Hay silencios que pesan más que cualquier palabra. Silencios que no nacen de la prudencia, sino del miedo a asumir responsabilidades, de proteger intereses antes que vidas. Tras la tragedia de Adamuz, ese silencio empieza a ser insoportable.
Lo ocurrido no puede despacharse como un simple infortunio ni ocultarse tras explicaciones genéricas.
Adamuz fue un accidente sobre el que existen demasiadas preguntas sin respuesta y dudas razonables sobre si se actuó con todas las garantías necesarias. Y cuando existen esas dudas, la responsabilidad política se vuelve ineludible.
Hoy hay familias rotas. Supervivientes que siguen esperando respuestas. Y los hechos conocidos hasta ahora apuntan a posibles fallos en la gestión de las infraestructuras: ADIF no renovó completamente las vías, dejando tramos antiguos unidos a tramos nuevos mediante soldaduras que hoy están bajo investigación. Esto no es un detalle técnico: es la diferencia entre la vida y la muerte.
No se puede normalizar ni minimizar un accidente que refleja decisiones cuestionables y una preocupante falta de transparencia que aún hoy sigue generando dudas.
Desde nuestra tierra, resulta especialmente doloroso comprobar cómo Emiliano García-Page y otros dirigentes socialistas han optado por defender al Gobierno de Pedro Sánchez y a Óscar Puente, en lugar de situarse con claridad del lado de las víctimas. Han cerrado filas, relativizando los hechos y justificando lo injustificable, mientras las familias siguen esperando respuestas claras.
Paco Núñez lo ha dicho con claridad: Page defiende lo indefendible, ampara la falta de explicaciones y protege a quienes tenían la obligación de garantizar la seguridad. Castilla-La Mancha no puede resignarse a ser cómplice del silencio.
La exigencia de responsabilidades no debería depender del color político. Si este accidente hubiera ocurrido bajo gobiernos del Partido Popular, las demandas habrían sido inmediatas y unánimes. La coherencia no es ideología: es decencia democrática.
Cuando se relativiza un error en función de quién gobierna, se lanza un mensaje muy peligroso: que la política protege al poder antes que a las personas. Y la ciudadanía lo percibe con claridad.
Quien ha perdido a un ser querido no busca confrontación partidista. Busca algo mucho más humano: verdad, respeto y justicia. Quiere saber qué ocurrió y que se asuman responsabilidades.
No bastan las palabras de condolencia. No bastan los comunicados tibios. No basta con cerrar filas en torno a los responsables políticos. Callar ante un accidente que exige explicaciones es fallar a las víctimas.
Adamuz no puede quedar enterrado bajo el ruido de otros debates ni bajo el silencio de quienes deberían actuar. Lo ocurrido exige explicaciones claras y responsabilidades políticas.
Por respeto a las víctimas, por la seguridad de todos y por la credibilidad de nuestras instituciones:
Óscar Puente debe dimitir.
Y quienes en Castilla-La Mancha lo defienden deben explicar por qué priorizan la fidelidad partidista sobre la defensa de las víctimas y de la seguridad pública.
Hoy, más que nunca, hace falta valentía.
Valentía para hablar.
Valentía para exigir explicaciones.
Valentía para no callar.
Porque cuando la política falla y el silencio se impone, también deja víctimas.




