Domingo por la mañana, frío moderado, el reloj está a punto de marcar las 9:00, poco movimiento en las calles, salvo un par de parejas de empleados municipales, que se afanan en dejar limpias las aceras, ciclistas rodando hacia al punto de quedada para realizar la correspondiente ruta. Unas «runners», a buen ritmo, suben por la Calle Don Víctor, un señor con una bolsa, camina rápido, se nota que son churros y quiere llegar rápido a casa para que no se enfríen demasiado. También, algunos fieles acuden a la iglesia para escuchar misa, y ven como por la Calle Doña Crisanta, un sol radiante les deslumbra justo en a unos pasos de atravesar la puerta de la eucaristía, y aunque parezcan muchas cosas a la vez, créanme, Tomelloso estaba muy tranquilo.

Poco a poco la ciudad irá despertando, las calles se llenarán de vida y trasiego, como el astro sol, que nunca para, y que, como nos enseñaron en el colegio, tiene dos movimientos, el de rotación sobre su mismo eje, y el de traslación.

Santiago Apóstol



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