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Los latidos se aceleran sin remedio, por Ana Isabel García

Mis labios no pueden más que saborear los tuyos, inaugurando este vals que preludiaban los suspiros. Los míos, los tuyos, los nuestros. Me inclino, retando a la oscuridad mientras intento encontrarte, tumbada en esta cama desgastada de tanta miseria. Mis manos no desisten, saben que estás aquí. Conmigo. Te encuentro, pero te vas, intentando esconderte de mí. Los latidos se aceleran sin remedio. Sin embargo, la luz del amanecer se abre paso entre mis párpados. Noto el sudor que recorre mi cara y escuece en los ojos, llenos de malestar ante este nuevo despertar. Mis manos, que aprendieron a no...