probabilidad

La existencia de Dios aparece como “noticia” de vez en cuando. No es nuevo este “problema” existencial para una parte de la humanidad, aunque hoy se utilice una expresión menos tajante que la proclamada por Nietzsche de «Dios ha muerto.»: La pequeña probabilidad de que Dios exista.



En esta expresión de suavidad y laconismo subyace el escepticismo generalizado de una gran parte de la sociedad actual ante todo lo que no es empírico y tangible. Hoy a dios, a los dioses…a Dios no hace falta eliminarlo porque ya no “oprime” tanto y podemos «pasar de él». Para el padre del existencialismo Dios era un problema;  para los que hoy son seguidores más o menos conscientes de sus ideas, Dios no es más que una pequeña e inútil probabilidad a la que sólo hace falta “darle con el dedo un pequeño empujoncito” para que se desprenda definitivamente de nuestras vidas y si no, no pasa nada.

 «La probabilidad» como medidor único y universal y a la vez  juez de que algo o alguien existan, mantiene dos límites para su aplicación. El primero es que sólo es probable lo que no es necesario y por lo tanto  seguro. El segundo, que sólo es probable lo que aún no ha sido. El mundo de las probabilidades por tanto tiene como órbita y método correspondiente averiguar si un hecho no producido tiene un tanto por ciento de posibilidades de que se haga efectivo o no.

En la historia del hombre siempre ha existido la Gran Experiencia de un ser transcendente más o menos lejano, desconocido, terrible, justiciero y temido, más tarde cercano, próximo y querido. A esta experiencia los hombres le hemos puesto nombres; totem, dios, los dioses, Alá, Dios; quieren expresar lo no abarcable, lo que nos precede, lo que nos supera, lo inexplicable,  todo lo que el hombre  siempre ha tenido presente a lo largo de su existencia como certeza amplificadora de sus posibilidades.



Para  los que tienen la experiencia vital de este Ser Mayor, la probabilidad no existe, existe la certeza, el convencimiento interior y personal que en religión es siempre muy profundo y a veces poco claro y peligroso. La fuerza de lo empírico, de lo evidente y la fuerza de la experiencia íntima, de la certeza más profunda frente a frente. Dios no es ni una creación filosófica, ni una  realidad empírica; es pura experiencia personal más o menos desarrollada y cultivada. Si existe la transcendencia, lo que nos y supera, los buscadores de  «las probabilidades de Dios» han elegido el método equivocado.  Carlo Carreto ya lo describió con la sencillez de un gran experto en la vida interior.  Ningún niño en el seno materno puede coger en brazos a su madre.  A Dios, como al amor, tampoco.



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