Salones Epilogo

1. Obispo Prior D. Antonio Algora

En tiempos en los que la sociedad se apunta al caballo ganador de la mayoría en modas y modos de vivir, resulta difícil hablar de misericordia. En nuestra cultura dominante es un término muy poco usado y se suele entender, en todo caso, como compasión, lástima… y también se le puede acercar en su significado el término amnistía en cuanto que alguien perdona excepcionalmente la deuda contraída, con la consiguiente liberación del preso, del cautivo.


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Desde la experiencia cristiana, reivindicamos la aportación que la fe de la Iglesia católica hace a la cultura en cada momento de la Historia. En este sentido, es, sin duda, una valiosa aportación la proclamación del Jubileo de la Misericordia por parte del papa Francisco. Está implicando este Año Jubilar a los más de mil doscientos millones de católicos, extendidos por toda la Tierra y que estamos tratando de vivir la maravillosa experiencia de sentirnos comprendidos, acogidos, perdonados, amados, en definitiva, por Dios Padre. Él nos muestra su rostro misericordioso en su Hijo Jesucristo y nos habita por su Espíritu Santo, culminando el proceso de humanización que nos lleva a la perfección y santidad del mismo Dios.

Un proceso de cambio que tiene, sin duda, en más o en menos, a corto, medio o largo plazo, una repercusión personal, social, económica y política puesto que en la medida que avanza la conciencia de la propia dignidad como hijo de Dios en la persona, inexcusablemente termina en la colaboración y el servicio y promoción del bien común.



Mas, ¿cómo se llega a realizar este proceso de conversión personal y social? En estos días de Semana Santa nos acercamos a las representaciones plásticas de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. No nos debería resultar difícil ver cómo Dios hecho hombre se ha puesto como uno más en las condiciones más penosas que se puedan dar en ese castigo terrible que nos damos los humanos. Si la palabra misericordia la desdoblamos, «miseri-» quiere decir las miserias humanas y «cordis» el corazón, símbolo del amor. Ese hombre preso, apaleado, llagado, sometido a toda clase de vejaciones, clavado en la madera de la cruz y muerto, ese hombre es el rostro misericordioso de Dios que nos dice lo que Dios ama a la Humanidad.

Hemos de notar que no es un amor altruista o ejercido desde posición superior o de privilegio. Jesucristo participa de lo más propio nuestro, vino a nosotros «como un hombre cualquiera» pero así nos hace partícipes de su mismo destino y triunfo porque unido a la humanidad, resucita. Así estamos llamados, por tanto, a crecer hasta la densidad de la plenitud humana que vive para siempre.


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Por todo ello, creemos que desde el día de nuestro bautismo participamos de la presencia de Jesucristo muerto y resucitado. Por eso, podemos llevar nuestra existencia por el mismo camino, verdad y vida y ser, por tanto, desde nuestra más plena libertad, nosotros: liberados del pecado que esclaviza siempre. También estamos llamados a poder ser así, en frase del mismo Jesucristo: «Sed misericordiosos como vuestro Padre Dios es misericordioso». Podemos llegar a poner nuestro corazón en las miserias humanas sean las que sean.

La Semana Santa, esta vivencia de tan gran misterio del amor de Dios. Poder llegar a decir: ¡Para llegar a hacer lo que ha hecho su Hijo por nosotros, cuanto nos ama Dios! Nos compromete a llevar adelante las Obras de Misericordia. Tan duros de corazón vamos a ser que después de contemplar nuestros pasos procesionales, después de vivir en las parroquias las celebraciones de la Cena del Señor en el Jueves Santo, la Adoración de la Cruz en el Viernes Santo, y la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección… tan duros vamos a ser que no vamos a saber coger al menos un poco de la misericordia que Dios tiene con nosotros. No podemos ser tan duros que no seamos capaces de «dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos; siguiendo con las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a  Dios por los vivos y por los difuntos».


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Termino mi reflexión con las palabras del Papa para esta ocasión del Año de la Misericordia: «Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos».

Al menos estaremos de acuerdo en que nuestra sociedad necesita este cambio en la Cultura que nos domina y los cristianos estamos llamados a poner nuestro granito de arena en ese cambio aun siguiendo los pasos de Cristo Jesús en su padecer.



 

† Antonio Algora.


AMFAR – Discriminación multiple

Obispo prior de Ciudad Real.

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