JURADO

PRESIDENTA

Dña. Mª DOLORES CORONADO GONZÁLEZ

Concejala de Cultura del Ayuntamiento de Tomelloso

VOCALES

Dña. ROSALINDA TEJERA LIZANO

Periodista

Dña. DOMIN VILLAREJO SICUÉNDEZ

Periodista



SECRETARIA

Dña. VICTORIA BOLÓS MONTERO

Jefe del Departamento de Servicios Culturales del Ayuntamiento de Tomelloso

Examinados los trabajos presentados, el Jurado por UNANIMIDAD, acuerda conceder el

XVIII PREMIO ARTÍCULO PERIODÍSTICO «Juan Torres Grueso»

dotado con 1.000 Euros y Diploma a:

D. ÁNGEL OLMEDO JIMÉNEZ

por su obra titulada :

«50 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE FRANCISCO CARRETERO»

publicado en la Revista Pasos (392) Agosto 2012

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Homenaje al hombre renacentista:

50º aniversario de la muerte de Francisco Carretero

Un triste 10 de agosto de 1962, el muy ilustre hijo de Tomelloso, Francisco Carretero, falleció en la calle que hoy lleva su nombre. Durante sus ochenta y tres años, el pintor, alcalde y prohombre, dejó muestras de una clarividencia y talento creativo en unas obras pictóricas que, hoy, con motivo del cincuentenario de su pérdida, vuelven con auge a una primera línea que jamás han abandonado.

En la mente especializada y compartimentalizada del individuo del Siglo XXI parece imposible encontrar la posibilidad de abundar en las aspiraciones aglutinadoras de un saber universal o, al menos, de una pródiga práctica en las más variadas disciplinas.  Por ello, tender la vista atrás para homenajear a aquellos que, en situaciones menos propicias y prósperas que las actuales, nos legaron un torrente de calidad y preciosismo, torna en circunstancia más que obligatoria. Durante este año 2012, Tomelloso va a celebrar el cincuentenario del fallecimiento de Francisco Carretero, un camaleónico individuo que cuenta con el privilegio de ser el primer pintor reconocido de una localidad que, en la actualidad, puede presumir de haber visto nacer a parte de los pinceles con mayor renombre internacional.

Cuentan los registros que Carretero vio la luz en la última casa de la, por aquel hoy lejano año 1879, calle de la Cruz Verde (en la actualidad, calle Doña Crisanta), la vivienda que daba paso a las conocidas como huerta de Pepe “el Cojo”. Su familia, dedicada a las tareas del campo, pronto pudo observar las inquietudes del joven Carretero que se internó en el mundo de la pintura de un modo completamente autodidacta, guiado por unos instintos y unas incertidumbres que sondeaban lo más profundo del ser humano.

Carretero, el hombre político

Pero la intuición cultural de Carretero no fue la única que se despertó en este hombre que, como todos los de su tiempo, vivieron el desastre de una nación (bautizado como el del 98) que había perdido su potencial colonial, principiando en ese oscuro y conflictivo episodio de la voladura del Maine.

Fruto de esa tensión nacional, que hacía que doliera España, en las siempre doctas palabras de Miguel de Unamuno, emergió en Carretero un espíritu de servidumbre popular, que le convirtió en regidor municipal hasta en cinco ocasiones (la primera de ellas en 1918, posteriormente en el año 20 y 21, continuando en el 23, coincidiendo con el régimen dictatorial de Primo de Rivera, y, por última vez, hasta el año 31, epílogo del periodo monárquico que precedió a la Segunda República).

De su labor al frente del Ayuntamiento, la Historia recuerda su afán por modernizar las infraestructuras, en especial las agrícolas, en las que adquirió un relevante e innovador papel, sin olvidar su especial afán por dignificar los espacios verdes y constituir un basamento cultural y artístico que atendiese las inquietudes de sus conciudadanos.

El reconocimiento a su servicio público, en las diversas dimensiones ya señaladas, llevaron a que le fuera concedido, en mayo de 1962, el título de Hijo Predilecto, en una ceremonia oficiada, en el Salón de Plenos, por el entonces alcalde, Antonio Huertas, y el Gobernador de Ciudad Real, José María del Moral.

Sobre su valía y carácter conciliador hablan plumas como la de Belmonte Serrano: “Carretero no es un cualquiera. Se trata, además de un gobernante honrado, de un excelente pintor al que Pavón aludirá en algunas de sus obras”. Belmonte alude, concretamente, a las imprescindibles novelas “El rapto de las Sabinas”, “Las hermanas coloradas” y “Una semana de lluvia”.

El ingenuo pintor

Pero, volviendo a su obra pictórica, los que la hayan visitado (quien no lo haya hecho podrá disfrutar de una exposición conmemorativa durante el próximo mes de noviembre, promovida por los herederos de Carretero y en colaboración con el Ayuntamiento de la ciudad), darán fe de su auténtica cercanía, de su profundidad y hondura, de retratar la realidad del modo más sencillo y silente, como si sus tintes impresionistas no fueran más (y nada menos) que el ingenuo trasunto de la belleza de la geografía manchega. Sus pinceles transmitieron, a la perfección, la riqueza de matices del paisaje de la región, dejando obras de la altura de “Casa Roque”, “Castillo de Peñarroya” o “Los cerrillos”, con la ingenuidad de una mente privilegiada que traslada la realidad sin ensuciar, ni manipular, en un acto libre y honesto.

De su fértil escuela beben, aunque muchos parezcan querer olvidarlo, algunos de los artistas que, hoy en día, firman cuadros que se cotizan en los mercados del arte a precios exorbitantes. Esa búsqueda de luz, ese propósito de caer rendido ante la sencillez de lo evidente… ese auténtico milagro es el que el profesor Carretero impartía a sus discípulos más aventajados. Los estudiosos de la fértil vocación pictórica de Carretero, recordarán que, entre su repertorio, que pudo ser observado en Tomelloso también en el año 1991, en una reducida exposición colgada en la Posada de los Portales, destacan las obras de temática cristiana. “Cristo muerto en brazos del Ángel” o “El nacimiento de Jesús” son muestra inequívoca de la creencia y fe de la que el tomellosero hizo gala durante toda su existencia (en un sensible obituario escrito por Juan Torres Grueso en el primer aniversario de su muerte, se puede leer: “Días después volví a verle y no habló nada. Ya no podía. Aquella noche, en las horas de la alta madrugada, entregaba su alma a Dios y sus manos, aquellas manos que tanto pintaran, se cruzaban, blancas como dos palomas dormidas, sobre su pecho. Un crucifijo entre ellas. La cruz iba con él. Su cara me pareció más alargada. Menos terrenal. Parecía toda hecha de marfil, envuelta en una sombra que luego –sí, luego- encontraría la luz; esas luces que él tanto buscó en sus manos, en su inteligencia… en su corazón”).

En vida, su obra fue admirada en lugares tan prestigiosos como el Círculo de Bellas Artes de Madrid, o los más recónditos, en aquellos tiempos en que los vuelos transoceánicos eran poco menos que delirios de grandeza, Santiago de Chile, La Habana, Manila o Buenos Aires, recibiendo, en 1954, el Premio Montevideo de la Bienal Hispanoamericana de Arte. Muchos fueron los interesados en adquirir su obra, pero, celoso de su arte, jamás accedió a la venta. Ese espíritu tan sensible fue el que, sin duda, hizo que, camino a su última morada, cayese una flor del coche de caballos que le transportaba, demostración cuidada de su voluntad de perdurar, arte en movimiento. Tan grande fue la emotividad del momento, que el abogado Carlos Calatayud, que había compartido con el pintor reclusión durante el conflicto civil armado, recogió la flor y entonó un sentido «Gracias, Carretero».

Con este aniversario de su fallecimiento, Tomelloso vuelve a colocar el foco de atención en la figura de Carretero, faro en la búsqueda de la luz, de ese brillo que mueve generaciones… y al mundo.



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