Salones Epilogo

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Recuerdo —tal vez no haga tanto como creo— una época en la que con cierta frecuencia viajaba este servidor tuyo, sentido lector, a Los Madriles. Alguna que otra vez hubo que hacer noche en la capital de las Españas. Una amistad me recomendó un pequeño hotel que estaba en una calle estrecha del barrio de Salamanca. La entrada hacía chaflán, tenía una puerta giratoria, desgraciadamente equipada por entonces con células fotoeléctricas que la ponían en marcha sola.

Era, y seguramente lo siga siendo, un sitio encantador. A pesar de pertenecer a una importante cadena hotelera mantenía ese aspecto de elegancia venida a menos; en cualquier momento podría aparecer el ínclito Braulio, el vinatero, dando palmadas en los hombros y convidando a café. Un lugar donde los paletos calaveras se hospedaban durante sus escapadas matritenses. El bar por las tardes se llenaba de señoras con abrigos de pelo, maquilladas para parecer más jóvenes; minutos más jóvenes.lobby


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Una noche, en el cajón de la mesita  junto a la Biblia de los gedeones, había un librito titulado «Alfred Hithcock presenta. Los errores mortales II». Un pequeño volumen de algo más de cien páginas, con un sello impreso en la portada que afirmaba que era obsequio de la casa. Los derechos de la obra los tenía reservados en 1983 Davis Publications y los de esa edición Plaza y Janés editores de Barcelona, con el depósito legal B.10.256 del año 1992. Era una colección de relatos de suspense aparecidos en prensa, fáciles de leer. Devoré el libro de una sentada. Uno de los cuentos llamó particularmente la atención de este que escribe. Titulado «La alternativa» y compuesto Mark Sadler.

El señor Warreen Mannig, presidente de «Mannig & Coles, Pharmaceuticals» contrata como empleado a Eddie, en libertad condicional y ladrón de cajas fuertes; le obliga a abrir la suya fingiendo un robo para cobrar el seguro. Al final del cuento se tuerce el carro y el asunto no sale como pensaba el ímprobo farmacéutico.


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Al mes regresé al hotel y tomé la misma habitación. En el cajón de la mesita estaban la Biblia y el mentado libro de relatos. Tras la cena y tumbado en la cama, hojee el ejemplar buscando el relato del boticario y su empleado. No estaba. Indagué en el índice y tampoco aparecía. Comprobé la numeración de las páginas por si hubiese algún salto en la secuencia que denotara que las hojas fueron arrancadas. En dónde recordaba que debía empezar la historia, la página 71, comenzaba otra, «Soñar es una actividad solitaria», sin ninguna discontinuidad ordinal. Estaba seguro de que era el mismo libro, la vez anterior garrapateé en la hoja de cortesía y allí estaba el trazo. Estremecido no sabía a que achacar el fenómeno. Pensé que tal vez lo hubiese soñado y me pareció razonable.

Bajé a bar a tomarme una copa. Entonces bebía como si siempre tuviese sed. En la barra había un solo parroquiano sentado en un taburete; hablaba con el barman en un acento extranjero. Tenía la frente descubierta y el pelo blanco. Me acerqué a ellos. Estuvimos cerca de dos horas hablando animadamente y trasegando cócteles manhatan. Eran cerca de las tres de la mañana cuando vencido por el sueño y el alcohol me despedí de mi compañero de libaciones con un apretón de manos:

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—Ha sido un placer, Francisco Navarro, gasolinero.

 —Encantado. Warreen Mannig, farmacéutico.

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