Hace unos días oyendo la radio, (afición que tengo desde pequeño) escuché  un programa donde la locutora con otros tertulianos comentaban un hecho que les llamaba mucho la atención.



Habían observado y contrastado con bastantes dirigentes de cofradías de semana santa  en distintas ciudades españolas, que un  número muy alto de sus hermanos, cofrades, costaleros y personal cooperativo era gente joven (por gente joven entendían los comprendidos entre los 18 y los treinta y algunos años).

Se sentían muy eufóricos, porque según ellos, los jóvenes volvían a participar de las actividades parroquiales y por lo tanto de la Iglesia Católica y por ende de la fe en Jesucristo.

Parecía, en todo momento según los tertulianos, que había pasado el tiempo en que los jóvenes rechazaban o simplemente no les interesaban los asuntos de religión.

Citaban algunos casos, no recuerdo la textualidad pero contaban el de una chica que se había acercado a uno de los dirigentes de cierta cofradía, para preguntar, cómo podría ella formar parte de su grupo y desfilar en las procesiones.

Yo confirmo el hecho del que hablaban pero no comparto las conclusiones. Veamos:

-Es evidente que en todos los pueblos de nuestra Castilla-La Mancha, las personas jóvenes participan en actividades como las citadas anteriormente en números muy altos, sean actividades de hermandades propias de semana santa, patronos de los  pueblos o romerías (a propósito, este fin de semana hay muchas en “toda la  tierra de María Santísima”).



-También es cierto, que la mayor parte de los participantes en procesiones y actividades de cofradías no tienen una práctica cristiana cercana al Evangelio de Jesús el Señor. Incluso cuando a muchas de esas asociaciones religiosas se les recuerda la obligación de participar económicamente con actividades asistenciales de Cáritas o de mantenimiento de las parroquias, crean muchos problemas y a regañadientes aportan algo. Pero al unísono  hay que añadir  que algunas otras hermandades colaboran económica y, sus miembros participan, personalmente en la pastoral.

Dicho esto podemos concluir con algunos datos importantes. ¡Ojo! no quiero hacer ningún juicio moral o valorativo, no pretendo sentenciar sobre lo que está bien o mal, sólo constatar unos hechos sociológicos muy relacionados con la religión cristiana, tampoco puedo dar números porque no conozco ningún estudio actual, fehaciente sobre el tema:

1.- Algunos de estos jóvenes, de los que hablamos, tienen una actividad participativa, cristiana, comprometida.

2.- Otros muchos reducen su actividad religiosa a la participación en procesiones y acontecimientos relacionados, sin ningún compromiso personal de vivencia cristiana. Es más, pueden participar en una procesión de su “santo” como si fuese un acto exclusivamente social, sin relación con el cristianismo. Hay incluso los que han hecho alguna promesa, es decir, han pedido a la imagen de su devoción un favor y creen que se les ha cumplido, ellos deben “pagar” el “regalo”, so pena de un posible castigo celestial.

3.- Algunos participan en esas actividades religiosas incluso con la confesión explicita de ser agnósticos o ateos, es  más incluso beligerantes con lo que representa la Iglesia o la Religión Cristiana. Esto último, aunque parezca contradictorio, lo he constatado personalmente. ¡Sencillamente Asombroso!

Por lo tanto creo que es muy necesario llamar a las cosas por su nombre, es decir distinguir muy bien lo que es cultural, lo que es religioso y lo que es cristiano, protestante, ortodoxo, católico, evangélico, etc., etc.

Por ejemplo: la Romería de la Virgen de las Viñas. Habrá una  participación  multitudinaria, seguro. Pero no todos los romeros llevan el mismo objetivo; me atrevería a decir que cada uno lleva un interés particular. La pregunta surge ¿Cuántos de estos participantes tienen algún motivo distinto al pasarlo bien, comiendo, bebiendo y estando con los amigos? ¿Cuántas personas participarán en algún acto religioso: besar la medalla, participar en el rosario de antorchas, asistir a la Eucaristía? ¿Cuántos de estos participantes tendrán a lo largo del año una actividad cristiana, vivir el evangelio, solidaridad con los pobres, necesitados, enfermos; preocupación por formar y profundizar su fe? ¿Cuántos colaborarán en las actividades parroquiales de modo comprometido y solidario?

¿Deberíamos alegrarnos como los tertulianos de la radio por la ”numerosa participación juvenil”? o pensar en ¿qué no hacemos bien para que esas personas (chicos o chicas) se queden sólo en actos que son más culturales que religiosos? ¿En qué está fallando la Iglesia que no convence a estas personas? ¡Qué contraste numérico entre los que forman parte de las procesiones y de los que participan en la Eucaristía, por ejemplo!

Es evidente que no se trata de que todo el mundo entre a formar parte de la Iglesia de Jesús por muchas razones (que no quieran, que piensen diferente, que estén rebotados por experiencias nefastas, etc.)

Pero sí de que los más cercanos a entidades religiosas no confundan el ser con las apariencias, la realidad con la imaginación,  el mensaje de Jesús con la religiosidad, la participación en el compromiso creyente con el desfile procesional, la participación en una romería con el amor a la Madre de Jesús



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