Salones Epilogo

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Cada día, el recuerdo de aquel pupitre viejo, se hace más patente en mi vida. Han pasado muchos años, pero aun, siento el roce de su madera vieja en mis manos y puedo imaginarme todos los nombres allí escritos. En aquel pupitre, afloraban los sentimientos sin remedio, día a día, yo lo llamaba el “libro de la verdad”, parecía como si el mundo conspirase contra todo lo ajeno al amor. Siempre tuve curiosidad por conocer a Estrella, entre todas las vivencias en forma de frases cortas resumidas en el pupitre, una de ellas era clara y concisa: “Recordar es fácil para el que tiene memoria. Olvidarse es difícil para quien tiene corazón”. Al leerla intenté imaginar el motivo que había llevado a Estrella a escribir esa frase. Quizás eso no importe en la historia que voy a contar, pues cada uno de nosotros expresamos nuestros sentimientos de distinta forma, pero lo que sí está claro es que esa frase se ha repetido en mi vida, infinidad de veces, porque para mi también ha sido difícil olvidar.

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Me llamo Eva, Eva López Alcántara, quizás esto tampoco es relevante, pero quisiera dejar constancia de mi nombre, pues yo también soy parte de la historia de ese “libro de la verdad”.

El pasillo estaba vacío. La sirena había sonado ya repetidas veces, y yo me encontraba aún subiendo las escaleras, para llegar al cuarto piso donde se encontraba mi clase. Sabía que llegaba tarde, pero también me imaginaba que el nuevo profesor de Literatura lo haría. Mientras corría por el pasillo, intenté imaginar la cara de aquél profesor. Al llegar a la puerta exhausta, pasé mi mano por la falda intentando camuflar sus arrugas. Quería dar buena impresión. Abrí la puerta y allí estaba. Maldita sea – pensé. Por un instante la clase quedó en silencio, mientras, él giro la cabeza y me miró fijamente. En ese momento quedé petrificada, no sabía que decir, me sentía mal.


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-Buenos días ¿señorita…?talking

-Eva, Eva López Alcántara.- dije con la voz entrecortada.

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-Bonito nombre. Veo que aparte de llegar tarde su falda no presenta una buen aspecto. ¿Le ha ocurrido algo señorita Eva? – preguntó, con tono sarcástico.

-No…, sólo que, lo siento, es que…


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-No sienta nada, las cosas pasan porque han de pasar, pero ¿no piensa usted que a veces estas cosas se pueden evitar? – inquirió, mientras dejaba sobre la pizarra el borrador de tiza.

-No lo sé señor, de verás lo siento- contesté con voz temblorosa.



-Vuelvo a repetir, no lo sienta, pero veo que no ha contestado a mi pregunta. La veo aún medio dormida y le aseguro que en mi clase necesito gente bien despierta. Tome asiento por favor.

Me quedé en blanco, no supe qué contestar, aunque si he de decir la verdad, tampoco entendí en ese momento la pregunta, ni su contexto, ni porqué en ese momento se realizó. Miré a mi alrededor, como intentando ver si algo había cambiado en esa clase, pero todo seguía igual, la misma gente, las misma sillas, los mismos dibujos en los respaldos. Todo parecía en su sitio. Todo menos el nuevo profesor, del que aún no sabía su nombre.


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-Bien. Me llamo Álvaro, y tengo el placer de sustituir a vuestro antiguo profesor, hasta que se reponga de su enfermedad. No sé el tiempo que estaré con vosotros, pero ante todo os pido respeto y dedicación para nosotros, como profesores, el mejor premio es sentir que nuestros alumnos comprenden nuestras enseñanzas, pero sobre todo reciben una correcta educación.

Al decir esas palabras miré a mi alrededor, intentando ver el efecto que habían causado en mis compañeros. La clase estaba en silencio absoluto. Miré a María. Ella estaba con la boca abierta, escribiendo garabatos en el pupitre. Luis estaba mirando a Álvaro, mientras sus manos intentaban sacar el libro de texto de su cartera. Entretanto, Soledad jugueteaba con su pelo rizado, a la vez que rascaba sus mejillas, ya rojizas del continuado contacto de sus manos. Sentía como sí aquélla voz nueva hubiera hipnotizado a la clase.


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-Según tengo entendido, el último día de clase con don Luis, estabais intentando conocer el mundo poético del Romanticismo. Bien, pues sigamos.- dijo con voz enérgica.

Mientras se daba la vuelta para comenzar a escribir en la pizarra, María me miró y me lanzó una nota. La cogí y la abrí con cuidado, intentando hacer el menor ruido posible. La miré y sonreí y a continuación cogí el bolígrafo y escribí unas palabras, volví a arrugar el papel y se lo tiré, con tan mala suerte que la nota cayó cerca de la mesa de Álvaro. Instintivamente, él se dio la vuelta y me miró.

-Señorita Eva, creo que para los secretos del papel, no está tan dormida como a su llegada. Sería tan amable de entregarme ese papel arrugado.

Su tono de voz era dulce pero a la vez enérgico. Sentí en ese momento como si mi corazón se saliera del pecho, no era tanto el motivo del posible castigo, sino la vergüenza por ser leídas mis palabras. Y así fue, Álvaro abrió la nota y empezó a leer. Tras un instante de silencio, me miró a los ojos y dirigió su dedo índice hacia mi.

-Por favor, ¿podía levantarse de su silla y escribir estas palabras en la pizarra?, creo que su compañeros deben de saber lo que usted piensa, ¿no cree?

Me quedé helada. No sabía qué hacer, ni a quién mirar. Mis manos se agarrotaron y mi ojos no podían apartar la mirada de los suyos. Estaba petrificada. Me faltaba el aire. Me levanté de la silla y mientras me dirigía a la pizarra, por mi imaginación pasaron cientos de desenlaces para la situación. Cogí la tiza y alcé mi brazo derecho.

-¿No necesita la nota señorita Eva? Me preguntó.

-No señor.- dije, mientras empezaba a escribir.

Cuando terminé, mantuve la mirada puesta en aquella pizarra. No quería darme la vuelta, sentía vergüenza de esa nota y sus palabras. La clase lanzó una admiración mezclada con una carcajada. Me di la vuelta y percibí cómo Álvaro caminaba entre los pupitres. En un momento dado se dio la vuelta y señaló la pizarra, y con voz clara y concisa dijo:

-“Es guapo el nuevo profesor. No sé tengo que conocerlo mejor”.

-Bonita frase, y más bonita aún, si somos capaces de comprender el mensaje que nos quiere transmitir. Señorita Eva, ¿qué nos quiere insinuar con esta frase? – preguntó, mientras soltaba la tiza encima de mi mesa.

-Bueno…, no sé….- dije con vergüenza.

-No tenga vergüenza, por favor, diga lo que siente, acomode su cuerpo a la silla, aspire lentamente y sea fiel con sus palabras.

– La verdad es que yo…, lo siento de veras.

– No lo sienta, sienta sólo, que no ha sido capaz de expresar sus sentimientos o sus emociones, sólo eso, no tiene que sentir nada, porque no ha hecho nada malo, sólo ha guardado sus sentimientos por vergüenza y ese es el problema.

Me quedé perpleja ante sus palabras. Intenté pensar pero mi mente quedó en blanco. Miré a mi alrededor, mientras Álvaro se alejaba de mi pupitre. Todo el mundo me miraba. Me encontraba bastante descolocada y mi razonamiento no podía pensar.

– Queridos alumnos. Ningún poeta tiene miedo, ni vergüenza por mostrarnos sus obras, porque en ellas se encierran los secretos de sus vidas y no hay mejor enseñanza que conocer la vida de aquellos que nos quieren regalar sus frases. Deduzco por sus palabras que usted es una mujer Romántica, ¿no es así?.- Giró su cabeza y me miró fijamente.

– Quizás sí – contesté.

– Bien, sigamos.- dijo mientras se sentaba en la silla.

Aquél día permanecerá en mi memoria para siempre. La vergüenza pasajera del momento, pasó a convertirse en admiración por don Álvaro. Durante mucho tiempo recordé su dialogo, y hoy es difícil de apartar aquella sensación de bienestar que causaron sus palabras en mi alma.

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