Tomelloso se sentó este sábado a escuchar. A escuchar de verdad. En el auditorio del Museo López Torres, con el 40 aniversario del centro como telón de fondo y con los 90 años de Antonio López García todavía muy presentes en la memoria reciente de la ciudad, “Tres miradas sobre el arte” acabó siendo algo más que un diálogo entre tres pintores. Fue una conversación pausada, de esas que avanzan sin prisa, entre recuerdos, ideas y confesiones; una clase magistral sobre la pintura, sí, pero también sobre la mirada, sobre el paso del tiempo y sobre la fidelidad a un mundo propio.
La concejala de Cultura, Inés Losa, abrió el acto subrayando el valor simbólico de la cita en un año “especialmente simbólico para la vida cultural de Tomelloso”, al reunir en la casa de Antonio López Torres a Antonio López García, Andrés García Ibáñez y Pepe Carretero. Después, Carretero condujo una charla larga, cómplice y viva, con un Antonio López generoso en la palabra y con un Andrés García Ibáñez que aportó contexto, genealogía y reflexión sobre el realismo español.
El resultado fue una velada de fondo y de raíz. Una conversación en tres tiempos: Tomelloso, López Torres y el arte.
Tomelloso, el amor primero

Hubo un momento en el que Antonio López dejó de hablar de pintura para hablar, sencillamente, de amor. De amor a un lugar. Y quizá ahí estuvo uno de los núcleos de la tarde. “Yo he estado enamorado de nuestro pueblo. Es lo que más he querido, aparte de dos o tres personas en el mundo”, dijo. No era una frase lanzada al aire. Venía cargada de memoria, de niñez, de viajes en autobús y de la emoción física del regreso: “Cuando me acercaba en el autobús, me latía el corazón. Es que era un enamoramiento enorme. Me parecía la ciudad más bonita del mundo”.
Ese Tomelloso que evocó el pintor no era solo un lugar, sino una forma de vida. Un pueblo escuchado también por sus sonidos. “Antes, en la noche, en la madrugada, oías cantar a los gallos. ¿Se oye algún gallo ahora en Tomelloso? ¿Qué ha pasado?”, se preguntó, dejando en la sala una mezcla de sonrisa y melancolía. También lamentó la pérdida de ciertas costumbres domésticas y rurales: “Yo siento que no se haga arrope, que no se haga mostillo como se hacía antes. Yo lo siento”.
A lo largo del diálogo, Antonio López volvió varias veces sobre la idea de que el cambio no es solo urbano o estético, sino vital. “Ese Tomelloso se ha hundido, ya no existe”, afirmó al recordar un dibujo de su tío y aquella casa antigua con las grietas marcadas en la pared. “Tomelloso era de otra manera”. Más tarde remató la idea con una frase áspera, casi de diagnóstico general: “El mundo se ha afeado, el mundo es feo ahora mismo”.
No era, sin embargo, una intervención nostálgica en un sentido cómodo o retórico. Había en sus palabras un intento de fijar qué se ha perdido y qué permanece. Porque el amor a Tomelloso no apareció como un sentimentalismo vacío, sino como una educación. “Todo lo que yo viví en esas personas, que no eran los señoritos de Tomelloso, eran los trabajadores, a mí me han servido como educación de la vida”, explicó.
Inés Losa, en su intervención inicial, ya había situado esa dimensión local y emocional del acto. Recordó la condición de Tomelloso como tierra de artistas y reivindicó el esfuerzo municipal por cuidar y proyectar ese legado, desde el eje museístico de la ciudad hasta futuros proyectos vinculados a las artes y las letras. Pero fue Antonio López quien terminó dando a esa idea una densidad distinta: Tomelloso no como marca cultural, sino como herida luminosa, como paisaje interior.

Y quizá por eso resultó especialmente revelador escucharle decir que ha empezado varios cuadros referidos a la ciudad. “Lo estoy haciendo. He empezado varios cuadros referidos a Tomelloso”, señaló. No desde la repetición de lo que fue, sino desde la conciencia de que él también ha cambiado. “Ahora Tomelloso ha cambiado, ha cambiado mucho, yo también he cambiado mucho”.
En ese mismo hilo, dejó una de esas frases que condensan toda una relación sentimental con el lugar de origen: “Yo quiero a Tomelloso. Yo no sé si Tomelloso me quiere o no, ni si me lo merezco. Yo quiero a Tomelloso”.
López Torres, el milagro silencioso
Si Tomelloso fue un eje del encuentro, Antonio López Torres fue su corazón. Todo volvió una y otra vez a él: a su pintura, a su autenticidad, a su silencio y a esa condición de maestro involuntario que sobrevoló toda la conversación.
Ahí Andrés García Ibáñez puso el armazón histórico. El director del MUREC defendió que la gran aportación española a la historia del arte europeo ha sido el realismo y situó a López Torres como una figura decisiva en esa genealogía, un precedente de la renovación realista que después continuaría Antonio López y el grupo de los realistas de Madrid. Para García Ibáñez, López Torres actualiza desde la intuición y la autenticidad una tradición netamente española.
Pero fue Antonio López quien llevó esa admiración al terreno de lo casi inexplicable. “Que surja López Torres a mí me parece algo que está contra todo. No ocurre más que aquí”, dijo. Y enseguida dejó una de las imágenes más poderosas de la tarde: “Dios le ha tocado con el dedo”. Después insistió en esa misma idea con otra formulación memorable: “Ese milagro que es López Torres, esa fuente tan limpia, con un agua tan pura”.
Para Antonio López, la singularidad de su tío está en que parece surgir sin deuda visible, sin apoyaturas evidentes, sin escuela reconocible detrás. “Mi tío decía algo que a mí me impresionaba, y me impresionaba porque sé que era verdad: que no se acordaba de nadie cuando pintaba”, recordó. Luego lanzó la pregunta al auditorio, como si aún le siguiera asombrando esa libertad radical: “¿Quién puede decir eso?”.
Ahí estuvo una de las claves de su defensa apasionada de López Torres. No como pintor local que merece ser querido por ser propio, sino como artista mayor, capaz de inaugurar algo nuevo desde una casa de Tomelloso, desde una galería, desde unas eras, desde un mundo en apariencia mínimo. “Cuando veo las cosas muy buenas de mi tío, yo nunca pienso en Velázquez, pienso en el mundo. Pienso en la vida. Pienso en mis abuelos. Pienso en los tomillos. Pienso en el paisaje de La Mancha”, afirmó.

“Mi tío no pinta nunca los símbolos. Pinta la vida”
En esa línea, insistió en que López Torres no pintaba símbolos ni construcciones retóricas, sino vida. “Mi tío no pinta nunca los símbolos. Pinta la vida”. Lo dijo al hablar de los molinos, ausentes en realidad del paisaje inmediato del pintor tomellosero, y de cómo, frente a otros, López Torres fue “fidelísimo” al mundo que tenía delante. “Cómo pinta las eras, cómo pinta el calor… Es una cosa verdaderamente impresionante”.
Pepe Carretero introdujo además una línea de lectura muy precisa cuando recordó que en la pintura de López Torres aparece algo poco frecuente en España: la vida doméstica. A partir de ahí, Antonio López explicó que su tío rozó ese territorio al pintar escenas familiares y cotidianas vistas en su propia casa, sin apoyarse en una tradición visible ni en una voluntad intelectual de modernidad. Ahí radicaba, en su opinión, parte de su rareza.
También apareció la dimensión humana del artista: la falta de reconocimiento, la precariedad, la protección escasa. Antonio López recordó que su tío daba clase, “ganándose su sueldecito”, y advirtió que la sociedad española “no ha valorado mucho, mucho, mucho a sus grandes hombres”. En ese sentido, habló de él como de un hombre vulnerable, poco protegido y más bien discreto. “No se le hacía mucho caso, y eso no era malo. Era un ciudadano más, que hacía un trabajo”, señaló. Más adelante abundó en esa idea: “No se le valoraba tanto”.
Andrés García Ibáñez reforzó esa reflexión al señalar que en España el artista rara vez ha sido tratado como una figura casi sagrada, a diferencia de otras tradiciones como la italiana. Y Antonio López completó el pensamiento con una frase que resumía bien esa peculiaridad española: “Aquí nadie es un dios”.
La conversación se detuvo también en el museo dedicado a López Torres. Antonio López defendió con claridad el edificio proyectado por Fernando Higueras, a quien conoció en sus años jóvenes en Madrid. Recordó que el arquitecto hizo aquí “un buen trabajo”, generosamente y movido por la admiración hacia su tío. Al mismo tiempo los tres han coincidido, en que el museo necesita crecer, renovarse y actualizar parte de su planteamiento museográfico. La obra de Higueras, vino a decir, sigue siendo valiosa; otra cosa es que el espacio necesite una nueva etapa.
El arte, la verdad y una forma española de mirar
La tercera gran línea del encuentro fue la reflexión sobre el arte en general, con especial atención al realismo y a la tradición española. Aquí la conversación se abrió, ganó vuelo histórico y se movió de Velázquez a Goya, de Sánchez Cotán a Picasso, de Dalí a Vermeer, de la pintura religiosa al paisaje, del Museo del Prado a París.
La intervención más sistemática en este terreno fue la de Andrés García Ibáñez, que defendió que la gran aportación de España a la historia del arte europeo ha sido el realismo, entendido no como mera copia, sino como una manera de mirar la realidad “sin maquillaje”, sin adulteración estética y sin retórica. Habló de una tradición española seca, despojada, verdadera, y trazó una línea que va del Greco y el Siglo de Oro a Goya, Zuloaga, Sorolla y, finalmente, al realismo contemporáneo.
Fue también Andrés quien situó a López Torres como eslabón decisivo de esa cadena y quien sostuvo que, en su irrupción, hay algo limpio, incontaminado, una renovación de la tradición realista española desde un hombre que no responde a la lógica de las modas ni de los movimientos. Su análisis encontró en Antonio López una réplica más intuitiva y más vivida, pero coincidente en lo esencial.

Antonio López recogió esa idea y la llevó a su propio terreno. “España tiene su realismo, que es el retrato del español”, vino a decir al comparar la tradición española con otras formas de figuración europeas. Y luego apareció la palabra que terminó organizándolo todo: verdad.
Pepe Carretero recuperó una reflexión anterior del pintor sobre el éxito, la verdad y la utilidad de la obra, y desde ahí la conversación se internó en un territorio resbaladizo y fascinante. Antonio López no quiso encerrarlo en una definición cerrada. Incluso ironizó cuando se le pidió mayor precisión. Pero a lo largo de toda la charla dejó formulaciones muy nítidas.
Una de ellas tuvo que ver con la autenticidad frente a la fórmula. Al hablar del paso del tiempo en la pintura, explicó que, cuando uno trabaja de verdad, no puede repetirse. Otra tuvo que ver con la prioridad de la experiencia viva sobre la construcción estética: “La creación de las cosas nuevas siempre es a través de la verdad, de una experiencia personal”.
En esa defensa de la verdad reapareció también el rechazo de Antonio López a los sistemas cerrados y a las recetas críticas. “Nunca se ha hablado del talento, porque todas las teorías las hacen los críticos, y los críticos creen en las recetas, en las fórmulas, pero nunca en el talento”, sostuvo. Para él, el ejemplo de López Torres resulta incluso incómodo para algunos porque enfrenta de forma directa con la evidencia del don: “Un hombre que nace, por gracia de Dios, con ese don”.
Andrés García Ibáñez intervino ahí para profundizar en otra derivada del problema: el peso de la historiografía. Según explicó, buena parte de la historia del arte español del siglo XX se ha contado desde categorías compradas a la tradición francesa y, en menor medida, a la americana, lo que ha llevado a privilegiar en España aquello que se parecía a lo que esas historiografías externas consideraban central. De ahí su crítica a una lectura del siglo XX español que, a su juicio, no siempre ha sabido reconocer lo más genuinamente español.
Ese análisis desembocó en un tramo especialmente vivo del coloquio, con opiniones fuertes sobre figuras canónicas. Andrés García Ibáñez sostuvo que Picasso, aunque indiscutible en su grandeza, es estéticamente un pintor parisino, mientras que Dalí o Miró responden también a genealogías menos netamente españolas que otras figuras realistas. Antonio López intervino varias veces en esa parte, matizando y desplazando el foco del estilo al carácter, al temperamento y a la verdad vivida de cada obra.
Hubo también espacio para revisar jerarquías y desprecios históricos. Antonio López reivindicó con pasión a Dalí, recordando que durante su juventud fue muy poco estimado en determinados ambientes artísticos. “Dalí, a mí me parece un ejemplo de pintor puro”, afirmó. Y añadió que, incluso en sus excesos o en su decadencia pública, había en él una intensidad plástica y vital extraordinaria.
Mucho más severo se mostró con el Guernica de Picasso. Sin negar su condición de obra famosa e histórica, Antonio López dijo con claridad que lo percibe como un cuadro frío. A su juicio, no transmite el dolor de una manera comparable a Goya o a ciertos cuadros de guerra de Dalí. “A Goya me lo creo, a Picasso no me lo creo”, afirmó. Para él, en el Guernica hay sobre todo una “aventura plástica”, más estética que vivida.
Pepe Carretero actuó en todo ese tramo como conductor de una conversación que osciló entre la alta historia del arte y la observación directa de la pintura. Sus preguntas sobre el talento, el realismo, el desnudo, la verdad, el paisaje o la ciudad fueron abriendo asuntos que Antonio López y Andrés García Ibáñez iban resolviendo desde perspectivas diferentes, pero complementarias: el primero desde la vivencia, la intuición y la memoria; el segundo desde la teoría, la lectura histórica y la comparación de escuelas.
“Yo voy pintando siempre a partir de lo que yo voy sintiendo”
La ciudad, la casa y el paisaje aparecieron también como temas mayores. Antonio López recordó cómo, en 1953, con 17 años, pintó desde la terraza de la casa familiar una panorámica de Tomelloso entera, “con todo el sol”, sin saber muy bien por qué había nacido en él esa necesidad. Explicó que el pintor trabaja sobre lo que tiene delante, sobre el mundo que ama o que le impresiona. “Yo voy pintando siempre a partir de lo que yo voy sintiendo”, confesó.
En esa lógica caben un paisaje, una habitación, un cuarto de baño o unas flores podridas. No hay jerarquía previa, sino emoción, presencia y atención. Por eso defendió que incluso cuando el realismo parece más literal, nunca es simple reproducción: siempre hay una experiencia interior, una carga poética, una interpretación subjetiva del mundo.
La conclusión no se formuló como tal, pero quedó flotando en el ambiente. La defensa del realismo que atravesó todo el acto no fue la de una escuela cerrada ni la de una consigna estética. Fue, más bien, la defensa de una intensidad moral de la mirada, de una fidelidad a lo vivido y de una verdad que no se puede medir, pero sí reconocer cuando aparece.
Y si hubo una frase que terminó resumiendo la tarde, quizá fue una de las más sencillas y más profundas que pronunció Antonio López al volver, una vez más, a su ciudad: “Yo soy de amores, yo soy muy activo en el amor, no soy pasivo. De modo que yo quiero a Tomelloso”.
