegada fue inesperada. Tras trabajar en distintas escuelas y después de vivir en lugares como Madrid, Albacete, Alicante o Jávea, decidió buscar locales en la zona.
“Mi hermano estaba trabajando en Tomelloso. Yo, la verdad, que en Tomelloso no había venido, solo había venido en carnaval”, explicó. Vio un local, le gustó y decidió abrir su propia escuela en 2017.
El comienzo no fue fácil, pero sí esperanzador. Lidia repartió folletos por colegios, contactó con entidades como AFAS y comenzó a darse a conocer en una ciudad en la que no tenía red previa. “Abrí la escuela en octubre con 40 alumnos o algo así. Y a partir de ahí, la verdad que todo ha ido para arriba”, relató.
De 40 alumnos a una gran familia
Hoy, su academia supera los 240 alumnos y se ha convertido en un punto de encuentro para niños, jóvenes y adultos. En la conversación, Carlos llegó a plantear que el proyecto ya no es solo una academia, sino “un movimiento social”. Lidia respondió con naturalidad: “Siento como que tengo ahí una familia”.
Ese sentimiento de comunidad es uno de los grandes ejes de su trabajo. La profesora explicó que muchos alumnos no acuden solo por aprender técnica o coreografías, sino también por el grupo que se genera en torno al baile.
“Hace poco les preguntaba que por qué les gustaba venir a bailar y me decían: ‘Es que ya tengo mis amigos de baile y vengo a verlos’”, contó. “Al final haces tu grupo de gente. Lo veo en las niñas que tenía desde el día uno, que siguen ahora, y veo cómo son una piña”.
Una vida ligada a la danza desde la infancia
La danza apareció en su vida desde muy pequeña. Nacida en Madrid, Lidia empezó a bailar con apenas dos años. “Mi madre, mi abuela, era muy teatrera también. Yo creo que es algo que llevo dentro, pero fue mi madre la que me apuntó a bailar”, explicó.
Con ocho años se trasladó a Quintanar de la Orden, donde tuvo que adaptarse a una oferta formativa más limitada. Como no encontraba las disciplinas que buscaba, sus padres la llevaban a Alcázar para que pudiera seguir formándose.
Su recorrido la llevó después por Albacete, Alicante y Madrid, donde completó su formación superior en coreografía y dirección de intérpretes. Aunque se especializó en danza clásica, siempre tuvo interés por abarcar estilos muy distintos. “Yo quería bailarlo todo. Y la única forma de bailarlo todo es enseñándolo”, señaló.
Una escuela con muchos estilos y mucho trabajo detrás
En su escuela conviven ballet, flamenco, urbano, funky, bachata y otros estilos. Esa variedad exige una preparación intensa. “Yo me preparo las clases por la mañana y estudio muchas horas las coreografías”, explicó.
“Desde las cuatro que empiezas a dar clase hasta las nueve que das la última, has hecho ballet, flamenco, urbano… y cuando llega la última clase, la cabeza ya está un poco que mira la chuleta”, añadió.
Lidia reconoce que el trabajo de preparación cambia según el nivel y la edad de cada grupo. También admite que el baile urbano, aunque le gusta mucho, es una de las disciplinas que más exige a la hora de crear nuevas coreografías, especialmente con grupos adolescentes que ya han alcanzado un nivel alto.
El carnaval como escaparate del estudio
El carnaval es otro de los grandes escaparates del estudio. Lidia comenzó a participar en el desfile a partir de su segundo año en Tomelloso y desde entonces su escuela se ha convertido en una presencia habitual.
Para ella, el carnaval es “una muestra más” del trabajo de sus alumnos, aunque reconoce que es una de las citas más importantes junto al festival de fin de curso.
El proceso creativo comienza muchas veces con ideas que surgen en el día a día. Sobre el desfile de este año, contó que la inspiración llegó por el comentario de una alumna sobre un cumpleaños temático de Monster High. “Se te queda ahí”, explicó. Después, hablando con las chicas, la idea fue creciendo hasta incorporar muñecas como Barbie o Mariquita Pérez.
Galas solidarias y compromiso social
Además de las actuaciones de carnaval, la escuela organiza galas de fin de curso con carácter solidario. La primera fue para AFAS, entidad con la que Lidia ya había colaborado. Después han apoyado otras causas, y este año la gala será a beneficio de Manos Unidas.
“El dinero no va a ser para mí, pero el teatro hay que pagarlo”, explicó, recordando que estos eventos implican gastos de espacio, técnicos y escenografía.
Ese carácter solidario forma parte también de la relación que la escuela mantiene con Tomelloso. La danza no solo se muestra sobre el escenario, sino que se convierte en una forma de colaborar con entidades sociales y de implicar a alumnos y familias en causas cercanas.
Lo que no se ve desde el patio de butacas
Lidia también habló de lo que se vive detrás del escenario, especialmente en los camerinos y entre bambalinas. “Vosotros veis una cosa, pero yo, desde atrás, veo dos cosas muy diferentes”, dijo.
Por un lado, la ilusión y los nervios de los alumnos antes de salir; por otro, el esfuerzo técnico que hay detrás de cada actuación. “Trabajamos mucho para ver lo que veis y, obviamente, me siento súper orgullosa”.
La profesora relató incluso alguna anécdota de esos momentos de tensión, como la de un alumno, Jaime, que se quedó encerrado en el baño antes de salir a bailar. “Desde ese día él se cambia entre bambalinas. No quiere salir de los baños”, contó entre risas.
Tomelloso, una ciudad que la ha acogido
La profesora reconoció que Tomelloso la ha acogido muy bien. “Estoy súper contenta. La gente es súper maja. Ha sido buena conmigo y se ha volcado conmigo la gente que me ha conocido desde el principio. Tengo una suerte enorme, o sea, agradecida”, afirmó.
En la entrevista también hubo espacio para hablar de las dificultades. Lidia señaló que, aunque el proyecto funciona, el miedo sigue presente. “Ahora me va súper bien y tengo mucha gente, pero no sabes lo que va a durar”, reconoció.
También reclamó más facilidades para quienes promueven actividades culturales y benéficas, especialmente en el uso de espacios públicos como el teatro.
Una comunidad construida a través del baile
Ocho años después de llegar sin contactos ni certezas, Lidia Gorrachategui ha conseguido que su escuela sea mucho más que un lugar donde aprender a bailar. En torno a ella se ha creado una comunidad de alumnos, familias y colaboradores que comparten escenarios, festivales, carnavales, galas solidarias y, sobre todo, una forma de entender la danza como punto de encuentro.
“Tranquilidad, Lidia, que al final va a salir bien”, dijo que le diría hoy a aquella joven que llegó a Tomelloso casi de rebote. A juzgar por la respuesta de la ciudad y por la familia que ha creado alrededor del baile, aquella intuición no iba mal encaminada.
