Con motivo del Día Mundial contra el Cáncer, me parece necesario detenernos y reflexionar sobre esta enfermedad que, por desgracia, puede tocarle a cualquiera. El cáncer no distingue de edad, de género ni de contexto vital. Por eso, más allá del abordaje médico, quiero centrarme en algo que a menudo queda en un segundo plano: el impacto emocional que supone recibir un diagnóstico así.
Muchas veces evitamos incluso nombrar la palabra. Hablamos de “tumor”, de “bulto”, intentamos suavizar el término porque sabemos que genera un fuerte impacto. Y lo hace porque, en cuanto aparece la sospecha y comienzan las pruebas, surge el miedo. El miedo a perder la salud, a los tratamientos, a sus efectos… y, en el fondo, el miedo a la pérdida de la propia vida.
El momento del diagnóstico y el inicio del duelo
El momento más duro suele ser la primera vez que se confirma el diagnóstico. Cada cáncer es distinto, tiene su “nombre y apellidos”, y de eso dependerá el tratamiento y la evolución. Pero, en ese instante inicial, tanto la persona diagnosticada como su familia suelen quedarse bloqueadas. Aparece un duelo.
Cuando hablo de duelo me refiero a ese estado en el que cuesta creer lo que está pasando. “¿De verdad las pruebas dicen eso? ¿De verdad me está sucediendo a mí?”. El miedo, la incertidumbre y la preocupación ocupan todo el espacio. Necesitamos tiempo para asimilarlo, para empezar a poner palabras a lo que sentimos.
Muchas personas se bloquean porque no saben cómo expresar lo que les pasa. El miedo a lo desconocido paraliza. Por eso es tan importante poder verbalizarlo, decirlo en voz alta, aunque cueste.
Aceptar para poder avanzar
Desde mi experiencia profesional y personal, creo que la aceptación, aunque sea mínima, es una pieza clave del proceso. No es una aceptación resignada, sino una forma de poder adherirse al tratamiento, de buscar opciones y seguir las pautas médicas. Esa adherencia puede favorecer una mejor evolución, no siempre en términos de curación, pero sí en calidad de vida, en menor número de secuelas o en un mejor pronóstico.
En este camino aparecen muchos obstáculos. Los tratamientos tienen efectos secundarios visibles y duros, como la pérdida de pelo o el deterioro físico. Y con ellos llega otro proceso de aceptación: el del propio cambio corporal. No solo se trata de tratar la enfermedad, sino de convivir con todo lo que el tratamiento implica, también a nivel emocional.
El acompañamiento, una necesidad básica
Siempre defiendo que debe haber acompañamiento emocional, no solo para la persona diagnosticada, sino también para su familia. Necesitan expresar sus miedos, sus dudas, su tristeza, y sentirse escuchadas. El trato humano es fundamental.
Los profesionales sanitarios estamos acostumbrados, por desgracia, a dar este tipo de noticias. Pero para quien las recibe es un momento único y devastador. Por eso es tan importante la empatía, la cercanía, la información clara y la tranquilidad al comunicar.
Además, hay algo que muchas personas me transmiten en consulta: el miedo no desaparece del todo. Tras superar la enfermedad, llegan las revisiones, las pruebas periódicas, y con cada una de ellas vuelve la inquietud. El miedo a que reaparezca, a volver a pasar por lo mismo. Es comprensible, porque se ha sufrido mucho.
Mirar al futuro con apoyo y esperanza
Es cierto que, hoy en día, contamos con tratamientos cada vez más avanzados que permiten una mejor calidad de vida, aunque no siempre sea suficiente. Por eso también es fundamental seguir apostando por la investigación, por tratamientos más eficaces y menos invasivos.
El cáncer no solo impacta a nivel físico. Afecta a la vida laboral, familiar y social. El miedo se contagia al entorno. Como me decía una vez un paciente, “el miedo es libre, todos lo recogemos, pero luego gestionarlo es lo más difícil”.
Por eso, mi mensaje final es claro: pedir ayuda no es un signo de debilidad. Verbalizar el miedo, la tristeza o la preocupación no va a eliminar la enfermedad, pero sí puede aliviar el peso emocional y ayudar a transitar este proceso de una forma más acompañada.
A todas las personas que lo están pasando o lo han pasado, mucho ánimo. No estáis solas. Podemos pedir ayuda y merecemos un acompañamiento humano, cercano y respetuoso.
Aquí os dejo mi experiencia personal y lo vivido,
para mí padre que siempre está.
Al hablar del impacto emocional del cáncer, no puedo evitar pensar también en el dolor que deja cuando la enfermedad avanza y la pérdida llega. Porque no siempre hablamos solo del diagnóstico o del tratamiento, sino de todo lo que se rompe alrededor: los planes, las certezas y la idea de futuro que teníamos con esa persona. A veces, poner palabras a lo vivido es la única forma de hacerlo real y poder seguir caminando, aunque duela.
Qué difícil es ponerle palabras a lo que siente el corazón. Al dolor y a la angustia que se generan tras el diagnóstico, la enfermedad y la marcha de un ser querido. Y no de cualquiera, sino de alguien importante, de esas personas que creemos que siempre van a estar ahí, a las que imaginamos envejecer a nuestro lado. Pero la enfermedad llega sin avisar y rompe todos los planes y proyectos que dábamos por hechos.
A veces no hay palabras para describir lo que sentimos, pero escribir lo vivido o intentar expresarlo ayuda a visualizarlo, a hacerlo real. No significa que duela menos, sino que alivia el malestar. Expresar no es fácil, pero sí profundamente liberador.
Cuando tú no estés…
A lo largo de todo este proceso había una pregunta que me invadía constantemente: ¿qué pasará cuando tú no estés?
Desde las primeras pruebas, desde el primer diagnóstico, tú intuías lo que estaba ocurriendo. Ya lo habías vivido antes y no querías que volviera a pasar. Por eso demoraste todo lo posible acudir al hospital, porque sabías lo que podía venir después, la posible evolución. Y, aun así, siempre nos transmitiste tu fortaleza, tus ganas de luchar y tus ganas de vivir.
Ha sido un proceso largo. Has luchado en todo momento, has probado distintos tratamientos y te has aferrado a ellos pese a los efectos secundarios, pese al desgaste físico y emocional, aun sabiendo que podían llevarte a situaciones muy adversas, como finalmente ocurrió.
Durante estos meses de tratamientos y visitas médicas se han presentado muchos obstáculos, muchas situaciones que has ido superando, hasta el punto de que nunca pensamos que el desenlace fuera este, que llegarías a marcharte.
Si algo nos has dejado a todos es tu actitud. Tus ganas de vivir, tu fortaleza y tu lucha. Lo más impactante que he vivido a tu lado es que, hasta el último momento, te aferraste a la vida. Luchaste por cada tratamiento, intentaste vivir aunque todo viniera en contra, aunque percibieras que las esperanzas eran pocas. Aún resuena tu voz diciendo: “adelante con todo”.
Esta enfermedad te llevó a un lugar en el que no querías estar: meses hospitalizado, siendo dependiente, sin poder moverte ni salir. Eso te enfadaba y te frustraba profundamente, porque ese no eras tú.
Ojalá que allí donde estés —aunque no sepa dónde ni pueda verte— te sientas libre, sin dolor, sin enfado ni preocupación. Te imagino caminando, como hacías a diario, con tu bicicleta, con los animales que tanto cuidabas. Y cada vez que veo un pájaro volar, te siento cerca, volando sobre nosotros, libre, tranquilo… y quiero pensar que feliz.
De alguna manera, quienes se marchan nos protegen. O al menos es lo que necesitamos creer para seguir adelante, aunque el dolor no sea menor.
Esto no es una despedida, sino un hasta pronto. Decir adiós duele y desconsuela, porque quien vive en nuestros recuerdos y en lo compartido no se va del todo. Se queda. Y nos volveremos a encontrar en otro momento.




