En el Día Mundial de la Poesía, Ágata Navalón pasó por los micrófonos de Luis Don Juan para defender una idea de la poesía alejada del mármol y más cerca del cuerpo, de la calle, del rap, de la herida y de la vida cotidiana. La poeta de Tomelloso, vinculada durante años al circuito de slam poetry, dejó una conversación con pulso propio, referencias literarias, memoria personal y una convicción clara: la poesía “no hay que celebrarla un día, sino todos los días”.
Con una mesa llena de libros —todos escritos por mujeres, puntualizó ella misma en un momento de la entrevista— Navalón fue dibujando una manera de entender la poesía como refugio, protesta y forma de estar en el mundo. “Es belleza, porque es un lugar donde todavía se puede hacer resistencia, porque no nos prestan atención y podemos decir lo que queramos”, afirmó.
La entrevista transcurrió en un tono cercano, con complicidad, humor y constantes idas y venidas entre la tradición, la oralidad y la experiencia propia. Frente a la imagen de una poesía lejana o elitista, Navalón la bajó a tierra: “La poesía también es oralidad. Son jotas, son coplas, es también Semana Santa. Es rap también. Es mucho rap. También puede ser reggaetón”.
Una poesía que no pide permiso
Uno de los ejes de la conversación fue la necesidad de romper la idea de que la poesía “no es para todo el mundo”. Para Navalón, buena parte de esa distancia viene de cómo se ha enseñado durante años. “Creo que hacer comentarios de texto ha hecho mucho daño, sinceramente”, dijo.
Desde ahí, defendió una entrada más libre, intuitiva y menos académica al poema. No como un acertijo que haya que resolver, sino como una experiencia que atraviesa. “La poesía se siente. No se puede entender”, resumió, antes de recordar la figura de Eladio Cabañero, al que evocó con una mezcla de admiración y ternura: “Era un poeta muy cercano a este territorio. Me gusta Eladio, que le gustaba el pan”.
Navalón fue saltando de Gloria Fuertes a José Hierro, de Lope de Vega a Sor Juana Inés de la Cruz, de Quevedo a Luis Rosales, trazando un mapa personal y poco rígido. Reivindicó el canon clásico, sí, pero también la necesidad de abrirlo. “Tenemos que llegar al siglo XXI”, señaló al hablar de su experiencia en la enseñanza.
Del libro al escenario: el slam como detonante
La autora tomellosera situó buena parte de su trayectoria en el slam poetry, un territorio que, según explicó, le cambió la manera de mirar y de escribir. “Para muchos poetas no es poesía, pero para mí lo es todo”, afirmó.
Durante la entrevista explicó que la poesía oral fue el origen de todo y que el slam no deja de recoger esa tradición desde el presente. “La poesía siempre fue oral antes de ser escrita”, recordó. Y en ese terreno, el de la voz dicha en directo, encontró una vía de exploración más conectada con la realidad social y política.
Navalón habló especialmente de la escena valenciana, de la que formó parte durante años, como un espacio duro, combativo y muy conectado con la calle. “Eran muchos hombres, todos muy masculinos, muy agresivos, muy políticos, muy concienciados, muy de la calle, y entonces me estimularon muchísimo”, contó. Según explicó, aquella experiencia la llevó también a otros autores, otras lecturas y otros espacios de poesía crítica como Voces del Extremo.
También comparó esa escena con la de Castilla-La Mancha, donde percibe un tono distinto, más simbólico y más atravesado por el paisaje. “Aquí hay mucha metáfora, mucha tierra, mucho cielo, mucho misticismo”, apuntó.
“Menos pastillas y más poesía”
A lo largo de la charla, Navalón fue dejando frases con filo. Una de las más rotundas llegó al hablar del ritmo acelerado de la vida actual y de la necesidad de detenerse. “Sería bueno menos pastillas y más poesía”, soltó, matizando enseguida que hablaba de “las legales también”.
Más allá de la ironía, su idea era clara: parar, leer un poema, escribir algo en un papel, escuchar una voz. Recuperar un tiempo distinto frente al ruido. Para ella, la poesía sigue siendo un espacio donde aún cabe cierta libertad. “Lo veo como el lugar en el que aún puedes ser tú”, explicó al final de la entrevista.
Dos libros, dos paisajes
Luis Don Juan también llevó la conversación al terreno de la obra publicada de Navalón. Primero apareció Fragmentos de vikingos, un libro atravesado por la identidad, la tecnología, la soledad y los temas que ya asomaban en sus años de slam. La autora recordó que el volumen nació de “siete temporadas de slam pegadas a la realidad” y que en él conviven el presente, los mitos y una mirada poco domesticada del mundo.
“Yo era la de los vikingos”, dijo entre risas, explicando que en esos textos había una apuesta por “un mundo salvaje” y por “la no contención”. Durante la entrevista recitó uno de los poemas del libro, un texto intenso y de gran carga simbólica que condensó bien ese universo suyo de rabia, resistencia y extrañeza.
Después llegó Piscina del Oeste, un libro posterior, escrito tras la pandemia y con una temperatura distinta. “Este es más alegre. Más luz y color”, explicó. En sus páginas aparecen Valencia, las piscinas públicas, la ciudad, la gentrificación, el amor, la música y una defensa del espacio urbano como lugar también amenazado.
“Habla del mundo urbano, que está desapareciendo debido, sobre todo en las ciudades grandes, a los pisos turísticos y los guiris y todo eso”, señaló. Navalón leyó además un poema del libro, construido desde la intimidad, el deseo y la ciudad, donde conviven San Nicolás, el cloro, la culpa y el amor como una forma muy física de desorden.
La poesía como algo del pueblo
En uno de los momentos más interesantes de la entrevista, Navalón insistió en que la poesía no pertenece solo a los libros ni a los nombres consagrados, sino también a la gente, a la memoria oral y a las formas populares de expresión. “La poesía oral pertenece al pueblo y continúa con el pueblo”, afirmó.
Esa idea atravesó toda la conversación. La poesía como canción, como copla, como rap, como frase dicha a alguien que se ama, como lenguaje que se escapa del aula y vuelve a la vida. “Un poema te puede salvar como una canción”, dijo.
Desde su experiencia en la docencia, defendió precisamente esa apertura. Aseguró que en clase la poesía nunca fue un problema porque, cuando entra por la voz o por el ritmo, los jóvenes responden. “Cuando empiezan a leer o a escuchar o a rapear… hay mucho rap también”, comentó.
Una invitación a escuchar
La entrevista terminó con una definición personal, casi manifiesto, de lo que significa para ella la poesía. “Para mí es el único lugar de resistencia aún no invadido, sinceramente”, dijo.
Antes de despedirse, animó a acercarse a festivales y citas de poesía oral, y recomendó especialmente el Slam de Ciudad Real, que, según explicó, se celebra a final de mes. No lo planteó como una actividad cultural más, sino como una experiencia. Una forma de entender que la poesía sigue ahí, aunque a veces no se la mire.
