Hoy les voy a hablar de por qué necesitamos un (buen) mercado de trabajo, que no es poco. A la hora de hacerlo, lo más difícil es evitar las trincheras, pues conducen a puntos de silla distantes entre sí, condenándonos a enfrentamientos tan estériles como pueriles. Por esa razón, prometo no emplear el término «reforma laboral» (salvando esta ocasión, claro). Emplearé otra estrategia. A ver qué les parece.

Hace unos días encontraba en Twitter un buen punto de partida. Me refiero a este gráfico que muestra el nivel de empleos privados (serie anaranjada) y el de empleos públicos (serie en azul):

El gráfico, posteado por el economista @BernaldoDQuiros, es excelente para trabajar en clase y propiciar aprendizajes pues en él hay mucho de lo que hablar.

En primer lugar, se trata de un gráfico de doble escala que representa el nivel de empleo público (en el eje vertical de la derecha) y el nivel de empleo privado (en el eje vertical de la izquierda). El lector que encare este gráfico debe conocer este detalle, pues los valores de cada eje difieren. De esta forma, encontrarán ustedes que los valores del empleo privado (número de personas que trabajan en el sector privado) oscilan entre los 10 y los 14,5 millones de personas, mientras que los valores del empleo público (funcionarios) se mueven entre los 2,5 y 3,5 millones.

—¿Por qué se hace esto así? ¿Se pretende confundir?

No necesariamente. Y me explico. Si lo que ustedes desean es conocer (y comparar) la evolución o la dinámica de dos tipos de datos cuyos valores son muy diferentes, deberán emplear dos escalas si quieren emplear los datos originales. Si no lo hacen y emplean una sola escala, verán esto:

¿Buscaban visualizar alguna relación entre el empleo público, el privado (asalariados) y el ciclo económico? Aquí será difícil conseguirlo. Por esta razón, pueden emplearse dos escalas. Ahora bien, el inconveniente es cómo elegimos la amplitud de las mismas (la distancia entre 2,5 y 3 en el eje del sector público, por ejemplo). Para solventarlo, podemos normalizar todos los valores a 100. Es muy sencillo, miren:

Si en el arranque de la serie (primer trimestre de 2002), existían 12.099.900 asalariados en el sector privado, diremos que esta cifra es 100. Por tanto, si en el segundo trimestre de 2002, los asalariados privados ascendían a 12.280.200, el dato normalizado será 101,49 (es decir, el empleo asalariado privado del segundo trimestre de 2002 era un 1,49 por ciento mayor al del trimestre anterior). Prueben. Es cuestión de resolver una regla de tres.

Haremos lo mismo con el empleo público y así las dos series de datos partirán de 100 y tendrán la misma escala. El resultado, en gráfico, es este:

¡Cuidado ahora! En este último gráfico no estamos representando el número real de asalariados. Es, más bien, su dinámica lo que apreciamos. No deben confundir esto.

La realidad es única, aunque, en función de la estrategia que escojamos para graficarla, parece sugerirnos cosas bien distintas. Eso sí, sólo lo parece. Lo cierto es que los gráficos nos ofrecen la misma información, siempre y cuando sepamos qué se está representado y en qué escala. Fíjense, de nuevo, en el primer y tercer gráfico (niveles en dos escalas y dinámica):

Lo primero que observamos es una intensa destrucción de empleo, tanto público como privado, desde el origen de la serie hasta el primer trimestre de 2013 (la tasa de paro general llegaría al 26,94 por ciento). Esta es una característica de nuestra economía: en las crisis, el ajuste se produce, principalmente, por la vía del empleo y, en menor medida, a través de los salarios.

El párrafo anterior es importante. El coste laboral al que las empresas se enfrentan por cada puesto de trabajo puede aproximarse mediante el producto {salario}x{horas de trabajo}. Por tanto, si la economía atraviesa una recesión y las empresas sufren una caída en sus ingresos, a la hora de ajustar su coste laboral, podrán optar entre reducir el salario o las horas de trabajo (o los dos a la vez). En nuestra economía, tradicionalmente, se ha otorgado una mayor importancia a proteger el salario, por lo que, en las crisis, solemos destruir mucho empleo. El concepto «flexi-seguridad» que es exigido por la Unión Europea viene a referir que nuestro mercado de trabajo debe avanzar por la dirección contraria. Es decir, los salarios deben poder ser flexibles para que, en caso de crisis, el ajuste no se haga por el empleo, destruyéndolo intensamente. En esto estamos ahora mismo. Si escuchan alguna trifulca en el seno del gobierno, es muy probable que tenga que ver con la «flexi-seguridad» (piénsese que, para alcanzarla, quien parece perder un mayor peso relativo son los convenios colectivos de sector).

No acaban aquí los males del mercado de trabajo. Destrucción intensa del empleo, sí, pero, sobre todo, del empleo temporal ¿Por qué razón? Básicamente, porque el empleo indefinido (que también sufrió) es más costoso de poner en la calle (más tiempo de indemnización) y, segundo, porque tenemos muchísimas personas con contratos temporales. Por cada 4 contratos de trabajo, aproximadamente 1 es temporal. Esta relación es más del doble que la existente en la Unión Europea. Las consecuencias de entrar y salir constantemente del mercado de trabajo son importantes: falta de experiencia, falta de motivación, productividad reducida, ausencia de formación en el centro de trabajo, salarios bajos, etcétera.

¿Qué ocurre cuando la economía comienza a desperezarse, tras la gran crisis desatada en 2008? Si observamos, de nuevo, las dos gráficas, comprobaremos que el empleo privado responde con mayor intensidad que el empleo público:

La recuperación del empleo privado comienza antes. Las voces expertas suelen coincidir: este impulso guarda relación con la «flexi-seguridad» introducida en la legislación laboral. Si se fijan en los dos gráficos, comprobarán que el empleo privado había recuperado su nivel de 2011 para el año 2016, aproximadamente. Sin embargo, el empleo público no comenzaría a aumentar hasta el año 2017 y no sería hasta el año 2020 cuando alcanzaría el nivel de 2011 (nueve años fueron necesarios para volver a los números iniciales de empleo público). Lo anterior sólo es posible si una parte importante del empleo público es temporal. De nuevo, ante una crisis económica y la necesidad de reducir el déficit público, son los empleados temporales los que resultan expulsados del mercado de trabajo. Cuando la economía se recupera, estos empleados vuelven a ser contratados (en el caso del sector público, cuando la presión sobre el déficit se alivia). Miren la tasa de temporalidad en el empleo público:

Desde 2018, la tasa de temporalidad en el sector público no ha hecho otra cosa que aumentar, hasta situarse por encima del 30% (mucho mayor que la media total para el conjunto del empleo).

Para terminar, si nos centramos en la última etapa de la serie temporal (la pandemia Covid-19), se darán cuenta de que el empleo privado ha sufrido mucho. De nuevo, el empleo temporal ha pagado la crisis, saliendo del mercado de trabajo. No ha ocurrido así con el empleo público esta vez. La razón es obvia: no ha habido presión para reducir el déficit público y ha sido necesario reforzar las plantillas de sanidad y educación, aunque de nuevo con empleo temporal. La pregunta es ¿acabarán saliendo del mercado de trabajo estos temporales también? Si vuelve a repetirse la historia reciente, así será.

¿Qué hemos aprendido hasta aquí sobre los gráficos y sobre el mercado de trabajo?

La primera lección es simple: miren siempre los nombres y escalas de los ejes en los gráficos. No se dejen guiar por las primeras impresiones.

En segundo lugar, no se inquieten. Sean cuales sean los métodos empleados para graficar, la realidad es tozuda y acabará imponiéndose, por lo que los gráficos tenderán a ofrecernos las mismas dinámicas.

En tercer lugar, que en nuestro mercado de trabajo existe un «ejército de reserva» de trabajadores temporales que entran y salen del mismo, en función del signo del ciclo económico, con todas las consecuencias negativas que ello conlleva. Esto ocurre no sólo en el sector privado sino también (y con mayor intensidad si cabe) en el sector público. El término «ejército de reserva» lo cojo prestado de un clarificador artículo del economista José Antonio Herce, escrito en 2016, aunque de plena actualidad.

Cabe preguntarse, entonces, por qué motivos tanto empresas privadas como el propio sector público se apoyan de esta manera en la temporalidad. Desde luego, no parece que sea algo que pueda eliminarse por decreto. Tal vez, la brecha que existe entre las condiciones y características de los contratos indefinidos y de los temporales tenga algo que ver. Es posible que la «flexi-seguridad» no sea el único término de la ecuación.

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