Ya a Don Quijote le llegó la muerte «cuando él menos lo pensaba». Ni siquiera sus andanzas y locuras, por bienintencionadas que fueran, serían suficientes para contar con un supuesto «privilegio del cielo» que impidiera el fin de su propia vida.

De buen grado conocía Cervantes que la existencia nace con el rumbo torcido en dirección al punto mismo en el que la misma desaparece, haya hecho uno lo que haya hecho, contribuido (o no) con más (o menos) acciones, de cualquier naturaleza, a este mundo que a tantos nos contiene.

Y es verdaderamente notable la conjunción de circunstancias pues, aun con certeza sobre el desenlace, ignoramos cuándo nos saldrá la muerte al paso y, es más, seguro es que, acontezca cuando acontezca, lo hará con sorpresa, por mucho que intentemos mantener la atención concentrada en esta suerte de amenaza.

—Ha sido de repente, sin esperarlo —lamenta el más allegado.

—Se veía venir —refiere el más viejo de los testigos, meneando la cabeza con la vista puesta en las rodillas. Desprende cierto alivio, que convive con la pena, ya que no es uno quien fallece, sino otro.

—¿Qué dices? ¡Si estaba como un roble y respiraba con fuerza! —apunta el primero, soliviantado aún por el «sorpasso».

—Digo lo que digo —responde alzando la cabeza —¡y lo afirmo con vehemencia! Se veía venir desde el mismo día en que nació. Y si tú no te diste cuenta, es que eres bobo del todo.




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