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sábado, 25 mayo

La música de Tánger

Un relato de Manuel Buendía Pliego

Oswald era un personaje peculiar. Era el director de la Orquesta Internacional de Tánger, la que noche tras noche actuaba en el Club Europa. La orquesta estaba formada por una docena de músicos de varios países y su repertorio era un conglomerado de ritmos latinos con arreglos jazzísticos, hechos por el propio Oswald, en los que a veces colaban pasodobles españoles, viejas «chansons» francesas e incluso algún tema tradicional magrebí.

El Club Europa estaba situado en los bajos del Hotel Europa, y era en realidad una prolongación de este. El singular edificio era una peculiar y armoniosa mezcla de estilos, tanto en el interior como en el exterior. Si exteriormente era un edificio de estilo colonial con detalles árabes y una austera decoración, en el interior se combinaban estos estilos además con detalles Art Nouveau en una caótica y ecléctica paleta decorativa.

Allí solíamos alojarnos los europeos que vivíamos en Tánger de una manera más o menos estable, y por lo tanto éramos el grueso de la clientela habitual del Club. El resto de clientes se componía de hombres de negocios y exiliados europeos que por aquellos tiempos -después de la invasión de Polonia y la terrible guerra que vino a continuación- iban y venían tan deprisa que pasaban a nuestro lado sin que pudiésemos llegar a conocerlos a todos. Esa situación terminó por crear un ambiente enrarecido que en alguna ocasión llegó a hacernos vivir momentos tensos. No obstante, la música y el ambiente del local nos sumergían en un mundo de placeres, alcohol y sensualidad que hacía que nos olvidáramos efímeramente de la terrible situación internacional.

Fue una noche de esas, de excesos etílicos, que la volví a ver – después de casi un año y en el Club Europa-. Inmediatamente volvieron a mí todos los fantasmas del pasado. Una extraña sensación se apoderó de mí. La cantidad de alcohol que llevaba dentro y los recuerdos que tanto me habían atormentado durante mucho tiempo me condujeron a un estado de excitación descontrolada. Quizá no estaba preparado para una situación así y por eso decidí marcharme por la puerta trasera que comunicaba con el hall del hotel, pero antes de poder perderme ella me cortó el paso. Con su encantadora sonrisa y más bella que nunca, me besó y me dijo:

-«Que alegría volver a verte querido Daniel, sabía que el periódico te había enviado aquí y tenía la esperanza de volver a verte». –No recuerdo las palabras exactas, pero es lo que más o menos me dijo- «Pero, no te marcharías ya, ¿verdad? No te lo permito, tómate una copa con nosotros. Ven, querido, te presentaré a mis amigos». -Después de tanto tiempo lo ocurrido aquella noche sigue siendo para mí una especie de broma onírica que no recuerdo con claridad.

El grupo humano que componía lo que ella llamaba sus amigos era de lo más curioso: una princesa rusa; un viejo play-boy italiano; Hassan el cacique local y un diplomático suizo que hablaba con un sospechoso acento alemán. Un patético y decadente muestrario de lo que podía reunirse en la ciudad aquellos días. Inmediatamente mi cabeza comenzó a viajar del pasado al presente en una macabra carrera. No sé cómo pude excusarme, pero me escapé de aquella mesa escuchando su voz sin saber bien qué decía.

Salí al frescor de la calle sin subir a la habitación y me puse a deambular caminando directamente hacia el malecón sin que en mi mente estuviera programado el recorrido. Mi idea era simplemente dar un paseo nocturno para aplacar, en la medida de lo posible, el malestar que me aquejaba. Sin embargo, me descubrí caminando rápido, casi a la carrera, como si llevara prisa por llegar pronto a algún lugar. Así fue como me encontré en una zona del puerto con fama de peligrosa incluso de día. El recorrido era habitual para mí y jamás tuve ningún incidente. El alcohol siempre me ha regalado elevadas dosis de temeridad y quizá esa autoconfianza se trasmitía. El caso es que nunca llegué a sentirme atemorizado cuando paseaba por ese barrio conflictivo.

El calor que sufríamos durante el día a esas alturas del año -finales de junio– derivaba al anochecer en una temperatura bastante fresca, favorecida por los vientos atlánticos. Sabía que los días claros se veía la costa española, pero aquella noche se me mostró como una alucinación. Ver la costa española movió un resorte en mi cerebro liberando todo lo que había tenido arrinconado tanto tiempo.

Enseguida empezaron a pasar por mi mente todos los recuerdos de mi estancia en España cubriendo la información para mi periódico de la guerra civil, cómo la conocí a ella y nuestra intensa relación. Después vino el desencanto, sus relaciones con otros hombres de dudosa procedencia y el sufrimiento que ello me producía. Ante el estancamiento de la contienda y mi penosa situación personal volví a París, donde poco tiempo después la volví a encontrar.

De nuevo más bella y terriblemente perversa, seguía teniendo dudosas amistades y eso la hacía aún más extrañamente atractiva para mí. Nuestra relación comenzó de nuevo en París, como si jamás hubiese sido cortada, y de nuevo me sumergí en su universo de placeres, cayendo otra vez en el peligroso juego al que la pasión por ella me arrastraba. De pronto desapareció de la ciudad sin dar explicaciones -de nuevo- y poco a poco de mi vida con un terrible dolor acumulado.

Luego llegó la publicación de mi primer libro y su relativo éxito, la propuesta de mi corresponsalía en Tánger, la cual acepté muy gustoso, pues los alemanes habían comenzado la invasión de Francia. Después vino mi gradual entrega al mundo de los placeres y la vida mundana. Algo había muerto en mí, simplemente me dejé llevar y la ciudad hizo el resto, hasta esa noche en que todo se desató.

Aún hoy no logro explicarme cuál fue el motivo que me hizo reaccionar, quizá fue la música de la orquesta de Oswald, mezclada con los sonidos de canciones árabes que salían de todos los rincones de la ciudad. Recuerdo, sin embargo, cómo el húmedo y salado viento provocó un estado de increíble serenidad en mi espíritu y una cordura que hasta entonces nunca había sentido.

Al día siguiente recogería todas mis cosas, me uniría a un grupo de exiliados republicanos españoles y me iría a Francia, a mi querida vieja Europa, a contribuir a parar el fascismo. Dejaría atrás ese paraíso hedonista y por fin haría algo con mi vida. Aquella mágica noche perdí todos mis miedos.

Manuel Buendía Pliego
Manuel Buendía Pliego
Persona inquieta y multidisciplinar. Artista plástico, profesor de dibujo y acuarela, diseñador, gastrónomo, y escritor aficionado. Ha publicado en distintos medios digitales varios relatos, también ha publicado un libro de microrrelatos junto a Carlos Naranjo, y está trabajando en varios proyectos editoriales.
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