Salones Epilogo

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Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo”. (Bula Misericordie Vultus, El Rostro de la Misericordia)


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Acabamos de estrenar con gozo el Año de la Misericordia. Un tiempo en el que la Iglesia nos invita a reflexionar y hacer realidad de una manera especial esta virtud que algunos cristianos la han venido identificando erróneamente como algo sensiblero, sentimental, pasivo y lastimero, cuando nada le es más ajeno. Muy al contrario, la verdadera misericordia es aquella que mueve nuestros corazones hacia el otro, una virtud que nos invita a la ternura, a la afabilidad, a la compasión,…pero desde una postura nueva, vital, dinámica, de ayuda inmediata, saliendo de nuestras situaciones confortables, disponiéndonos para amar. Esta es la verdadera Navidad.

Esta salida de nosotros mismos supone ante todo, dejar atrás las actitudes de indiferencia o de suficiencia, altivez y paternalismo en nuestras maneras de ser y hacer…pero primordialmente en nuestras formas de pensar…que al final las primeras suelen ser con mucha frecuencia hijas de ésta última. La misericordia, antes bien, supone abajamiento, condescendía, comprensión porque es la eterna forma de ser y actuar de Dios con la humanidad. ¿Qué es sino la Navidad? “La misericordia en la Sagrada Escritura es la palabra clave para indicar el actuar de Dios hacia nosotros. Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano. La misericordia de Dios es su responsabilidad por nosotros”. (B.M.V. nº 9). En consecuencia, la misericordia es para nosotros los creyentes, la manera de hacer, de practicar, de llevar el Amor de Dios a los demás. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. (Lc 6,36).


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Si la caridad es la pura donación de ese amor, la misericordia es la apertura de nuestro corazón mostrando a los demás nuestra fragilidad y en especial a quienes tienen el suyo más entristecido y roto por las adversidades de la vida. “En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye” (B.M.V. nº 15)

La misericordia pues, no nos incita solamente a permanecer al lado del empobrecido, a “estar con él”, sino que nos provoca el deseo de “estar en él…penetrando en él para llegar a ser parte de él”.  La misericordia como la delicadeza de la caridad. La misericordia como la virtud del acercamiento fraternal al más pequeño.


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El Papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium así nos lo explica de una manera especialmente clara: “Nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones o en programas de promoción y asistencia; lo que el Espíritu moviliza no es un desborde activista, sino ante todo una atención puesta en el otro «considerándolo como uno consigo» Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien. Esto implica valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, con su cultura, con su modo de vivir la fe.” 

En consecuencia, aquellos cristianos que dedican su vida de una manera seria a intentar paliar el gravísimo problema de la pobreza, la dinámica liberadora compartida con el empobrecido resulta fundamental y necesaria para lograr el buen fin de lo que se proponen. En ese proceso, tanto el asistencialismo como la promoción e integración social del desfavorecido han de estar siempre impregnados desde su inicio con un talante de misericordia.



Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos”. (M.V. nº 15)

En Cáritas, el largo y difícil trayecto en el que trascurre nuestro quehacer, desde el momento de pura asistencia al de promoción e integración de las personas, está jalonado por las obras de Misericordia. Quizá resulte algo desconcertante y revolucionario para nuestra filosofía fuertemente pragmática, caer en la cuenta de que las obras de Misericordia corporales tienen un perfil asistencial mientras que las espirituales hablan de promoción e integración. Una vez más el mensaje evangélico va mucho más allá de lo que, a veces, nuestras cortas y sectarias ideas, no aciertan a identificar aquello que es la esencia de lo espiritual. No olvidemos que para la Iglesia y por lo tanto para Cáritas, lo que más promociona e integra al ser humano es saberse hijo de Dios. Esta es la verdadera Navidad, esta es la verdadera Misericordia y Caridad.


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Fermín Gassol Peco

Director Cáritas Diocesana de Ciudad Real.

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