Hoy, coincidiendo con el Día Internacional de los Museos, Tomelloso vuelve a sacar pecho de su enorme riqueza cultural. Y motivos no faltan. Por algo se conoce a la ciudad como “la Atenas de La Mancha”. Pocas localidades pueden presumir de una nómina artística tan amplia y reconocida: pintores, escritores, escultores, fotógrafos, cineastas y creadores de todo tipo han nacido o desarrollado aquí su obra.
Como recordaba esta misma mañana Inés Losa durante la presentación de la nueva imagen de los museos municipales, probablemente Tomelloso sea la ciudad con más museos públicos de Castilla-La Mancha, a los que además habría que sumar iniciativas privadas que enriquecen todavía más la oferta cultural local.

Ahí están el Museo Antonio López Torres, el Museo del Carro, la Posada de los Portales, la sala Francisco Carretero y, en apenas unas semanas, la futura Casa de las Artes y las Letras (CALMA), además del espacio que albergará el fondo documental de Dionisio Cañas. Una red cultural notable para una ciudad de tamaño medio y que demuestra que Tomelloso ha sabido cuidar parte de su memoria artística.
Sin embargo, entre toda esa oferta cultural sigue existiendo una ausencia difícil de entender: Tomelloso no tiene un museo del vino ni del alcohol.
Y resulta llamativo porque pocas ciudades en España pueden hablar con tanta legitimidad sobre la cultura vitivinícola y alcoholera. Tomelloso cuenta con una de las mayores superficies de viñedo del país —si no la mayor— y ha sido durante décadas referencia mundial en la producción de alcohol vínico. La economía, el urbanismo, el paisaje y hasta la forma de vida de generaciones enteras estuvieron ligados al vino y a las destilerías.

Otras localidades de nuestro entorno sí han sabido convertir ese patrimonio en un recurso cultural y turístico. Valdepeñas cuenta desde hace años con su Museo del Vino; Campo de Criptana ha instalado el Museo del Vino de La Mancha en uno de sus emblemáticos molinos; y Socuéllamos dispone de la conocida Torre del Vino, convertida en museo y espacio de promoción enoturística.
Tomelloso, pese a tener una historia vitivinícola y alcoholera mucho más potente que esas localidades, sigue sin disponer de un espacio de referencia que explique y ponga en valor todo ese legado.
La ciudad llegó a tener más de cien chimeneas industriales y numerosas destilerías repartidas por su casco urbano y alrededores. Muchas de esas chimeneas todavía siguen en pie, aunque ya apagadas. También sobreviven varias torres de destilación, algunas aún en funcionamiento y otras abandonadas al paso del tiempo.
Y ahí es donde aparece una oportunidad que Tomelloso no debería dejar escapar.
Entre todas esas construcciones industriales que forman parte de la memoria colectiva de la ciudad, la torre y la chimenea de la antigua destilería de Fábregas, situadas junto al Teatro Municipal Marcelo Grande, reúnen condiciones excepcionales para convertirse en un gran museo etnográfico del vino y del alcohol.

El lugar parece diseñado para ello. Su ubicación es privilegiada, integrada en una zona peatonalizada y culturalmente activa. A pocos metros se encuentra el teatro municipal, dispone de aparcamiento, cuenta con zonas verdes y está perfectamente conectada con el centro de la ciudad. Todo suma.
Pero además hay otro elemento diferencial: probablemente se trate del edificio más alto de Tomelloso. Y eso abre otra posibilidad enormemente atractiva: habilitar un mirador en su parte superior. Un espacio desde el que contemplar la inmensidad de la llanura manchega y entender, desde las alturas, la dimensión real del viñedo que ha dado sentido a esta tierra durante generaciones.

Las posibilidades museísticas son enormes. Desde recrear el funcionamiento de las antiguas destilerías hasta conservar maquinaria, fotografías, documentos y testimonios orales de trabajadores del sector. Un museo que no solo sirva para atraer visitantes, sino también para que las nuevas generaciones comprendan de dónde viene buena parte de la identidad económica y social de Tomelloso.
Porque la cultura no solo se construye desde los lienzos o los libros. También desde el trabajo, la industria y la memoria de quienes levantaron una ciudad entre viñas, alcoholeras y chimeneas.
Tomelloso ha sabido conservar parte de su patrimonio industrial. Ahora falta dar el siguiente paso: convertirlo en relato, en experiencia y en orgullo colectivo.
Y quizá la vieja torre de Fábregas esté esperando exactamente eso.
