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El fin de nuestro mundo, tal y como ahora lo conocemos, está cerca. Una o dos décadas, como máximo. Esta certeza es el resultado de numerosas y variadas observaciones científicas sobre la evolución del sistema de la Tierra.

Durante treinta años, los estudios e informes científicos han puesto de manifiesto la posibilidad de superar un umbral climático global que inclinará el sistema de la Tierra a un estado desconocido, con temperaturas medias más altas que hace un millón de años.


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Los cientos de trabajos relacionados (desde el primer informe del Club de Roma en 1972, hasta los recientes informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de octubre de 2018, de agosto de 2019 y el de Septiembre de 2019 sobre impactos del cambio climático en los ecosistemas oceánicos, costeros, polares y de montaña,) inducen a estimar la fecha de superación de este umbral global entre 2020 y 2040.

La probabilidad de un futuro tan cercano ahora es mayor que la de cualquier otro escenario prospectivo. Ya no se trata de «si va a pasar», se trata de «cuándo va a pasar».

TRAYECTORIA CAÓTICA


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Este umbral crítico global es la consecuencia de múltiples circuitos de retroalimentación autorreforzantes entre elementos del sistema de la Tierra, devastados por un siglo de productivismo liberal salvaje. Solo para el ciclo del carbono, la fusión del permafrost siberiano, el debilitamiento del poder de captura de carbono por tierra y océanos, la deforestación del Amazonas y los bosques boreales… constituyen circuitos de retroalimentación que aceleran la crisis climática.

Estas retroalimentaciones se extienden a todos los subsistemas de la Tierra, intensificando la erosión de la biodiversidad y viceversa. Esta trayectoria caótica del sistema de la Tierra conduce a las sociedades humanas hacia un colapso sistémico global. La inminencia y la magnitud del desastre «ecoantropológico» son tales que exceden nuestra capacidad de comprensión, tanto de percepción como de imaginación.


Hoy más que nunca, se trata de reducir considerablemente nuestra huella en el mundo. Esto significa implementar inmediatamente una nueva organización social y cultural que valore la lentitud y enseñe bucles de retroalimentación, vínculos de causa y efecto, mutualismo, complejidad.

La frontera entre el productor y el consumidor se desvanecerá en un contexto de simplificación progresiva: se trata de pasar de una economía extractivista de existencias a una economía renovable, de flujo. El nuevo paisaje es directamente comestible, más cercano a los habitantes, quienes se convierten en actores en estos nuevos diagramas de alimentos y energía.

TOMELLOSO, AÑO 2.050


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Estamos en 2050. El colapso civilizatorio se ha producido, debido al desfondamiento inevitable de las grandes redes y la economía globalizada, en un contexto de trastornos climáticos. A partir de 2019, los efectos del cambio climático se hicieron cada vez más perceptibles: gotas frías frecuentes, aleatorias e impredecibles; aumento del nivel del mar que ha traído a la ciudad refugiados climáticos de las costas peninsulares. El agotamiento del petróleo de extracción barata y de los abonos producidos a partir del petróleo, unido a períodos prolongados de sequía y de altas temperaturas, han reducido la cantidad de agua disponible: la agricultura intensiva ha desaparecido; el agotamiento mundial del hierro y del aluminio, así como de la posibilidad de procesar sus minerales por la penuria energética ha traído la paralización de las empresas metalúrgicas y de la construcción…

Se ha producido una crisis económica vinculada a la interrupción errática del flujo de la globalización. El desastre ha sido progresivo, pero rápido.


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La ciudad ha debido rediseñar el mapa de actividades económicas. La vida cotidiana en Tomelloso en 2.050 ha encontrado una forma de convivencia de proximidad, basada en la ayuda mutua y la solidaridad. Los hipermercados han desaparecido, desmantelados para recuperar hierro y aluminio. La ciudad está rodeada por un bosque de más de 5 kilómetros de espesor, hasta Pinilla, atravesado por peatones, ciclistas y carros con mulas que conducen a las biociudades vecinas. Algún autobús eléctrico circula de forma intermitente por la ciudad.

El fin de los motores térmicos, vinculado a la escasez de petróleo y las decisiones políticas, ha creado una nueva atmósfera. El ozono atmosférico y las micropartículas ya no contaminan el aire. Los ciclistas pueden pedalear sin ahogarse. Los casos de asma y alergias alimentarias han caído estrepitosamente.

INDEPENDENCIA ALIMENTARIA


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Un ángulo de ataque esencial ha sido la mejora de la independencia alimentaria. Antes de la crisis climática la huella ecológica de la ciudad requería suministros continuos de alimentos. Cuando las cadenas de suministro se detuvieron durante dos semanas, debido a los eventos climáticos, la situación de crisis llegó rápidamente. En las tiendas, como en los hospitales, las existencias eran solo de unos pocos días. La gente cuenta a sus hijos y nietos cómo varios supermercados de la ciudad quedaron desabastecidos con la gota fría que sufrieron en 2019 las provincias de Valencia, Alicante, Murcia y Almería.

En 2.050 las cosas han cambiado: el 70% de los puestos de trabajo están en la agricultura de proximidad, ecológica y poco consumidora de agua. La permacultura es la opción de producción de alimentos más elegida. La estación de ferrocarril se ha convertido en una estación-mercadillo, donde granjeros de la comarca acceden en viejos trenes eléctricos para vender sus mercancías.


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En 2.050 el número de vehículos se ha reducido al mínimo estricto; la minúscula flota –toda ella eléctrica- es administrada por el Ayuntamiento. Los campos rediseñados de policultivo se pueden cruzar a pie, los ejes vegetales han reabsorbido las carreteras y los páramos industriales. El mercado de Abastos ha recuperado su tradicional actividad, predominando los puestos de frutas, verduras, hortalizas y legumbres. Hay muy pocos puestos de venta de carne: pollos y conejos domésticos y algo de caza.

Se ha establecido un sistema de reparto de bienes que garantiza que todos tengan acceso a alimentos. Pero sobre todo hay racionamiento de energía: los sistemas de energías renovables no son predecibles y no hay manera de almacenar toda la energía que se produce.

INDEPENDENCIA ENERGÉTICA

La otra gran dependencia que sufría la ciudad era la energética. Mientras que ciudades como Valdepeñas, Alcázar, Manzanares o Villarrobledo disponían en 2019 de plantas fotovoltaicas o termosolares en sus términos municipales, Tomelloso tenía vetado ese recurso. El agotamiento del petróleo barato trastornó la producción y el suministro de electricidad, tanto a las industrias como al campo, reduciéndose estrepitosamente el abastecimiento eléctrico de los hogares. Las ciudades que disponían de plantas generadoras de electricidad renovable redujeron el colapso civilizatorio y los trastornos fueron menos dolorosos que en Tomelloso.

Hoy, 30 años después, una multitud de dispositivos low-tech y de fuentes de energía renovable –sobre todo instalaciones solares domésticas- abastece a duras penas las necesidades de los tomelloseros. La civilización automotriz y la agricultura intensiva (que atiborraba la tierra de abonos de síntesis procedentes del petróleo y perjudiciales para la salud) ya no tienen sentido en esta nueva configuración.

La ciudad conectada, emblema de una tecno-euforia irreal, ha dado paso a una biociudad autoproductora de energía y de sus propios alimentos.

Se han desarrollado nuevos sistemas económicos locales territoriales donde los habitantes, las fábricas y la Tierra trabajan en cooperación. La dinámica biocomarcal estimuló la transición de un sistema hiperconsumista y centralizado a una organización marcada por la reducción de las necesidades de movilidad, por la desaceleración. La cooperación entre los humanos es la clave. Las biocomarcas son ahora los territorios del renacimiento…

¿ESCENARIO APOCALÍPTICO?

Este no es el escenario apocalíptico de otra película de anticipación, sino una ficción adaptada del trabajo diseñado por el Instituto francés Momentum para el Foro Mobile Lives (un grupo de expertos financiado por la SNCF, la Renfe francesa).

Titulado «Bioregiones 2050», dibuja cómo podría ser la región de Paris-Ile-de-France después de un colapso social a gran escala. La idea no es desarrollar un escenario caótico sino dibujar una región más adecuada para la vida, reconectada a ritmos más lentos, prácticamente autosuficientes en términos de energía y comida, liberados de los perjuicios de las energías fósiles.

El día 27 de Septiembre hay convocada una huelga global en todo el Planeta Tierra para exigir a dirigentes políticos, económicos y sociales que actúen ya, que digan la verdad a las poblaciones y que empiecen a cambiar el viejo y destructivo sistema productivo.

En Tomelloso hay convocada una concentración en la Plaza a las 12:30.

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Santiago Apostol

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