Hay un arte no descrito del todo, el de ser capaz de explorar en un estado total de consciencia el universo de tus sueños. Soñar vívido y manejar lo que ocurre solo en tu cabeza es el paso previo a poder conquistar todo lo que, a párpado cerrado, dibuja tu mente en el escenario de lo imposible. Ser onironauta convencido está al alcance de muy pocos, los pocos que son capaces de soñar fuerte. Pero en Castilla-La Mancha, si lo soñamos entre todos, no habrá quien nos pare.
Miro hoy hacia Albacete, donde el Carlos Belmonte no se ha quitado sus mejores galas para volver a rubricar una gesta como la de la semana pasada contra el Real Madrid. Aún las viste con la vista puesta en doblar la mano al Barça. Y por qué no. Si una ciudad lo sueña como lo soñó hace unos días, si una afición lo persigue como lo persiguió la cabeza de Vallejo para empatarle al Celta en el último minuto, la gesta será un poquito menos difícil.
A los que somos del montón nos pasa que nos cuesta presumir por muchas razones que tengamos. Porque aunque las tenemos, ni nos damos cuenta. Y aunque no ser pretencioso muchas veces cabe en el cajón de las virtudes, tampoco pasa nada por mirarnos al espejo de vez en cuando y sonreírnos.
Para generar una identidad castellanomanchega y perseguir un objetivo de futuro es necesario parar a pensar y preguntarnos qué hemos hecho hasta ahora. Una vez que a fuerza de golpes en la mesa empezamos a darle la vuelta al mantra de que aquí somos queso o somos vino o somos poco más que el Quijote, quizá sea saludable dar un paseo por todo lo que ya hemos conseguido para, por qué no, darnos algún golpecito en el pecho.
Por Castilla-La Mancha ya no es solo esa tierra de paso, o ese lugar donde está el pueblo al que vuelven en verano los de la ciudad. Les prometo que las siguientes líneas lo serán de memoria y sin documentar, para que sirvan así como ejemplo de que lucimos a grandes rasgos en casi todas las áreas, siendo imprescindibles en casi todas y únicos a nuestra manera.
Los más de dos millones de personas que habitamos esta tierra estamos en disposición de poder decidir lo que queremos ser y a dónde queremos ir, como ese onironauta capaz de controlar sus propios sueños para hacerlos tan vívidos que tendrán que cumplirse casi a la fuerza.
ARTISTAS PARA SIETE ARTES
Para convencernos de la capacidad de lograr el arte de controlar nuestros sueños, fijémenos en las disciplinas que sí tienes certificada la etiqueta de Arte Moderna. Fue Riciotto Canudo quien dejó firmado hace 115 años que todas ellas eran siete y ninguna más. Dando por válido el facto, si es que acaso deja espacio para el debate, hay castellanomanchegos que han dejado sello y firma en todas ellas.
Tuvimos y tenemos arquitectos. No solo de Alonso de Covarrubias viven las torres castellanomanchegas. Fíjense en Tomás Alía, quizá el mejor interiorista del mundo, desde su Toledo natal hasta todo el planeta tirando líneas y llenando de luz cualquier espacio.
Hablemos de escultura más allá de Alonso de Ojeda o Álvaro de Luna. Que de las manos de Alberto Sánchez que hablaban cubista hasta las de Crescencio Garrido que aprendieron a hablar solas hay también figuras que han hecho eterna a la región.
Qué hay de la pintura. Lo que inspira Castilla-La Mancha a cualquier lienzo en blanco fue capaz de convertir en toledano a un griego. Cinco siglos después, presumimos hoy de atesorar al Pintor de la Luz más universal de los que todavía tienen mojado el pincel, como Antonio López. Con permiso de Palencia o Canogar, en cada una de las firmas que dejan abajo a la derecha en cada uno de sus cuadros también hay esencia castellanomanchega.
Una región que late también en clave de sol. Somos música porque somos Rozalén, Dani Fernández o Veintiuno, porque somos nosotros los primeros que le tocamos las palmas a Israel Fernández, pero somos mucho más. Tierra de festivales, de José Zárate, de Luis Cobos.
La tinta en el papel también nos pertenece, no solo por ser el Lugar de La Mancha que dio cobijo al Ingenioso Hidalgo. Lucimos mucho más de lo que Toledo le inspiró a Bécquer o La Alcarria a Cela, o Hita al Arcipreste. Que María Dueñas, Ana Iris Simón o Layla Martínez inscriben Castilla-La Mancha en cada una de las páginas que prestan al mundo.
Esta tierra también se baila, como la ha bailado Esteban Berlanga desde Motilleja para todo el universo hasta ser el mejor del mundo. Tierra, además, escenario de grandes historias, que el camino que marcó Pedro Almodóvar lo han seguido todos los demás, y ya no sorprende ver nuestro nombre en las grandes citas del cine.
OTRAS ARTES, OTROS RETOS
Se nos quedan pequeñas todas estas disciplinas. Porque artista también es Cristina García Rodero, anclada en Puertollano sin dejar de ser, probablemente, la mejor fotoperiodista del mundo.
Como arte destilamos para hacer reír. Que los ‘Chanantes‘ de Albacete o José Mota desde Montiel dibujaron la estela que hoy siguen Fran Pati o Agustín Durán.
O el arte que sale de los fogones. De Pepe Rodríguez en Illescas a Jesús Segura en Cuenca; o de Samuel Moreno de Sigüenza a Fran Martínez en Almansa, la constelación de Michelin luce ya 14 astros en cocinas repartidas por toda Castilla-La Mancha.
EL ARTE DE PRODUCIR
Si hasta la Mahou se ha venido a Guadalajara, qué no tendrá Castilla-La Mancha como tierra que genera oportunidades. Que acaso no sabe usted que desde Tomelloso, una empresa que en los 60 aprendió a ensamblar aperos de labranza es capaz ahora de construir edificaciones modulares en todo el mundo, llevando el nombre de Anro por más de 15 países.
Que los cuchillos de Arcos nacen en Albacete para cortar lo que se les ponga por delante en cualquier rincón del planeta; que Tecnobit en Valdepeñas lleva 50 años liderando la tecnología defensiva que blinda la investigación y el desarrollo de todo un país.
No nos faltan huevos, pregunten en San Lorenzo de la Parrilla, donde Rujamar recoge de sus gallinas más de un millón al día para que puedan mojar pan desde Estados Unidos hasta Dubai. Si hasta el Jabón Lagarto es paisano nuestro. Hay motivos para presumir.
Somos la tierra de Izpisúa y la que alumbró a Santiago Bernabéu. Terruño estampado como estampa Cruz Novillo. La de Pedro Piqueras, la que grita a cada golpe de Sandra Sánchez o a cada palada de Paco Cubelos. Y somos todo eso sin ayuda de nadie, solo por haberlo soñado. Como lo soñó Iniesta hace ya 16 años en el minuto 116 de aquella final sudafricana.






